D e r K a b a r e t t i s t

15 Mayo, 2008

El encuentro

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 10:22 AM

(Don Quijote, escoltado por su fiel escudero Sancho Panza, cabalga al encuentro de los Duques para hablar de ciertos asuntos importantes que afectan a la cosa pública, y de cuya puntual aplicación se han de seguir grandes bienes para los reinos de su Católica Majestad, aunque de esto haya todavía muchos que no estén plenamente convencidos. Toda España se halla en vilo a la espera del anunciado parlamento, que ha despertado la misma expectación que en su día las Bodas de Camacho, en las cuales dícese hubo de comer para quinientas bocas durante igual número de días).

“Mi señor Don Quijote”, dijo Sancho Panza, adelantando el rucio para situarlo a la par con Rocinante, “Mire vuestra merced que la cosa no está tan clara, y que esta vez podemos salir molidos a palos como cuando liberamos a aquellos presos que por sus pecados conducían a galeras. Haga caso a su humilde servidor y tenga en cuenta que no por mucho madrugar amanece más temprano, y que quien mucho abarca, poco aprieta.”

Don Quijote suspiró aliviado. Dada la propensión de Sancho a los aforismos, con solo dos refranes desde el inicio del viaje ya podía darse por contento. Claro que no hacía ni diez minutos que acababan de partir de la posada, dejando visiblemente tranquilizados al ventero y las dueñas.

“Hijo Sancho”, respondió el ingenioso hidalgo, “No te preocupes, todo irá bien. Eleva ese ánimo, porque en oyendo las buenas razones que les traigo, el Duque y la Duquesa sin demora se avendrán a mis demandas, que no son particulares ni excesivas, y han de redundar en gran crédito de los lugares de mi dama, el Toboso, de toda La Mancha y de España entera”.

“A decir verdad, mi señor Don Quijote, lo que sí se me antoja excesivo es el proyecto de vuestra merced de restablecer la caballería andante y a tal efeto pedir autorización para fundar una nueva orden militar. No quiero decir que tal empeño no fuere provechoso para la Religión y el Reino, todo lo contrario. Pero me temo que el Duque le ha de contestar, y no sin razón, que para qué más Amadises, Esplandianes, Palmerines y Teodoricos de Verona, estando la Cristiandad tan bien servida de Santiagos, Montesas, Calatravas y Alcántaras. Le dirá que si el trono de Su Majestad se sostiene muy bien sobre cuatro patas, ¿para qué quiere vuesa merced poner una quinta?”

Don Quijote se sentía fastidiado. Mal barrunto que la moral flaquease de aquella guisa en sus reales. Lo peor era que Sancho tenía razón. La posibilidad de que los Duques accedieran a sus ruegos era mínima.

“Además”, continuó Sancho, “esa cláusula sobre blindaje institucional y relaciones bilaterales con la Corona restan solidez a su posición negociadora. No la aceptarán. ¿Se acuerda vuestra merced de cuando el Consejo de Castilla en pleno rechazó vuestro proyecto de ley sobre molinos de viento? Es lo único en lo que los Grandes de España han logrado ponerse de acuerdo desde que el Reino de Granada fue arrebatado al moro. Piense vuestra merced que si cierto es que bien acaba lo que bien empieza, también ha de suceder lo contrario: que habiendo partido con mal pie podemos terminar como el muñeco pelele, emplumados con brea y manteados por unos cuantos galopines.”

“¡Silencio, villano!”, exclamó Don Quijote, sin poder contenerse más, ¡Me tienes ahíto con tus quejas y aforismos, así que no pongas más la mano en la horcajadura! Para oir a un consejero como tú preferiría haber venido yo solo. En lo que resta de viaje no quiero escuchar más augurios tuyos. Bastante tengo con mi posición de desventaja respecto al Duque y la enemistad que me guardan todos esos malandrines del Consejo de Castilla. Por tanto, haz el favor de no darle más a la sin hueso a no ser que tengas algo sensato que decir”.

“Mi señor Don Quijote, sí que lo tengo. Y si vuestra merced me da venia lo diré luego y de muy sucinta manera, porque como se sabe, brevedad y templanza son los pilares de…”

“¡Sancho hijo, déjate de refrancicos y habla enhorabuena!”

“Decía yo que vuestra merced puede seguir la estrategia siguiente”, el buen Sancho sacó de las alforjas del rucio un pliego de papel y lo entregó a su señor. “He aquí en este breve memorial algunos extremos que podéis exponer al Duque. Trátase de mejoras de administración local, protocolo, orden de precedencia, normas de decoro para cumplir en misa los domingos y fiestas de guardar -con alguna que otra gabela para que no piense que somos unos botarates y no sabemos tener en cuenta el lado práctico de la vida-. También incluye una declaración de intenciones en la que se rinde cumplido homenaje a la caballería andante, a sus Majestades los Reyes, al Papa y a los Duques, y finalmente dos panegíricos dedicados a vuestra dama Dulcinea. Y para terminar vuestra merced podría volver a pronunciar aquel discurso sobre la Edad Dorada que hizo en la Primera Parte de sus andanzas, y que dejó a todos los presentes maravillados y boquiabiertos…”

“Paréceme bien”, interrumpió educadamente su señor. “Mas no acierto a ver qué he de hacer con toda esta faramalla de argumentos y buenas palabras que me platicas. Se trata de ruegos que de todos modos ibas a plantear tú mismo, y en justicia te han de ser concedidos, merced a la bien llevada situación de la la Insula Barataria y al no poco contento que los Duques han de tu gobierno.”

“Lo que propongo”, respondió Sancho, “es que vuesa merced se sirva de estos puntos como argumentación principal, comprometiéndose a retirar de la mesa de negociaciones el plan sobre caballería andante a cambio de que se aprueben estas mejoras. Posiblemente el Consejo las rechace, por la ojeriza que os tienen todos esos cretinos gotosos, pero el Duque no se lo puede permitir. Lo mesmo que nosotros, él también tiene una cara que salvar. Vos no tendréis vuestra orden de caballería, pero más vale pájaro en mano que ciento volando, y mejor buen pan con hambre que las Bodas de Camacho estando harto de ajos, y que con estas gachas y este tocino podemos hacer una buena olla podrida… Perdonad, ya me iba otra vez por los refranes. Lo que quiero decir es que si nos dejamos de pedir sillas de cinco patas y de buscarle tres pies al gato, tal vez podamos conseguir del Duque una ejecutoria, o capitulaciones o legajo notarial, cuajado de considerandos y otro sí digos y provisto con la rúbrica de un escribiente picapleitos, que si fuere vizcaíno mejor, que nos ahorre el tener que volver con el rabo entre las piernas ni molidos a correonazos.”

No faltaba razón a Sancho, y a ello hubo de avenirse pese a su enfado el mohíno Don Quijote. La pantomima grotesca organizada por los Duques en torno a la Insula Barataria se les había ido de las manos. En aquel momento Castilla entera tenía el ojo puesto en el lugar donde habría de celebrarse el pregonado encuentro, con tres desenlaces posibles: (a) Don Quijote y Sancho salen manteados por los mozos de cuadra del Duque, al ser rechazada la solicitud referente a la nueva orden de caballería; (b) Presentan las propuestas de Sancho a cambio de retirar el plan de caballería andante, recházalo todo el Duque y queda como felón y mal señor, teniendo que soportar el resto de su vida la inquina deletérea de todos los gacetilleros de la corte; (c) Las propuestas son aceptadas entregando como moneda de cambio el plan sobre caballería andante, Don Quijote prosigue su viaje hacia Madrid y es aclamado por los vecinos de la Corte al igual que antaño hicieran los de la muy noble y patricia ciudad de Barcelona. Siendo realistas qué duda cabe de que la única alternativa razonable era la (c), aun estando todavía lejos de asegurar el triunfo de la empresa.

Atras quedaba la época de los lances galantes, de los duelos con caballeros de blanca armadura a la luz de la luna, aunque al final hubieren resultado no ser más que simples bachilleres, de las embestidas contra gigantes -que el necio de Sancho aun se empecinaba en llamar molinos de viento- y de las recepciones de honor en las galeras del Rey. Se echaba de ver que la Monarquía estaba en decadencia. Todo estaba invadido por escribanos, leguleyos ganapanes, frailes hipócritas y funcionarios sin imaginación. Lo único que tenía futuro era la defensa de la alcabala y un realismo político de vuelo gallináceo, como el que inspiraba el infame pliego de propuestas entregado por Sancho, que sin duda le habían ayudado a redactar todos aquellos deudos y parásitos a los que había ido colocando en la Insula Barataria, temerosos de que al final las locuras de su señor dieran al traste con sus regalados empleos. Quedaban dos o tres jornadas hasta llegar al paradero de los Duques. Tiempo había, pues, de recapacitar.

“Dime una cosa, Sancho”, preguntó Don Quijote, cambiando de tema. “¿Crees que el Duque va a pedirme que me retire?”

“Tenga vuesa merced por cierto que lo está pensando y sin duda lo ha de decir, con las maneras zalameras y corteses que él sabe. Y hasta es posible que ya tenga designado en el Toboso a algún corregidor de tres al cuarto para sustituirle. Pero aquesta renuncia solo depende de vuesa merced.” y, santiguándose, añadió: “Y por supuesto de la voluntad de Dios Nuestro Señor.”- Publicado en Izaronews.

12 Mayo, 2008

Ecofactory: la ecología hecha blog

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 7:53 AM

Der Kabarettist quiere esta vez ponerse serio y hacer una pausa en su tendencia político-paródica para recomendar una bitácora sobre temas de ecología y medio ambiente. Ecofactory no es un típico blog del montón en el que entusiastas amateurs actúan como repetidores, difundiendo entradas de moda mediante copypaste. Su enfoque de los temas ecológicos tampoco es el habitual, centrado en noticias de actualidad, comentarios sobre lo que dice el IPCC o imágenes de osos polares a punto de tirarse al agua desde un iceberg. Principalmente en este sitio se exploran productos, tendencias y estilos de vida.

Hace años la noción dominante en materia de gestión medioambiental era la de un coste añadido: primero se contamina y después se depura, o -como era lo más habitual- se paga la multa simbólica de 50.000 pesetas por no hacerlo. Entretanto se ha ido imponiendo otra visión, el rediseño integral de procesos con vistas a la sostenibilidad. La viabilidad de un mundo en armonía con el medio ambiente depende de la capacidad del ser humano para crear un sistema industrial y económico en el que los residuos de un proceso sean la fuente de materia prima para otro, y en alguno de los puntos de esta cadena se cierre el círculo. Muy simple dicho en palabras, pero, ¿cómo se lleva esto a la práctica? Los ejemplos están en Ecofactory.

Ecofactory es obra de Alaitz Benito, Ingeniera Química y especialista en Nanotecnología Farmacéutica.

