El encuentro
(Don Quijote, escoltado por su fiel escudero Sancho Panza, cabalga al encuentro de los Duques para hablar de ciertos asuntos importantes que afectan a la cosa pública, y de cuya puntual aplicación se han de seguir grandes bienes para los reinos de su Católica Majestad, aunque de esto haya todavía muchos que no estén plenamente convencidos. Toda España se halla en vilo a la espera del anunciado parlamento, que ha despertado la misma expectación que en su día las Bodas de Camacho, en las cuales dícese hubo de comer para quinientas bocas durante igual número de días).
“Mi señor Don Quijote”, dijo Sancho Panza, adelantando el rucio para situarlo a la par con Rocinante, “Mire vuestra merced que la cosa no está tan clara, y que esta vez podemos salir molidos a palos como cuando liberamos a aquellos presos que por sus pecados conducían a galeras. Haga caso a su humilde servidor y tenga en cuenta que no por mucho madrugar amanece más temprano, y que quien mucho abarca, poco aprieta.”
Don Quijote suspiró aliviado. Dada la propensión de Sancho a los aforismos, con solo dos refranes desde el inicio del viaje ya podía darse por contento. Claro que no hacía ni diez minutos que acababan de partir de la posada, dejando visiblemente tranquilizados al ventero y las dueñas.
“Hijo Sancho”, respondió el ingenioso hidalgo, “No te preocupes, todo irá bien. Eleva ese ánimo, porque en oyendo las buenas razones que les traigo, el Duque y la Duquesa sin demora se avendrán a mis demandas, que no son particulares ni excesivas, y han de redundar en gran crédito de los lugares de mi dama, el Toboso, de toda La Mancha y de España entera”.
“A decir verdad, mi señor Don Quijote, lo que sí se me antoja excesivo es el proyecto de vuestra merced de restablecer la caballería andante y a tal efeto pedir autorización para fundar una nueva orden militar. No quiero decir que tal empeño no fuere provechoso para la Religión y el Reino, todo lo contrario. Pero me temo que el Duque le ha de contestar, y no sin razón, que para qué más Amadises, Esplandianes, Palmerines y Teodoricos de Verona, estando la Cristiandad tan bien servida de Santiagos, Montesas, Calatravas y Alcántaras. Le dirá que si el trono de Su Majestad se sostiene muy bien sobre cuatro patas, ¿para qué quiere vuesa merced poner una quinta?”
Don Quijote se sentía fastidiado. Mal barrunto que la moral flaquease de aquella guisa en sus reales. Lo peor era que Sancho tenía razón. La posibilidad de que los Duques accedieran a sus ruegos era mínima.
“Además”, continuó Sancho, “esa cláusula sobre blindaje institucional y relaciones bilaterales con la Corona restan solidez a su posición negociadora. No la aceptarán. ¿Se acuerda vuestra merced de cuando el Consejo de Castilla en pleno rechazó vuestro proyecto de ley sobre molinos de viento? Es lo único en lo que los Grandes de España han logrado ponerse de acuerdo desde que el Reino de Granada fue arrebatado al moro. Piense vuestra merced que si cierto es que bien acaba lo que bien empieza, también ha de suceder lo contrario: que habiendo partido con mal pie podemos terminar como el muñeco pelele, emplumados con brea y manteados por unos cuantos galopines.”
“¡Silencio, villano!”, exclamó Don Quijote, sin poder contenerse más, ¡Me tienes ahíto con tus quejas y aforismos, así que no pongas más la mano en la horcajadura! Para oir a un consejero como tú preferiría haber venido yo solo. En lo que resta de viaje no quiero escuchar más augurios tuyos. Bastante tengo con mi posición de desventaja respecto al Duque y la enemistad que me guardan todos esos malandrines del Consejo de Castilla. Por tanto, haz el favor de no darle más a la sin hueso a no ser que