10 Mayo, 2008

El lobo, el jabalí y el zorro

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 8:48 AM

Cuentan que un jabalí y un lobo, hasta entonces muy amigos, hallaron en el bosque una liebre muerta y se la disputaron, primero con argumentos, luego mediante golpes y dentelladas, para finalmente quedar enzarzados en una lucha a muerte: el vencedor se quedaría con todo. Un zorro, habiendo escuchado la refriega, se acercó a investigar, y oculto tras un matorral observó el combate. Su primera intención fue apoderarse del botín, pero pensó que actuar con demasiada precipitación al respecto podría resultar zafio. No era su estilo. Además los otros dos se volverían contra él, y de esa forma habría dos piezas a repartir. Asi que decidió esperar. Cuando ambos contrincantes quedaron exhaustos, el zorro pasó por su lado, recogió la liebre y se marchó, no sin antes volverse al lobo y el jabalí, que yacían exangües uno al lado del otro, para decirles con donosura: “Muy amable por parte de los dos, caballeros. Que tengan un buen día”.

En Estados Unidos no conocen a los fabulistas clásicos. De otro modo no habría llegado a producirse esta paradoja: en un año en que todo hablaba a favor de una derrota republicana (guerra de Irak, crisis económica, paro creciente, dólar en barrena y un presidente con los índices de popularidad más bajos de toda la historia), el partido demócrata se encuentre en la peor situación posible para una campaña electoral.

La pugna feroz entre Barack Obama y Hillary Clinton colma slots informativos, galvaniza a las masas, hipnotiza a los bloggers y hace que hasta las Juventudes del PP (ya saben: maricomplejines y sus aspiraciones centristas) se animen a arrojar algún que otro venablo por el senador de Illinois. Obama es el favorito de la plebe, una especie de Lohengrin mulato de resplandeciente armadura. Pero Clinton, en el papel de Ortrud, sacerdotisa pagana de los brabanzones, tiene más apoyos entre los superdelegados. En cualquier caso ninguno de los dos dispone de la suficiente ventaja numérica. Y de este modo el torneo prosigue ad infinitum. Barack versus Hillary, Hillary versus Barack.

Da la impresión de que en el mundo de la política useña no vive nadie aparte de Obama y Clinton. En realidad sí hay alguien más: un republicano de 72 años, antiguo prisionero de guerra, terco y grosero, con algunas ideas progresistas: el senador por Arizona John McCain. Los comentaristas norteamericanos llaman “mavericks” a estos políticos individualistas carismáticos que se desmarcan de su partido en temas clave como, en este caso, homosexualidad, inmigración o medio ambiente.

La alternativa republicana es más real de lo que piensan los oráculos, presos de una extraña fijación mediática por los aires de cambio (negros y mujeres en la Casa Blanca) y por la entelequia de que existe un rechazo visceral a los excesos de Guantánamo y las mentiras de Bush. Al hombre de la calle lo único que le interesa es el precio de la gasolina. Y en cuanto a la moral, el pueblo americano otorga más importancia a la coherencia personal que a los espantos de Abu-Ghraib, los cuales ya han sido purgados mediante una terapia a base de transparencia informativa y autoinculpación. Y si el presidente no fuma porros ni folla con una corista de Las Vegas, mejor.

Hasta el mes de agosto no se dirime este duelo entre Barack Obama y Hillary Clinton. Descartada la alternativa de una alianza entre ambos para hacerse con la Casa Blanca (el famoso y supercursi “Dream Team”), habrá que aguardar a que los superdelegados, que por razones de tacto hacia sus electores dan largas al asunto tanto como pueden, bajen del monte con las Tablas de la Ley. Entonces podrá comenzar la campaña electoral. Para ese momento ya hará meses que McCain está haciendo la suya. Con señaladas ventajas estratégicas, por cierto.

¿Que Obama gana las primarias? Bueno, luego vienen las presidenciales, y entonces, ¿quién le garantiza el apoyo de los que votaron por Clinton? Y en caso de vencer Clinton, ¿cómo logrará convencer para que le voten los negros del sur y los numerosos independientes que han convertido a Obama en una nueva edición del Sueño Americano. Si los analistas hubieran prestado atención a los hándicaps más que a la virtud, hace tiempo que habríamos detectado a la raposa acechando en el bancal.

En democracia quien resuelve no es el bando más fuerte, sino los indecisos. Un factor que se ha dejado al margen, puede que por ausencia de glamour mediático, es el papel que pueden jugar los AWM (Angry White Men), un extenso frente compuesto por gentes de todos los estratos económicos que tienen en comun un enfurruñamiento colectivo crónico, que se ven obligados a trabajar duro, pagar impuestos y sufrir las consecuencias de la crisis, con pérdidas de empleo y economías domésticas llevadas al límite, para finalmente quedar como tontos y tener que comerse las sobras de la gran barbacoa familiar en Memphis. Estos electores, bastante más numerosos que los hispanos y los negros, no votarán por Clinton, y entre Obama y McCain tampoco les costaría pensárselo, por mucho que odien a Bush.

En fin, que la cosa está en el aire, pero no solo entre Hillary Clinton y Barack Obama, sino también entre un candidato republicano y otro demócrata. Si por algo se han distinguido los demócratas norteamericanos en su campaña presidencial del 2008 es por hacer honor al animal que simboliza a su partido. Nadie está obligado a leer a Esopo o Lafontaine. Pero es que ni siquiera se han visto la película “Primary Colors”. - Publicado en Izaronews.

30 Abril, 2008

La princesa embarazada

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 5:16 PM

(Recién llegado desde Pekín, el guerrero chino Igandeku hace una visita a su amigo el venerable maestro Xuan-De-Chuan y ambos toman té en el jardín de la casa rural de este último a la sombra de una higuera, junto al estanque de loto).

- Contad, Igandeku: ¿qué nuevas traéis de la Corte? ¿Cómo le va al Emperador? No me digáis que ha vuelto a cometer otra de sus idioteces, como prohibir el aceite de soja o declarar ilegales a los salteadores de caminos.

- La verdad, Maestro De-Chuan, es que cada día logra superarse a sí mismo. Después de su última victoria contra el Gran Mongol, no hay quien le baje los humos. Si de los suyos se tratase, ni tan mal, que para algo es el que manda. Pero tampoco hay quien pare a toda la legión de aduladores que le acompañan, lamiéndole el culo y entorpeciendo sus movimientos, como abejas garrapiñadas en torno a su reina en busca de una nueva colmena. Hoy prosternarse es el deporte de moda en Pekín. Hasta sus más enconados enemigos de no hace tanto compiten por ver quién es el que pronuncia la loa más desorbitada. De vergüenza: el mundo entero no piensa más que en destacar y quedar bien. Y en esto, creedme, no van a la zaga vuestros intrépidos gerifaltes locales del país de Ba-Choqí. Ya no hay principios ni buena moneda que valga, la falsedad y la propaganda huera invaden la capital como una peste. Hasta las gárgolas de los templos rinden pleitesía al Emperador. Por doquiera que él pasa todos se comban hasta quebrarse los espinazos, recogen mugre del suelo las túnicas y cien lenguas van sacando brillo al adoquinado.

- Os conozco bien y sé que no os quedáis corto en vuestra crónica. Jamás la corte fue un sitio cabal para residir, ¡pero es que en estos tiempos…!

- Creedme, Xuan, hacéis bien en quedaros en vuestra casa de campo, aunque los mandarines del lugar no pierdan ocasión de haceros la puñeta.

- ¿Es verdad eso que he oído de que han puesto a la princesa Cha-Kun al mando de los ejércitos imperiales?

- El Emperador en persona la ha nombrado Ministra de la Guerra, causando expectación entre los chismosos de la corte, que asi disponen de una nueva diana para dirigir todas sus invectivas y ocurrencias de mal gusto.

- No entiendo qué puede haber de malo en ello. No es la primera vez que las mujeres desempeñan una función estatal importante. ¿A quién puede escandalizar que manden a la tropa? Al fin y al cabo son ellas quienes hacen a los guerreros. Y no es poco mérito, ya que se necesitan veinte años para producir un soldado. De alguna manera había de serles recompensado el esfuerzo.

- El motivo de la burla no es tanto el sexo de la princesa como su estado. Debéis saber que se halla encinta de muchos meses y dará a luz a comienzos del año de la Liebre. A pesar de su preñez el Emperador no solo le encomienda la defensa del reino, sino que además la manda en viaje de inspección a los destacamentos de la Gran Muralla. Será un espectáculo verla pasar revista a la guarnición, llevando por delante un bombo tan grande que a su lado los tambores del Templo Shaolin parecen panderetas como las que tocan los niños para celebrar la Fiesta del Dragón.

- No cabe duda de que con esta experiencia militar, adquirida ya antes de nacer, el hijo de la princesa Cha-Kun habrá de ser el día de mañana un gran guerrero chino.

- Lo cual no satisfaría las inclinaciones de la madre, criatura delicada y amante de la paz. Ella prefiere un doctor, un monje, incluso un boticario. No alcanzo a comprender por qué el Emperador ha tomado una decisión tan polémica.

- Lo encuentro extravagante, lo mismo que vos, Igandeku, mas no del todo desatinado. En la corte toda necedad tiene su método. Y en este caso nos encontramos ante unos sucesos que son coherentes con la lógica de los intereses creados.

- ¿Qué queréis decir? Por favor, Xuan De-Chan, estoy deseando conocer vuestra opinión al respecto.

- ¿Conocéis al esposo de la princesa Cha-Kun?

- Personalmente no… A decir verdad hay muy pocos que sepan de su existencia. Se trata de un alto funcionario perteneciente al círculo íntimo del Emperador. Según tengo entendido se encarga de resolver asuntos harto delicados, que ni siquiera se confían al Primer Ministro. Más aun, se dice por ahí, y no creo que sea una opinión exagerada, de que si no fuera por él ahora mismo nos estaría gobernando otra vez la dinastía mongola. En resumidas cuentas, un hombre de cierta edad, mucho mayor que la princesa, pero enérgico y con talento. No pertenece a la aristocracia.

- Pues ya tenéis la explicación, Igandeku: aunque veáis al Emperador haciendo de sus payasadas, es digno de un príncipe sagaz el recompensar a quienes le son no solo leales, sino también verdaderamente útiles. El mandatario que tal no hiciere, mejor vaya preparando la maleta y reconciliándose con el Tao, porque un extraño que tiene algo que demostrar resulta de mayor provecho que todos esos parientes molestos y faltones que siempre están dando por supuesto que se les debe algo. Lástima que aquí, en el país de Ba-Choqí, nuestros dignatarios no hayan aprendido una lección tan simple. No irían las cosas tan descabaladas ahora.

- ¿Insinuáis que el nombramiento de la princesa Cha-Kun es un premio a los servicios prestados por su esposo? Me cuesta creerlo.

- Igandeku, no os engañéis. Cuando miráis a la princesa Cha-Kun creéis estar viendo a una mujer delicada y pusilánime que pasa el tiempo haciendo centros de mesa y tocando el laúd, un bollito delicioso por cuya posesión, según las malas lenguas, el que hoy es su cónyuge llegó a enemistarse con el capitán de la guardia de la Ciudad Prohibida. Pero todo esto no es más que fachada. Recordad lo que dijo Confucio: nada es lo que parece. Podéis estar seguros de que tras este telón de romance y vodevil existe un entramado de duros intereses materiales. Se suele decir que detrás de un gran hombre siempre hay una mujer. En este caso sucede lo contrario.

- Entonces, ¿por qué el Emperador no le recompensa nombrándole Ministro de la Guerra a él mismo?

- El marido de la princesa Cha-Kun es un hombre circunspecto. No le interesa la gloria. Sabe que los mejores negocios se hacen desde la sombra, y por eso ha puesto a su consorte en el cargo que él mismo debería haber ocupado, con el fin de mantener el ejército bajo control. Y ya que hablamos de negocios, pensad en lo que significa una fuerza armada tan vasta: prestigio nacional para China, galones para los oficiales, un empleo digno para el hidalgo y puestos de trabajo para hijos de campesinos. Además, no hay que olvidarlo, también supone lucro para el herrero, el mercader de abastos y el tratante de caballos. Y por supuesto para quien les otorga la licencia que les permite comerciar con el ejército. Llevando en su vientre al vástago, aunque haya de romper aguas en algún desfile, la princesa perpetúa un apellido y honra a los ancestros de su esposo; con la espada en la mano lo ha de convertir en el hombre más poderoso y adinerado de todo el Zhong. Mucho más influyente de lo que nadie hubiera podido imaginar.

- A la larga no creo que sean buenas noticias para el Emperador…

- Igandeku, permitidme un consejo: tengo mis años y no queda mucho en este mundo a lo que pueda temer. Pero vos debeis cuidar de vuestras palabras si queréis vivir en la Corte. Mejor dicho, si queréis vivir en absoluto.

- Cambiemos entonces de tema. ¿Qué se ha hecho de vuestros honorables amigos Xo-Chei y Ma-Tiang? ¿Siguen viniendo a tomar con vos el té bajo la higuera y tratar de los asuntos locales en ese tono tan lacerante que los hace temibles en todo el país de Ba-Choqí?

- ¡Naturalmente! Muy pronto podréis departir con ese par de chismosos decrépitos. Pero no os lo recomiendo. Ultimamente nuestras conversaciones no son agradables. No vais a escuchar más que pestes sobre el madarinato local, sus corruptelas, su falta de principios, su pérdida de rumbo, su mediocridad y la servil doblez con la que se pliegan a los designios de todos esos bonzos centralistas de la Ciudad Prohibida, al mismo tiempo que fingen hacerles frente. ¡Como que Xo-Chei está deseando que vuelvan a gobernarnos los mongoles, para ver si los de arriba se despabilan!

- ¡Qué barbaridad, Xuan De-Chuan! ¡Dónde vamos a llegar! - Publicado en Izaronews.

25 Abril, 2008

Los Armisticios de San Mariano

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 7:56 AM

(Después de una larga era de enfrentamientos civiles, la diminuta república de San Mariano está a punto de proclamar un pacto de concordia firmado por sus dos grandes partidos nacionales: el progresista FZLN (Frente Zapatitos de Liberación Nacional), vencedor en las últimas elecciones, y el conservador MUGRE (Movimiento Unidad del Grupo Reformista Escalón). Un grupo de problemáticos cooperantes vascos ha partido desde Euskadi para contactar con la guerrilla comunista del FORNICAL (Frente Organizado Revolucionario de las Naciones Indias por una Centro América Libre). Cuál puede ser su misión -sabotear las negociaciones, establecer un refugio para terroristas de ETA- es algo que nadie conoce. El Ministerio del Interior de España envía tras sus talones al comisario Méndez de la Policía de Madrid, asistido por una joven funcionaria del gobierno de San Mariano, la licenciada Magdalena Borceguí. Méndez, hombre elegante, perspicaz, asiduo a los toros y socio del Atlético, quizá no resulte la persona ideal para este cometido. Sin embargo, el Ministro lo ha seleccionado por una cualidad en estos días muy apreciada: la de ser un buen español.)

A la luz blanquecina del amanecer Méndez examina por última vez las fichas del dossier, pues ha recibido explícita instrucción de romperlo en pedazos y dejarlo en la primera papelera que le salga al paso a su llegada al aeropuerto de Santa Esperancita. “Mira que son feos”, piensa, mientras escruta las caras de los cooperantes vascos, “Se parecen a Madrazo y su hermana. ¿De qué local de Cáritas los habrán sacado?”.

Méndez Ha hecho un viaje de lo más ameno, gracias principalmente a la deliciosa compañía de Magdalena, que durante el trayecto desde Madrid le ha estado instruyendo sobre los pormenores históricos y culturales de San Mariano. Tratándose de un país chiquito no es que haya mucho que contar, como ella misma admite, con modestia y sentido del humor muy propios de aquellas naciones que se saben de medio pelo sin sentir el menor complejo. Han volado en uno de los primeros Airbus A380 de Iberia hasta Ciudad de Mexico, y desde allí en una compañía regional. Son las siete de la mañana y faltan veinte minutos para tomar tierra en Santa Esperancita.

Despierta Magdalena, que ha venido todo el tiempo arrullada por el ronquido del turbohélice, y después de mirar por la ventanilla exclama con júbilo: “¡Andele, señor Méndez! Ya casi hemos llegado. Aquello que ve allá es la Mesa Componenda, y justo al otro lado se encuentra Santa Esperancita. Ahorita volamos en arco para entrar en el ILS.”

El cielo está limpio de nubes, y la luz solar es tan intensa que el paisaje se ve en alta definición, salvo por unos bancos de neblina en el horizonte. Atraen la atención de Méndez una cadena montañosa, erizada de crispados cerros, y dos volcanes que se alzan por encima de la bruma en dirección norte: Pico Sorayón, del cual brota un penacho de humo que en días claros se puede ver incluso desde Cancún, y el Zapatazo, tranquilo pero imprevisible, que tiene la mala costumbre de entrar en erupción sin avisar al servicio de sismografía nacional. Magdalena le explica que en aquel lejano paraje se encuentra el parque nacional de Great Fucks. “Curiosa denominación”, observa Méndez.

Great Fucks“, explica Magdalena, adoptando un aire ingenuamente doctoral, “es el centro geohistórico de nuestra nación. Allí los pobladores mayas de San Mariano fueron sometidos por las tropas de Cortés en 1526 tras la batalla de la Gran Cogida, que es como se llamaba antiguamente el lugar, hecho que causó la incorporación de todo el territorio a la Colonia. Siglos más tarde, al dejar de existir el Virreinato de la Nueva España, el país proclamó su independencia y se convirtió en la república de San Mariano. Los norteamericanos nos invadieron en 1858, con el propósito de excavar aquí el canal que más tarde harían en Panamá. Pero un levantamiento popular organizado por el cura Ostolaza en la ciudad de Zapatitos, cabeza comarcal de Gran Cogida, expulsó a los gringos, y desde entonces no más llaman Great Fucks a la llanura en la que heróicos cadetes recién egresados de la academia militar del Cordón, auxiliados por voluntarios indígenas de Zapatitos, derrotaron a las tropas gringas del coronel Sucker y las obligaron a abandonar el país.”

“Interesante”, observa Méndez, “Nosotros tuvimos en España un episodio parecido, en 1808.”

“¿Lograron echar a los gringos?”

Méndez explica que en realidad se trataba de franceses. Ella prosigue: “Desde entonces los habitantes de San Mariano celebran esa efemérides como su fiesta nacional, y Great Fucks, o Gran Cogida, como se lo quiera llamar, es el monumento histórico más preciado de la República. Por este motivo nuestros dos grandes partidos, el Frente Zapatitos de Don José Luis Rodríguez Calcetín y el MUGRE, dirigido por Don Arnaldo Escalón Tacona y la licenciada Gladys Calcañar, han resuelto que ese sea el lugar para la firma de su Pacto de Concordia, con el que han de acabar -y rezo por ello a la Virgen del Empeine- tantos años de lucha fratricida. ¡Fíjese, ahora volamos sobre Mesa Componenda! ¡Aquel es el río Sequito, y a su orilla puede ver, por este orden, las haciendas de La Horma, Hebillas Rotas, Modesto Bilbao y Rancho Sonsoles!”

Grandes esperanzas, pues, para el amistoso y sufrido pueblo de San Mariano. Pero Méndez conoce el gran obstáculo: Grandes Palos es una zona controlada por la guerrilla fornicalista, grupo de extrema izquierda empeñado en restablecer, no solo en San Mariano, sino en todos los territorios de la antigua cultura maya, el statu quo anterior a la llegada de los españoles en 1526. O sea, una pandilla de tarados que bajo el pretexto de una ideología revolucionaria marxista-indigenista y campesina se dedica a aterrorizar a la población con crímenes, secuestros y extorsiones de todo tipo. Lo más gracioso es que su líder, el mítico Comandante Francisco Rebaja, ni siquiera es indio, sino hijo de una antropóloga alemana que durante los años setenta se hizo célebre estudiando a los lacandones.

El Frente Zapatitos, haciendo frente a un virulento rechazo no solo de la oposición, sino también de parte de su propio electorado, lleva años intentando negociar con la guerrilla, llegando incluso al extremo de declarar legal a su brazo político, pero solamente los días pares del mes. Fracasado el diálogo, y con el país al borde de una grave crísis económica, la unión entre los dos grandes partidos nacionales, en la que los ciudadanos de San Mariano tienen depositadas sus esperanzas, parece la opción más sensata. Solo queda ver cuál será la postura del FORNICAL, y si el Comandante Rebaja no hará una de sus jugarretas. Y en medio de este escenario falsamente idílico, llega el comisario Méndez persiguiendo a sus torvos y sigilosos cooperantes vascos.

“Ustedes los españoles son gente afortunada, señor Méndez”, dice Magdalena, buscando el cinturón de seguridad, pues el avión ha iniciado el descenso hacia el aeropuerto de Santa Esperancita. “Allá tienen un país próspero y muy lindo, que no ha vivido el drama de estar siempre viendo cómo lo empujan a la ruina un chingo de pistoleros, políticos inútiles y periodistas demagogos.”

Méndez mira a la muchacha. “Vaya”, contesta, haciéndose el distraído, “al menos, no con frecuencia…” - Publicado en Izaronews.

31 Marzo, 2008

Aznar tropieza con los chinos

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 5:01 PM

china-sub.jpgHace años España y China estuvieron a punto de tener un conflicto diplomático. La historia viene de antiguo. A comienzos de los noventa la República de Taiwan, emancipada de Beijing desde 1949, inició un proceso de rearme que incluía la modernización de sus fuerzas armadas a través de la compra masiva de aviones, buques de guerra y material militar avanzado. Entre los pedidos del gobierno taiwanés había ocho submarinos diésel para proteger sus costas de un intento de invasión anfibia del gigante chino, siempre al acecho de aquella minúscula pero avanzada república burguesa, gracias a la cual hoy tenemos en nuestros ordenadores chips de memoria y discos duros a de gran capacidad a precios asequibles. Estos submarinos, de haberse llegado a construir, no solo habrían supuesto un problema para la armada de la China comunista, sino también perturbado el equilibrio estratégico en el Mar de la China Suroriental, zona sobre la cual Beijing mantiene pretensiones hegemónicas, muy importante por sus rutas de navegación y la existencia de materias primas energéticas en los fondos marinos, como petróleo, gas natural e hidratos de metano.

Por un lado, el cabreo comunista; por otro, un problema de suministros industriales nada fácil de resolver, ya que Estados Unidos, principal proveedor en el ambicioso proyecto armamentista de Taiwan, no dispone de submarinos diésel: abandonó su construcción en los años 60 del siglo pasado para dedicarse exclusivamente a los buques de propulsión nuclear. Washington se vio obligada a recurrir a sus socios europeos. Pero entonces el comercio con China ya era un importante negocio, y los únicos países con astilleros capaces de fabricar submarinos modernos, con sistemas de propulsión y armamento de alta tecnología a la altura de las especificaciones taiwanesas, no estaban muy dispuestos a echar un cable en aquella empresa al socio americano.

Alemania no quería saber nada del tema: sus empresarios temían las represalias económicas de Beijing. Francia no tenía intereses comparables a los alemanes, pero no le gustaba el nuevo orden mundial unipolar en el que Washington estaba trabajando, y consecuentemente dijo que no. La única opción que quedaba, en un entorno cada vez más trastocado por la cabezonería yanqui y el resentimiento de Beijing, era España. Precisamente en aquellos años el gobierno de José María Aznar acababa de iniciar una política de acercamiento hacia los americanos, puesta de manifiesto con concesiones como la venta de Santa Bárbara a General Dynamics, y más tarde su resuelto espaldarazo a la invasión de Irak.

Aznar se hallaba ante el mismo dilema que alemanes y franceses. Habrá quien se pregunte: ¿qué tiene de malo vender submarinos a Taiwan? Al fin y al cabo se trata de un negocio de 6.000 millones de euros. No todos los días entra en cartera un pedido asi. Pero en este negocio la columna del debe superaba con creces a la del haber. Basta hacer números sobre una hoja de papel para entender la zozobra de un Aznar que no se veía con ánimos para decir que no al presidente Bush, y que al mismo tiempo, siguiendo el programa diplomático de sus predecesores en el gobierno de España, se había propuesto fomentar las relaciones con China.

El desquite de Beijing implicaba que al menos en seis años China no iba a comprar a los empresarios españoles ni un solo tornillo, en una época en que el comercio de España con el país asiático sobrepasaba ya los mil millones de euros al año. Después los chinos reanudarían sus compras, pero no al mismo nivel que antes. El rearme de Taiwan constituía una oportunidad de promoción política para Aznar, pero dejaba mucho que desear en cuanto a rentabilidad, a no ser que el amigo americano enjuagara las pérdidas con otras concesiones en su mercado interno.

Y asi fue como el asunto de los submarinos para Taiwan se convirtió en una piedra arrojadiza dentro del Consejo de Ministros de Aznar. Halcones y palomas del Partido Popular casi llegaban a las manos y se lo tiraban a la cabeza como una pelota de volley. Nada de esto quedó registrado en acta: señal de que el problema y los enfrentamientos a que dio lugar eran de importancia capital.

El cambio de gobierno en España tras las elecciones del 14 de marzo de 2004 puso fin a este atolladero relacionado con los negocios de rearme de la China Nacionalista. El gabinete de Zapatero, siguiendo la misma lógica que sus socios europeos, no estaba de ningún modo dispuesto a poner aquellos submarinos dentro del agua. Poco después, a finales de 2004, el gobierno de Taiwan emitió una declaración mediante la cual renunciaba a la compra de los submarinos, prefiriendo mantener las buenas relaciones con Beijing. El gigante chino ha sabido recompensar a Zapatero intensificando las relaciones comerciales y el proceso de acercamiento entre los dos países.

En vísperas de esa gran puesta de largo que para el gigante chino suponen los Juegos Olímpicos del 2008 Beijing hace frente a un número de problemas en su política exterior: derechos humanos, la ocupación del Tíbet y Taiwan. En las dos primeras China puede hacer concesiones, y de cualquier modo la situación ha mejorado mucho durante los últimos años. Pese a todo lo que sugieren los informes de los activistas y las imágenes de monjes apaleados por el ejército chino, ya no estamos en la época de Tian-an-Men.

Sin embargo, el asunto de Taiwan es de otro nivel, ya que afecta no solo al orgullo patriótico sino también a la geopolítica de Asia: bases militares, comercio, petróleo, etc. Con Beijing se puede negociar y discrepar, pero no se juega a la pelota de Taiwan. China es una potencia militar en ascenso, que aspira a jugar un papel importante en el mundo, no a través de la superioridad demográfica ni de los esquemas del marxismo revolucionario, sino en pie de igualdad con el mundo industrializado, mediante el comercio, la tecnología, las misiones de paz, su parte en la responsabilidad estratégica y unas fuerzas armadas al mismo nivel que las de la OTAN. El gobierno de Beijing quiere devolver a una civilización milenaria el papel que le corresponde. Durante tres décadas China ha jugado a la carta del milagro económico. A partir de ahora jugará a la del prestigio militar.

Respecto al Tibet da la impresión de que existe un complot, fraguado no se sabe por quién, cuyo objetivo consiste en sabotear los Juegos Olímpicos de Beijing. Los disturbios de Lhasa no han sido instigados por empresarios occidentales como castigo por el robo de propiedad intelectual ni por espías alemanes para vengar intrusiones en los ordenadores del Reichstag. Detrás de ellos se encuentra el propio gobierno de Beijing. ¿Y qué es lo que pretende? Convencer al pueblo de China, y también al mundo, de la pertinencia de sus propios intereses de estado. En una sola frase: justificar la necesidad del esfuerzo, tanto realizado como todavía por hacer, para la modernización de sus fuerzas armadas.- Publicado en Izaronews.

16 Marzo, 2008

Las cejas de Zapatero y el bigote de Aznar

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 8:23 PM

Se nota que Laín de Macías, artífice de la parodia, es un independiente, porque aunque como él dice aquí no hay polémica, este tsunami de coña genuinamente andaluza va dirigida contra un estamento político al que se le dan mejor los juegos de rol que ocuparse de los problemas del país.

Hacer humor no es nada fácil en estos tiempos, sobre todo cuando se aspira a crear algo exento de la sal gorda y la ramplonería que parece presidirlo todo. Os invito a ver el otro videomontaje de Laín de Macías en Youtube, Tierra Manida 1. Algo está claro: si Andalucía no existiera habría que inventarla.

7 Marzo, 2008

Héroes de cervecería

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 8:19 AM

mariano_fernandez_bermejo-1.jpgEl Ministro de Justicia, Excelentísimo Señor Don Mariano Fernández Bermejo, con aspecto abatido y grandes ojeras à la Belloch, llegó a su despacho sorprendiendo a su secretaria Pura en pleno sudoku. Qué extraño, verle aquella mañana por allí, en plena campaña electoral. Al momento recordó que a las doce tenía programado un mítin en Ifema, justo después de otro de Eduardo Zaplana. Probablemente quería aprovechar aquel tiempo para darse una vuelta por la oficina. Pura dio vuelta a la revista, se levantó de su escritorio y puso en funcionamiento la cafetera, mientras su jefe se sentaba a la mesa y hacía un conato de reconocimiento del territorio: instintivamente paseó los dedos por sus papeles, el asa del cajón, la agenda… En un acto reflejo levanta el teléfono de la horquilla, lo vuelve a dejar y acaricia suavemente el plástico. “¿Le traigo la prensa?”, preguntó Pura. El Ministro sacudió la cabeza. Nada de periódicos.

Normalmente a esa hora de la mañana solía escuchar los comentarios de la COPE. Pero después tenía mítin, y estando de mala leche no resultaba creíble perorar sobre cosas como los colores y la alegría. “Ya estamos todos como una moto”, pensó, deseando que pasaran las elecciones. “Ganemos o perdamos, pienso meterme en la cama y dormir doce horas”. Luego recordó que en cierta ocasión un chiflado vasco amigo de Arzalluz llamado López de Arriortúa había dicho que el trabajo es el mejor remedio contra toda suerte de tribulaciones (¿o fue Ignacio de Loyola?). En cualquier caso, buena ocasión para comprobarlo.

“Señorita Pura”, dijo el Ministro, después de carraspear lastimosamente, “Por favor, tráigame el último dossier”. La secretaria dejó el café sobre la mesa de su jefe, se apartó para rebuscar en el archivo y al rato regresó con una carpeta en la mano. “Le recuerdo que al marcharse dejó pendiente un tema de gran importancia”, expuso Pura. “Usted estaba interesado en retomarlo a la mayor brevedad”.

Tras cavilar durante unos segundos el Ministro recordó de qué se trataba. ¡La violencia de género! El goteo incesante de casos de mujeres maltratadas por sus maridos y compañeros había ido en aumento durante los últimos meses, hasta llegar al infame día de los cuatro asesinatos, que había encendido las alarmas en todos los foros de opinión y observatorios sociales.

No era cosa de broma. Tanto el gobierno actual como el de Aznar habían trabajado para desarrollar una avanzadísima y flamante legislación contra la violencia de género. Pero producir leyes es fácil: de nada sirve elaborar reglamentos y dar trabajo a las prensas de Aranzadi si al mismo tiempo no se aportan los medios que garantizan el cumplimiento de las mismas. Las mujeres asesinadas por sus compañeros tenían algo en comun: todas ellas, sin excepción, habían denunciado, y los poderes públicos, haciendo alarde de esa generosidad con la que en nuestro país acostumbra a recompensarse la virtud, las habían dejado abandonadas e inermes frente a la venganza de unos bárbaros enloquecidos. Desde los medios y foros se vertía constantemente el mensaje de que era la sociedad, basada en planteamientos patriarcales y machistas, quien fomenta este tipo de actos. En un terreno menos abstracto, sin embargo, cabe atribuir al Estado la responsabilidad subsidiaria de estas muertes. No tardarían en llover acusaciones y demandas. Incluso se decía que algunas asociaciones cívicas, como Clara Campoamor, estaban afilando cuchillos para llevar al gobierno ante los tribunales.

“Hay que tener un buen cartucho en la recámara”, pensó el Ministro, “por si a la prensa de los cojones se le ocurre hablar de esto en los pocos días que quedan hasta el 9-M”. Mientras hojeaba el dossier traído por Pura, se le ocurrió que aquello podía servirle. Se trataba de un informe sobre las sociedades gastronómicas de Vizcaya. Como es sabido, en los famosos “txokos” de aquella lejana provincia la costumbre impone que, salvo fechas señaladas, las mujeres tienen prohibida la entrada a determinados tugurios en los que unos vascos barrigones y mal vestidos se ponen hasta las cejas de marisco y rabo de buey. Pues bien, a un abogado socialista de Bilbao se le había ocurrido la no menos disparatada idea de que había que declarar inconstitucionales los estatutos de todos aquellos centros recreativos que no incluyan cláusulas estrictas de igualdad, y durante las últimas semanas había impulsado una campaña de agitación que ríete del Alarde de San Marcial.

El Ministro hizo cálculos mentales para una posible intervención del Estado. Solo en caso de que fuera estrictamente necesario, por supuesto: “Lo primero avisar al Fiscal General del Estado; después, que toda noticia sobre Campoamor, la responsabilidad subsidiaria del Estado, etcétera, pase a la página 18 de “El País”, y lo de los txokos a primera plana… El gobierno de Zapatero en un nuevo gesto valeroso y comprometido a favor de la igualdad de género. Muy bien. Creo que ya lo tenemos.”

Llamó a su secretaria para dictar algunas instrucciones, pero ella le interrumpió respetuosamente: “Permítame recordarle, Sr. Ministro, su actuación de la semana pasada contra ‘Mujeres a la Cocina’. No sería oportuno meterse con las sociedades gastronómicas del País Vasco mientras aquello siga estando pendiente.”

‘Mujeres a la Cocina’ era una plataforma creada por un oscuro grupo fascista de Madrid que, como su propio nombre da a entender, se oponía a la política de igualdad de género del Presidente Zapatero de una manera más bien ultramontana y zafia. Pura no sabía que este chingo de indeseables, al igual que la mayor parte de las turbas antisistema, ya sean de derecha o izquierda, están controlados por el gobierno español, que se sirve de ellas para fines diversos, como provocar altercados en mítines políticos, husmear en las cloacas, desestabilizar, paralizar los juzgados con demandas absurdas o causar desórdenes que justifiquen la contraprogramación en prensa. Pero el Ministro no veía la conexión entre ambas cosas.

“¿Qué quiere decir, Pura?”

“Piénselo bien, Sr. Ministro: no puede lanzar un ataque contra unos energúmenos que quieren meter a las mujeres en la cocina y acto seguido querer meter en cintura a otros que pretenden mantenerlas alejadas de ella.”

Pura tenía razón. El Ministro se imaginaba ya los titulares en Libertad Digital. Peor aun, a Jiménez Losantos despertando a los oyentes de la COPE con una homilía sobre dobles varas de medir, digos diego donde dijes digo y otras estupideces demagógicas. Como si no tuviera suficiente con el asunto del piso, los plantes de funcionarios ante su casa y el expediente por la baja laboral injustificada de su señora. De repente se sintió agotado. Las ganas de luchar le abandonaban. ¡Cómo deseaba que terminara el maldito mítin y que llegara de una vez la una menos cuarto para irse a tomar el aperitivo!

Ante la sugerencia que le hizo su secretaria de buscar otra cosa, el Ministro desiste mesándose la barba con un gesto de cansancio: “Mire, no se moleste. Vamos a hacerlo asi. y que salga el sol por Antequera. Total, ya hace tiempo que llueve sobre mojado…” - Publicado en Izaronews.

25 Febrero, 2008

El retorno de un héroe

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 7:08 AM

Indiana Jones y el reino de la Calavera de Cristal. Aventuras sin fin interpretadas por un actor mediocre al que ya no seremos capaces de ver en otros papeles que no sean el de Han Solo o Indiana Jones. La cita con los nostálgicos tendrá lugar el próximo mes de mayo.

Esto era parte de lo que hay detrás de las cámaras.

22 Febrero, 2008

Pizarro contra Solbes: un debate sin substancia

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 2:10 PM

foxterrier.jpgSin tener mucha experiencia en el asunto, gracias a Dios, cabe suponer que llevar un ministerio de economía debe ser más difícil que dirigir una gran empresa. El ejecutivo se limita a gestionar, a dar órdenes, a torear a los accionistas y los bancos. Su imperium comprende cuando más varios miles de empleados y unos pocos miles de millones de euros. El Ministro de Economía no solo se las ha de ver con cifras de mayor cuantía, sino también con una oposición política implacable que constantemente está reclamando su cabeza, con los medios de comunicación y la vanidad de los gobernantes, obstáculo nada fútil con una clase política tan aficionada a los modernos equivalentes de las pirámides de Egipto o el desfile triunfal de los césares romanos: despilfarro sistemático, organización de Juegos Olímpicos y grandes ferias, trenes de alta velocidad y compra de votos.

Esto explica por qué en el debate económico que abre la campaña electoral del 9-M Pedro Solbes se impuso con tanta comodidad al flamante número dos reclutado por Rajoy para la lista de Madrid. El jueves por la noche estuve siguiéndolo por la radio y me quedé con una molesta sensación de pérdida de tiempo. Esperaba asistir a un combate dialéctico decente. Lo que escuché fue a un Solbes fuerte, estacionario, dominando en todo momento, capaz de devolver con habilidad y una cachaza auténticamente funcionarial todas las rocas procedentes de las catapultas enemigas. Frente a él, un Pizarro inquieto, saltarín, al que se le iba la olla y se le subían las octavas.

Contemplando a estos dos titanes de la política estatal recordé un comentario que en su tiempo hizo Xabier Arzalluz sobre el último debate sobre el Estado de la Nación en tiempos de Aznar, aquel que dejara tan mal sabor de boca en la clase política española por la arrogancia y el engreimiento de un coloso que después resultó tener los pies de barro: “¿Debate? ¿Qué debate? No hubo tal, sino solo unos perrillos falderos ladrándole a un mastín“. De modo análogo, y con las tornas invertidas, el enfrentamiento Solbes-Pizarro me pareció una pelea entre un fox-terrier y un gorrino.

La derecha ha pretendido salir del paso propagando la especie de que en realidad todo esto forma parte de una estrategia bien diseñada: el primer debate, de contenido económico y tedioso, ha sido sacrificado en aras del segundo, en el que contenderán Zapatero y Rajoy con unos índices de audiencia superiores. Si hemos de creer a determinados comentaristas, Pizarro habría estado rindiendo ligeramente por encima de su metabolismo basal. Muy a su pesar, pero ¡ya verán después esos socialistas!

schweinchen.jpg Este es el nivel que hay: anuarios estadísticos y bostezos frente al televisor, mucho libro de economía y poca destreza en la arena. Por lo demás, el debate fue tremendamente aburrido y mediocre, salpicado de referencias a Joaquín Costa y Ortega y Gasset, guiños de complicidad para un electorado centralista, hechas por ambos contendientes con el mismo arte retórico, eficaz pese a lo banal, del que se sirve el alcalde de Bilbao cuando evoca las estampas populares del antiguo botxito para sintonizar con el comando canapé en algún acto celebrado en el Hotel Carlton. En repetidas ocasiones el debate perdió categoría y aparecieron los golpes bajos y fustazos en la línea de meta, con temas tan alejados de lo económico como las conversaciones con ETA y la Educación para la Ciudadanía. El único resultado tangible es que Pedro Solbes salvó la jornada para los socialistas. ¿Qué haría sin él Zapatero? - Publicado en Izaronews.

16 Febrero, 2008

El agresor pasivo

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 10:58 AM

zp.jpgAntiguamente los conflictos se resolvían a lo bruto, taladrando en línea recta. Paradigma de la educación antigua, basada en la violencia, el autoritarismo y una competitividad extrema, fue el galo Brenner, que arrojó su espada en la balanza para fastidiar del todo a sus vencidos; y Alejandro Magno, cercenando el nudo gordiano frente a unos funcionarios persas blandos y amigos de los acertijos. Gestos para la posteridad, modelos didácticos que se han mantenido en vigor hasta hace poquísimo tiempo. Ni siquiera almas selectas como la de Goethe se vieron libres del delirio vitalista: “no tienes elección, yunque o martillo has de ser”.

En nuestros días llega a su fin la era del guerrero. El progreso de la civilización, si bien no consigue terminar con las guerras, ha moderado la arrogancia de los seres humanos: un diplomático como Bismarck que proponga lograr objetivos a sangre y fuego hoy no encontraría un empleo a medida ni siquiera en la sala de mapas del Pentágono. ¿Debemos alegrarnos por ello? Pues claro, pero sin bajar la guardia. El crepúsculo del hombre de acción nos trae un tipo nuevo de combatiente, que siempre ha estado ahí, pero que hoy, por imperativo de las formas, resulta del todo imprescindible. Se trata del “agresor pasivo”, aquel que se impone no mediante ataques frontales, sino maniobrando de manera sutil para desequilibrar a sus oponentes, haciéndoles perder la compostura y provocando en ellos una conducta hostil para hacerlos aparecer ante el público como los verdaderos atacantes.

El agresor pasivo juega un papel destacado no solo en la política y la guerra, sino también en el mundo del espectáculo, el funcionariado, la empresa y las relaciones personales. Este estilo de hacer y deshacer las cosas se ha vuelto ubicuo y pone a prueba nuestro optimismo respecto al futuro: en realidad no avanzamos hacia una cultura de paz, sino que el conflicto y la guerra han dado un salto cualitativo hacia el predominio de la acción indirecta y el refinamiento psicológico.

¿Por qué la agresión pasiva ha llegado a generalizarse? En el mundo de hoy, según sostiene Robert Greene en su insolente pero entretenido libro “Las 33 estrategias de la guerra”, la expresión de la crítica abierta y de los sentimientos negativos hacia los demás está cada vez más penalizada. Nos tomamos las cosas como algo personal y queremos evitar el conflicto. Nos vemos sometidos a una presión social tremenda para complacer y caer bien a la gente. Sin embargo la agresividad y el odio forman parte de la naturaleza humana, y al vernos imposibilitados para expresar estos sentimientos con espontaneidad, cada vez hay más personas que recurren a formas de ataque solapadas y arteras.

La represión acaba con los puños, pero fomenta una miríada de pequeños sabotajes: un empleado que se deja las luces encendidas, que protesta en las reuniones de trabajo o manda requerimientos de pago impertinentes y burocráticos a ese cliente que te costó Dios y ayuda conseguir. Otras veces se llega a formas de acoso detestables y peligrosas, como el bullying, las campañas de prensa y la intoxicación con rumores. El método es simple y eficaz: Fíngete víctima de los propios conflictos que tú mismo has provocado. Defiéndete aparatosamente en público mientras fomentas de tapadillo todo tipo de insidias y trapacerías. Pero ten cuidado, no es fácil. No debes subestimar la inteligencia del populacho, ni siquiera en un país como este. Te conviene mucho que haya tensión, pero no que se te vea el plumero.

Frente a un agresor pasivo el mandatario requiere un gran dominio de la mano izquierda. Esto sucede porque los gobernantes se ven atrapados en una contradicción fundamental: por un lado precisan conservar el poder; por otro necesitan que la gente crea en su bondad y en la justicia de su causa. Todo acto resuelto por necesario que sea tenderá a ser interpretado en términos de despotismo y crueldad. ¿Necesitamos entonces más expertos en relaciones públicas? ¿O más sentido comun para mantener la boca cerrada sin dar por hecho que los micrófonos del plató también lo están?. Todo esto significa banalizar el problema. Lo que se necesita es madurez. No se trata de neutralizar unos juegos psicológicos con otros, sino de ser adultos y de intentar resolver conflictos, antes de que los potros salvajes del ego se sacudan las riendas y broten irrefrenables las ansias de notoriedad y poder.

13 Febrero, 2008

Sale a peseta cada español

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 10:57 PM

aelita.jpgAristóteles dijo que el hombre es un ser social. Sin embargo no es por naturaleza un ser socialista, es decir, empático, responsable y cohesionado en afectos y objetivos con el resto de la humanidad. Unica y limitada excepción a esta norma es el corporativismo, fenómeno irritante y por lo demás muy español, causante de aberraciones tan atípicas de la vida moderna como la endogamia universitaria, los pactos de silencio entre médicos y algunas sentencias judiciales que de cuando en cuando nos sorprenden dando la razón al parricida, al violador o al que atropella niños con exceso de velocidad. No, señor: el hombre, por encima de su condición social–o por debajo de ella, si preferimos darle el acostumbrado tinte moralista-, es una máquina de supervivencia, capaz, como el dios Cronos, de comerse a sus propios hijos. Razón tuvo el labrador: antes mis dientes que los de mis parientes.

Estremece pensar que Nietzsche podría haber estado en lo cierto y que un pueblo no es más que el rodeo que da la naturaleza para llegar a un pequeño grupo de grandes hombres. Pongámonos en el lugar de uno de estos ganadores en la gran tómbola de la selección natural. Supongamos que somos un alto cargo del gobierno. Tenemos una casa en las afueras, pero también nos gustaría ocupar un pisito en el centro. Asi estaremos más cerca no solo del trabajo, sino también de una amplia oferta de cervecerías, pubs y locales de alterne de los que aun no somos asiduos. Hablamos con el Ministerio y ningún problema. ¿Cómo no, Excelentísimo Señor? Al fin y al cabo, somos quien lleva la cartera… también en un sentido literal.

Asi que, ebrio de ufanidad, nuestro hombre acude a inspeccionar la vivienda (un loft de 200 metros cuadrados en pleno centro de Madrid) y nada más entrar experimenta su primera contrariedad. ¿A qué vienen esos biombos y tablones de madera con el ying y el yang? ¿Qué son esos sillones de diseño, y qué esos falsos techos, y qué esas sillas, y qué coño pintan ahí esas lámparas de diseño con varitas saliendo por todas partes que parecen el peinado de la reina Aelita? ¡Joder, pero si esto parece el decorado de una película de ciencia-ficción soviética de los años 20! Vaya, por lo menos me ha dejado el ordenador. Podré echar una partida al Doom.

Para entender el estado de ánimo de nuestro personaje es necesario haber pasado por la experiencia de querer tomar asiento en una mesa feng-shui. Entonces no nos escandalizará su tajante opinión facultativa, referida como es lógico al diseñador: “¡Me cago en su puta madre!”. Es demasiado. Su Excelencia abandona la casa, regresa al ministerio, entra en su despacho, llama a su secretaria -una tía con jersey ceñido, minifalda y la misma cara que Cristina Narbona, solo que veinte años más joven- y comienza a impartir directrices, que ella anota con diligente solemnidad, como si estuvieran destinadas al B.O.E. “¿Dónde quiere que compre todo esto?” pregunta ella, aturullada y nerviosa. El la mira con desprecio y contesta, antes de salir para sus menesteres oficiales: “¡Pues en el Corte Inglés! ¡No te jode…!”

La secretaria, pensando que su jefe está hablando en serio, hace lo que se le dice, y a los pocos días misión cumplida. El nuevo vivac del Ministro alcanza el umbral de habitabilidad al mismo tiempo que las facturas de la reforma aterrizan en el escritorio de Pedrojota Ramírez. ¡Un escándalo colosal! ¿Cómo puede ser que el ministro se gaste un cuarto de millón de euros en acondicionar un piso con esta crisis y este paro, mientras trata a latigazos a los funcionarios de su propio ámbito competencial que le exigen paupérrimos incrementos salariales que les permitan equipararse a sus colegas de la administración periférica del Estado? ¡Y todo esto en vísperas de las elecciones!

Si es peligroso un gato acorralado no hablemos de un político. Plantéasele al ministro un agrio dilema moral: si dice la verdad, que no le gustaba la decoración, y que por eso ha decidido cambiarla, él quedará mal. Pero si dice que se ha visto obligado a ello por el estado en que lo dejó el inquilino anterior -casualmente una antigua ministra de su mismo gabinete- será ella quien resulte perjudicada. En cualquier caso ya han salido los dos cual no digan dueñas, es decir, en los tres relevos de la COPE: el talibán ateo, la gorda católica y el protestante aficionado al country. “Pero, ¡qué cojones, me gusta este piso y me lo voy a quedar!”

De este modo se impone el realismo político, transmitiendo al público la impresión de que la compañera de partido es una guarra, o en el mejor de los casos una persona aquejada del síndrome de Diógenes. No importa, ella lo entenderá, asumiendo la misma actitud flemática que el puercoespín Isengrim en aquel cuento de Johann W. Goethe, cuando su amigo el zorro Reineke lo cubría de acusaciones y calumnias en un intento desesperado por salvar su propio pellejo. ¿No han leído esa obra? ¿A qué esperan? Su insigne autor la escribió para mofarse de las pequeñas y miserables cortes que florecían en la Alemania del Despotismo Ilustrado, pero perfectamente se puede aplicar a la actualidad.

Las duras leyes de la naturaleza han triunfado. Una vez Lawrence de Arabia, ante una caterva de diplomáticos de chancillería que estaban volviendo patas arriba el mapa del Oriente Medio, exclamó que entre ladrones y criminales podía existir el honor, pero entre políticos jamás. Imposible encarecer hasta qué punto se hallaba en lo cierto. Incluso el golpista Tejero, antes de entregarse, puso como condición que no se emprendieran acciones de represalia contra sus subordinados. La idea de un tricornio pisando a otro para salvarse de la cárcel es tan inverosímil como la de un ministro socialista no ya protegiendo a sus colegas, sino asumiendo las responsabilidades que le corresponden por los actos de su exclusiva competencia personal.- Publicado en Izaronews.

7 Febrero, 2008

Manía persecutoria

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 12:08 AM

index.jpgEl otro día me sucedió algo extraño. Regresaba a mi oficina después del café cuando al pasar la calle me crucé con un hombre joven con aspecto de turista y cámara réflex colgada de una correa, tal vez no por casualidad apuntando hacia mí. En el momento de pasar por delante pude escuchar, apenas perceptible, el ruido del obturador. El individuo se alejó entre la multitud, dejándome con una sensación de inquietud. Como estaba cerca de Gran Vía 85, ese gran termitero habitado por lobbistas y parásitos del sector público vasco, decidí hacer una visita a mi amigo Mauricio. ¿Quién sabe si no estaba metido en otro de sus tejemanejes? Y como recientemente habíamos estado comiendo juntos, aquello podía constituir el motivo de que me siguiera un sabueso.

Mauricio parecía perplejo: “¡Pero si ahora no me dedico más que a negocios honestos! Cualquier cosa por la que valga la pena vigilarme (ya sabes, las tragaperras, el bingo por Internet y las angulas importadas de Irlanda) puedes tener la seguridad de que ha prescrito hace años.”

Imposible saber cuándo Mauricio está diciendo la verdad. Además tiene la excusa fácil de que si te oculta algo es por tu bien, para no comprometerte delante del juez de instrucción. “¿Y Hacienda Foral?” le pregunté en voz baja. “Ah, eso…” respondió mientras buscaba la caja de los habanos, “Todo resuelto. ¿Recuerdas a esos amiguetes del partido que se han pillado los dedos con el asunto de las chatarras? Adivina quién puso sobre la pista al cuerpo de subinspectores. A cambio de ciertas informaciones útiles, obtenidas por un detective privado, me perdonaron algunas omisiones en la declaración anual del IVA…”

“¿Y qué pasa con tus competencia?” insistí, “Hay otros conseguidores en el partido a los que les gustaría tener un parque fotovoltaico en Torrevieja”. Según dijo Mauricio no había motivos para preocuparse. Si aquella persecución tenía efectivamente que ver con él, liberaría algunos dossiers confidenciales para aplacar a las fuerzas del mal. Al despedirnos me hizo prometer que le mantendría al tanto de la más mínima incidencia que se produjera en relación con mi presunto seguimiento.

En el camino de regreso me detuve en la tienda de deportes que otro viejo conocido tiene en el Ensanche. Fernando es un bilbaíno de pro en plenos cincuenta, comerciante de éxito, con un divorcio a cuestas y una calva bien bronceada por el sol de Marbella. Pese a su aspecto burgués -empadronado en Abando, votante del PP y con jersey de Lacoste echado por encima del hombro- Fernando es un golfo de marca mayor, amigo de la buena mesa, de hembras ajenas de todas las edades y estados civiles y, por si no bastara, incorregiblemente putero. Como tenemos confianza le pregunté si existía la posibilidad de que algún esposo cornudo o un proxeneta encabritado por los celos estuvieran marcándole en corto. “No lo creo”, explicó, tratando de hacer memoria -cosa difícil con una agenda tan complicada como la suya-. “Está el acompañante de Manuela, ya sabes, el que trabaja en el Registro de la Propiedad. Pero no creo que tenga nada que ver. En mi vida he visto un tipo tan tolay. Debe ser el único en todo Bilbao que todavía no sabe que su novia fue prostituta de lujo. Si me entero de algo ya te diré…”

De regreso a mi despacho mi obsesión persecutoria va in crescendo, hasta el punto de que decido llamar a mi ahijado Eneko para que haga un rastreo de micrófonos ocultos. Acude al poco rato el txo, y con su scanner de radiofrecuencias Alinco peina la estancia deteniéndose en todos los recovecos.

“Percibo ecos de unos cuantos dispositivos de escucha situados en la vecindad.” ¡A quién le podría extrañar! Muy cerca de mi oficina se encuentran la Diputación Foral, la central de la S.P.R.I., la Fundación Sabino Arana, el antiguo despacho de José María Gorordo y otros hotspots relacionados con el batzoki. “Pero tus dominios están despejados, padrino. ¡Nada de nada!”.

Eneko se marcha, dejándome solo con mis barruntos. Doy vueltas arriba y abajo hasta que finalmente tomo asiento en una butaca, descuelgo el teléfono y marco el número de mi amigo el dirigente socialista. Tal vez esto tenga que ver con uno de mis artículos contra el gobierno. Mi interlocutor lo niega tajantemente: “Nuestros servicios de seguridad no vigilan a políticos rivales ni periodistas, sino a gente de nuestro propio entorno. Ahora están todos ocupados espiando a Gotzone Mora y Nicolás Redondo Terreros”.

Solo me queda una alternativa: Juan de Etxano. Asi que hago un telefonazo al baserri, interrumpiendo a su amigo el jubileta Don José en plena catilinaria contra Urkullu al pie de la higuera, junto a la inevitable tabla de quesos. Juan tampoco ha notado ningún movimiento extraño, ni siquiera a raíz de la visita de Arzalluz a Otegi en la prisión de Martutene. La única diferencia con respecto a lo habitual es el número de accesos más elevado que de costumbre registrado por la página web Izaronews como consecuencia de la cobertura informativa en los medios. “Además ten en cuenta” me dice Juan, “que los servicios secretos del PNV solo trabajan en Madrid. En Euskadi jamás espían, porque la más mínima filtración podría ocasionar un escándalo sin precedentes, y no está el partido para bollos”.

En esto mi compañera de trabajo ha entrado en la oficina, llegando a tiempo para escuchar el final de nuestra conversación. Apenas cuelgo va y me dice: “¡Hay que ves con qué gentes te relacionas! ¿Es que no sabes que a ese aldeano lo tienen fichado? Un día te van a poner micrófonos, o pincharán tu correo electrónico?”.

“No me sorprendería que lo hubieran hecho ya”, respondí.

“¡No seas idiota, Igandekoa! ¡No hablaba en serio!” replicó, “¿Es que te crees tan importante como para que te espíen? Hacerlo sería una pérdida de tiempo, pero si a pesar de todo insisten sé cómo te los puedes quitar de encima…”

Quise que me contara cómo. Y ella contestó: “Muy sencillo: invítame a comer otra vez en Sabin Etxea, y verás el cague que les da cuando te vean entrar allí.- Publicado en Izaronews.

5 Febrero, 2008

La bola de demolición

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 9:19 AM

demolisher.jpg¿Quién ganará las elecciones generales del 9-M? Hace tiempo que no presenciábamos una campaña electoral tan pareja. González arrasó por goleada. Aznar quedó por debajo del pronóstico en 1996, y en 2000 lo rebasó con creces. Rajoy iba por el mismo camino en 2004, pero pudo ser, y no hace falta decir por qué. Ahora las cosas no están nada claras. Se ha producido un empate técnico, en medio de una confusa y degradada contienda electoral que los dos grandes partidos de la política estatal se esfuerzan en lo posible por perder. El gobierno, con su ambigua política antiterrorista, su propaganda y sus bonificaciones del I.R.P.F., va como una moto con el cigüeñal aligerado de masas, capaz de dar vigorosos reprises pero no de emplearlos para algo útil. Pero es que la oposición tampoco deja de meter goles en propia meta.

Yo soy de los que creen que la era Zapatero no ha llegado todavía a su fin: le queda una legislatura, o como poco la mitad. Pese a todo lo que desde los medios se nos quiere hacer creer, el ciudadano de a pie no está interesado por los asuntos estrella de la política nacional. No le importan el 11-M, ni la memoria histórica, ni la ley de igualdad ni los matrimonios gay, ni la noche triste de Gallardón. Ni siquiera el aislamiento de España en el concierto internacional es un politikum, como dicen los alemanes, y respecto a la creciente preocupación por la economía, conviene matizar.

Las dificultades económicas influirán sin duda en las elecciones del 9-M, pero no de modo directo y trivial. España no es un país habituado a tomar medidas anticipadas ante los problemas. Antes de actuar la gente prefiere esperar a que las cosas se pongan mal del todo. Con esta mentalidad de avestruz no extrañe que la propaganda conformista de un gobierno empeñado en negar la evidencia llegue a convencer a los electores más que el mensaje pesimista de Rajoy, por más fiel que sea el cuadro de la realidad que este último nos pinta.

Me atrevo a predecir que las ofensivas propagandísticas desplegadas por los distintos medios, la SER, la COPE, El País, El Mundo, y más recientemente Libertad Digital y el diario Público, demagógicas y pasquineras como no se habían visto desde los tiempos de la Segunda República, van a tener también unas repercusiones difíciles de interpretar. Las elecciones las decide eso que llaman “izquierda flotante”, un colectivo de votantes progres que actúa más por motivación individual que por disciplina de partido. Una afluencia clamorosa de las mismas a las urnas en el 14-M dio la victoria a Zapatero, del mismo modo que su abstención multitudinaria en marzo del 2000 permitió que Aznar consiguiera la mayoría absoluta.

La acción de los medios ha galvanizado a algunos sectores de la opinión pública. Existen motivos para pensar que la participación electoral va a ser alta. Las mesnadas de la izquierda flotante acudirán a las urnas llevados no por consignas, sino por el calor del propio debate, por el ansia acumulado de cuatro años de catilinarias desde la COPE, discusiones con la familia, trifulcas en los foros de Internet, tertulias radiofónicas y tomaydacas con Zaplana, López Garrido & Cía. en 59 segundos. Y si ese día hace buen tiempo ni te cuento. Una vez en el colegio electoral votarán según su inclinación, que es mayoritariamente de izquierdas.

Hay otro aspecto, más sutil y revelador de la dura realidad de la lucha por el poder, que apunta hacia una probable derrota de los populares. Observando la torpeza extrema con la que el líder de la oposición dirige su campaña, uno no puede evitar la ocurrencia de que se está buscando la debacle de manera intencionada. Tal vez a Mariano Rajoy no le interese ganar precisamente ahora. El es de esos hombres que vienen para quedarse. Su lucha por el poder es a largo plazo, con cimientos sólidos y sin rivales que le hagan sombra: puede que se haya planteado el tema más como unas oposiciones a Notarías o Registrador de la Propiedad -a lo cual está perfectamente acostumbrado- que como una carrera de ratas por las poltronas y los coches oficiales.

Unos pocos años más en la oposición es lo que necesitaría entonces para acabar con el socialismo en España. Cuando el gobierno de Zapatero esté totalmente desgastado y decrépito, tanto por su propia incompetencia como por los embates de la derecha, a Rajoy no le bastará más que una de sus habituales campañas de perfil bajo para conseguir el poder, inaugurando una especie de Pax Romana del Partido Popular que dure varias décadas.

Dos indicios sobre los que merece la pena reflexionar. Tras la defenestración de Alberto Ruiz-Gallardón, Rajoy manifestó su deseo de seguir al frente del Partido Popular, secundado por su nuevo fichaje Manuel Pizarro, “aun en el caso de no se ganaran las elecciones”. Que yo sepa es el primer candidato en toda la historia de la democracia española que se plantea en público la posibilidad de una derrota. Por otra parte, haber anunciado a bombo y platillo todos esas rebajas fiscales empeora la posición del Partido Popular. Hasta un espectador promedio de la Sexta sería capaz de darse cuenta de que esa reducción de diez puntos en el impuesto de sociedades solo podrá ser compensada con un recorte equivalente en gasto público y servicios sociales.

La Iglesia, con sus nada diplomáticas recomendaciones a los fieles, se ha encargado de poner la puntilla. El próximo 9-M podría ser una fecha equívoca, una némesis. ¿Triunfo socialista? ¿Laureles en Ferraz? Sí, pero verás qué poco tarda en volver a funcionar la bola de demolición. - Publicado en Izaronews.

9 Enero, 2008

Los centauros cabalgan de nuevo

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 9:47 PM

Durante las Fiestas he tenido la oportunidad de volver a ver esta inolvidable película de John Ford. El buen cine es como los cuadros de los grandes artistas, y de hecho “Centauros del Desierto” (“The Searchers” 1956) está compuesta por una sucesión de planos perfectos, casi pictóricos, en los que el director deja rienda suelta a su talento narrativo.

¿Qué más se puede decir? John Wayne en la mejor interpretación de toda su carrera. Hay que verlo porque las palabras se quedan cortas. John Ford es cine total. He aquí la que muchos consideran mejor escena del filme:

14 Diciembre, 2007

La carretera de Damasco

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 3:02 PM

strange-coin.jpgLos libros de Historia refieren una versión estereotipada y banal de los hechos. El caballo, el relámpago, la voz desde lo alto… No es exactamente lo que pasó. Permítan que les cuente la verdad. Ciertamente sucedió en el camino de Damasco, y cayó un rayo. Pasaron cosas extrañas, pero no escuché voces de ningún género. La centella alcanzó a mi montura derribándola con violencia, y dejándome a mí indemne aunque conmocionado. Pensé que había sido un milagro, un aval del designio que me había sido transferido por voluntad de Dios. Después, en la otra vida, averigüé que la mayor parte de los hombres alcanzados por el rayo sobreviven. Mi caballo quedó fulminado, pero yo me salvé porque el bruto iba bien herrado. La chispa atravesó el cuerpo del animal y salió por las pezuñas, siguiendo una vía de menor resistencia que le ofrecía el metal.

Al despertar me vi tendido en el suelo, en medio de una tempestad de polvo, con el cadáver del animal a pocos metros de distancia. Haciendo un gran esfuerzo me incorporé y empecé a caminar, dejando atrás al animal y continuando mi viaje en dirección a Damasco. El corazón me latía con fuerza. Me zumbaban los oídos. Palpé mi cuerpo para asegurarme de que no tenía nada roto, y dí una plamada para convencerme de que el estruendo del rayo no me había dejado sordo.

No recuerdo cuánto anduve. Minutos, horas… De pronto, en medio de la tormenta y la oscuridad de la tarde divisé a lo lejos las luces de una posada. Apreté el paso con renovada energía y llegué a la fonda, que estaba justo al lado de la carretera. Estaba agotado por el esfuerzo, la arena me irritaba los ojos. Tal vez por esto al principio no me di cuenta de lo extraño que era el lugar. He visto muchas posadas en mi larga existencia de viajero, pero no una como aquella: lóbrega, llena de objetos extraños, iluminada por unos bulbos colgados del techo que vertían al interior un fulgor amarillento. Imposible determinar dónde estaban los candiles. Y había música. Sonaba una melodía extraña, un tañido indescriptible y lánguido. Intenté descubrir a los juglares en medio de la penumbra, sin conseguirlo. Tal vez se hallaban ocultos por un mámparo.

Había poca gente en aquel antro: un par de clientes que parecían almas en pena, el encargado y una mujer atendiendo las mesas. Tenían un aspecto extraño, pues iban vestidos no con túnicas a la usanza del mundo helénico, ni con ropajes asiáticos, sino con pantalones y unas extrañas guerreras de color oscuro -incluyendo la mujer- Sus cabellos estaban sueltos, y los hombres se dejaban crecer unas barbas desaliñadas y sucias. ¡Bárbaros! ¡En el camino de Damasco! Me miraron con indiferencia. Por un momento pensé que había muerto en el siniestro y que aquella posada en mitad del desierto era la antesala del Hades –por aquel tiempo yo todavía no era creyente-.

La mujer, llevando en brazos una bandeja con vasos y recipientes, se aproximaba a mí cuando tuvieron lugar los extraños acontecimientos que cambiarían mi vida. El suelo tembló. Se oyó un ruido horrisono procedente del exterior, como el rugido de unas fieras saliendo a la arena del anfiteatro. ¿Acaso era el trueno que me perseguía para reclamar el alma de su derribada víctima? A través de la ventana, a duras penas por el polvo y la negrura del anochecer, pude contemplar un espectáculo delirante: jinetes vestidos con armaduras de cuero y extraños yelmos. Llegaban montados en atroces carruajes, que en vez de tener las ruedas a los lados las tenían en fila. Pero lo más terrorífico de todo, lo que me hizo apartar la mirada del cristal con un gesto de pánico, fue que no pudiera ver las monturas, aquellas bestias invisibles que tiraban de los carros emitiendo unos rugidos tan espantosos.

¿Grifos? ¿La Hidra de Perseo? No tuve tiempo para cavilaciones. Al darme la vuelta advertí que quien estaba a mi lado no era la sirvienta, sino uno de aquellos estrafalarios aurigas, erguido ante mí, tuerto, amenazador, con su guerrera desatacada y chorreante de arena y su único ojo azul traspasándome como una lanza. ¿Cómo había llegado hasta mí tan presto? Si me quedaba alguna duda de que aquello era cosa de los demonios no tardó en desaparecer. El bárbaro me asió de la túnica con descomunal fuerza gritándome, mientras me arrojaba violentamente sobre una mesa cercana:

¡Cabronazo! ¡Madero de mierda! ¡Llevas mucho tiempo siguiéndonos, pero te hemos cazado! ¡Te aplastaré como a un lagarto!”

El propietario de la fonda y la sirvienta habían desaparecido. Probablemente estaban en la cocina, o escondidos debajo del mostrador. Entonces apareció el jefe de aquella espantosa cuadrilla flanqueado por dos esbirros. Después de quitarse el casco hizo una seña al bestia que me había agredido, impidiendo que siguiera adelante con su asesina intención.

“¡Quieto, imbécil, no lo mates: este tío es legal!”. Su voz sonó imperiosa, ejerciendo sobre el cíclope el mismo efecto que la mano de un experimentado domador sobre la rienda de su caballo. “¿Quién sabe? Tal vez quiera unirse a la banda…

Dijo esto último con mal disimulada sorna. Mientras me incorporaba lo pude examinar cuan largo era: alto, delgado, con barba y el cabello largo, examinándome con ojos acerados en los que destellaba una mirada regia, resuelta, pero al mismo tiempo compasiva y algo canalla. Aquel hombre tenía porte señorial, parecía un conductor de hombres, un pastor como los de las Escrituras judías, coronado rey tras haber matado a un gigante con su honda… posiblemente un dios, si de verdad nos hallábamos en el averno.

¡Vaya!” dijo, riendo, con los brazos en jarras, tras haber dejado su yelmo sobre la mesa. “Quién tenemos aquí: el insignificante hombrecillo que ha puesto precio a nuestras cabezas. Ahora estás en nuestras manos. ¿Qué hacemos con él, señores?” Uno de los jinetes, bajito y de hercúleos hombros, se acercó y dijo: “¡Cortarle los huevos!¡Así aprenderá a molestar a unos honrados alborotadores como nosotros!”

¡Mirad qué ropa más ridícula!”, exclamó el tuerto, manoseando mi túnica. “¿Quién es tu sastre, capullo?¿Te has mirado al espejo?”

Entonces recordé quién era. Juntando las pocas fuerzas que me quedaban resolví morir con dignidad, si era preciso, y me enfrenté a ellos: “¡No me pongáis la mano encima, chusma despreciable!” exclamé, con tanta solemnidad como me lo permitieron las circunstancias. “¡Soy un ciudadano del Imperio!”

Fue precisamente aquel gesto lo que me salvó. Por un momento mis atacantes se detuvieron igual que un león ante una víctima resuelta a llevar a cabo un último y desesperado conato de resistencia. Se me quedaron mirando como estatuas. Después se rieron. Algunos hicieron ademán de golpearme, o tal vez algo peor. Pero su jefe los contuvo.

¡Maestro!” dijo el bárbaro bajito y fornido, el que había propuesto cercenar mis partes pudendas. “¡Este tío está como una regadera! ¡Démosle una paliza y echémoslo a la calle”.

¡Cállate, imbécil!” gritó el jefe, irritado. “¡Yo me encargo de él! ¡Sácate una cerveza del arcón y deja ya de joder!” Aquel extraño conductor de hombres me pasó el brazo por detrás de mis hombros y me señaló una mesa que estaba al otro lado de la estancia. “Vamos a charlar un rato, ¿de acuerdo?” dijo, mientras su sirviente se alejaba mirando de reojo. Le ví coger una de las extrañas ánforas de cuello alargado que la sirvienta había colocado sobre el mostrador, y después caminar con ella hasta un extravagante armario que había adosado a la pared, no más alto que la tarima de un escriba. Extrajo una moneda de su bolsillo, la introdujo en el mueble y entonces volvió a sonar la misma música melancólica que había escuchado al entrar en la fonda.

El que llamaban Maestro me habló en estos incomprensibles términos: “Colega: no sé de qué sanatorio te habrás escapado. ¡Ciudadano del Imperio! ¿De qué imperio me estás hablando, joder? Mi padre es un tipo muy influyente en este condado, ¿sabes? Mucho más que todos los césares y napoleones que pueda haber en el puto loquero de donde saliste. Es una gran persona. Yo le quiero, y no solo porque siempre me saca de apuros. Una vez me dejó tirado… Pero tenía sus razones para ello…”

Hizo una pausa mientras observaba cómo sus hombres se apoderaban ansiosos de las botellas. Cada vez que terminaba una de aquellas canciones, el individuo bajo y fornido le daba un golpe al mueble y la moneda salía por un hueco. Acto seguido la volvía a meter y sonaba otra composición de parecido estilo. Asi una y otra vez.“A propósito” me dijo entonces el Maestro, “¿qué marca de cerveza te gusta más?”

No sabía cómo responder y él siguió perorando en su exótica jerga: “¿Qué te gusta beber? Si vas a ser de los míos no me digas que Heineken. ¡Heineken es para maricones! ¿Tal vez Budweiser? Es lo que soplan en la oficina del Fiscal ¡Todos los días una caja entera…!” Entonces me asestó un puñetazo en el estómago, y mientras me inclinaba doblado por el dolor, le oí murmurar: “¡Saulo, Saulo…! ¿Por qué me persigues? ¿Por qué me haces esto, cabrón de mierda…?”

Su voz sonaba angustiada, casi suplicante. Al golpearme se le desplazó la manga y pude ver la cicatriz en su muñeca derecha. Desde hacía algunos minutos yo tenía una idea de quién podía ser aquel tipo, Ahora no me quedaba la menor duda. Estaba totalmente seguro de que debía tener una igual en la otra mano.

Me obligó a sentarme a su lado, y dijo: “Conque ciudadano del Imperio, ¿eh? Entonces nada de cerveza. Lo tuyo es el vino. Pero aquí no tienen. No importa, sé de algo que te gustará.” Levantando la voz en dirección a la mujer, exclamó: “¡Magdalena! ¡Tequila!”

La mujer reapareció con una botella y dos vasos de cristal, pequeños, totalmente transparentes, de un tipo que yo no había visto nunca, y los colocó frente a nosotros. Mientras me servía pude verla bien: morena, de pelo rizado, cuerpo pequeño y ojos insolentes. Parecía griega o chipriota. Cuando llenaba el del Maestro, este le puso la mano en un muslo. La mujer no reaccionó, pero al terminar de verter el líquido dejó la botella sobre la mesa, le apartó la mano y le sacudió con el trapo de limpiar las mesas, levantando una nube de polvo de su guerrera. Luego se marchó como si no hubiera pasado nada, dejándonos la botella.

¡Menudo genio!” exclamó él, riendo, “!Es una auténtica zorra!¡A saber con quién anda ahora! En fín, no nos queda mucho tiempo, asi que hablemos de negocios” Y entonces hizo una seña a sus hombres para que se acercaran, entre ellos el hombre de la moneda, ahora definitivamente en su poder después de haber asestado una furiosa salva de patadas al armario musical. Antes de compadecerme por el pobre músico, recordé que hacía tiempo un sabio de Alejandría llamado Herón había inventado ingeniosos artefactos para crear efectos de luz y sonido en los templos. Los sacerdotes paganos se sirven de ellos para impresionar a la chusma y mantenerla atada a las supersticiones del politeísmo -cada vez con menor efecto, debido a la honda crisis de fe que reina en nuestro tiempo-. Tal vez aquella fuera una de sus máquinas.

Los facinerosos se sentaron en derredor. Bebimos. Aquel líquido transparente abrasaba en la garganta. Al menos en la mía, porque ellos lo tragaban sin mover siquiera las cejas. El tipo bajo y fuerte se puso a jugar con su moneda, haciéndola girar sobre el canto como una peonza, hasta que el Maestro se hartó de la broma y en uno de los lanzamientos se la arrebató.

Basta de hacer el capullo” dijo, dándome la moneda en custodia. Entonces continuó, poniendo su mano sobre mi hombro: “Mirad, caballeros: este tío ha dicho que quiere formar parte de nuestra banda”.

¿Fue la fatiga? ¿O tal vez los vapores de aquel misterioso brebaje, que tiene la rara virtud de subir a la cabeza y refrescar al mismo tiempo? De pronto advertí cómo la escena se iba transfigurando de modo casi imperceptible. No fue un cambio en el entorno, sino en las personas. Hubo un silencio. Poco a poco los rostros de aquellos bárbaros adquirieron una luz especial, un sosiego y un porte de atenta solemnidad como solo había visto en casa de algún noble senador de Roma. La transformación más sobrecogedora estaba teniendo lugar en el cabecilla de aquellos criminales, al que llamaban el Maestro. En vez de responder groseramente a su secuaz se limitó a mirarle, para luego decir, sonriente y calmado:

Sé lo que pensáis. Creedme: la decisión es acertada. Este -señalándome a mí- es Pablo de Tarso (esta vez empleó la versión latina de mi nombre), ciudadano del Imperio, hombre de leyes, un buen judío… Lo voy a mandar a la ciudad para llevar mis asuntos legales y quitarme al sheriff de encima. El nos representará ante la autoridad, y lo hará tan bien que vosotros mismos le votaréis algún día para jefe”.

¡No jodas!”, exclamó el de la moneda, lanzándome uno de sus taimados visajes, “¿De verdad este panoli con sandalias y una sábana tapándole el rabo va a montar un bufete en la capital?”

Más que un bufete, amigo mío” replicó amablemente el Maestro. “¡Hasta una gasolinera, si se lo propone…!”

Dijo esto mientras se levantaba para quitarse la guerrera, y entonces pude apreciar con toda nitidez las cicatrices de los clavos. El debió advertir el gesto de sobrecogimiento a través de mi gesto cansado por la fatiga del camino y los efectos del alcohol, porque me dijo: “Tengo otras iguales en los pies. Me las hicieron los tuyos, pero no os guardo rencor…”

Me obligaron a beber otro vaso, esta vez con amable insistencia. Ahora eran muy atentos. Incluso el rufián de la moneda me dió algunas palmaditas en la espalda. Poco a poco fue apoderándose de mí un letargo que por alguna razón no me resultaba desagradable. Comencé a cabecear sobre la mesa mientras oía a un animado Maestro conversar con sus adláteres sobre los viejos tiempos, cuando él y otros doce bandidos recorrían velozmente el desierto en sus infernales máquinas, burlando a la autoridad, montando broncas en los moteles y despertando la admiración de mujeres y niños. Debió de haber un momento en que me desvanecí por completo…

Al recuperar el conocimiento me encontré tendido en el camino. A poca distancia estaba mi caballo, pastando en un bancal de hierbajos que crecía junto a la senda. Me levanté, rígido por el frio, y miré alrededor. Era una mañana fresca y alegre. El aire estaba tranquilo y en el cielo brillaba el sol. Cogí al caballo por la rienda y le acaricié la testa. Sus crines estaban blanquecinas y algo quemadas por las puntas. ¡El noble bruto había sobrevivido al rayo! ¿O había sido un milagro? Subí a mi montura y continué mi viaje en dirección a Damasco.

No fue un espejismo. Realmente sucedió, porque pude ver sobre el barro del camino los surcos dejados por las ruedas de aquellos misteriosos carros tirados por fieras invisibles. Y también por la moneda, que aun guardaba entre los pliegues de mi túnica. La conservé durante muchos años después de aquel incidente, y más tarde estuvo transitando como reliquia por algunas congregaciones religiosas de Siria.

Si algún sabio la encuentra, en un futuro lejano, se quedará perplejo, porque jamás habrá visto una moneda de tan impecable factura, nada parecida a las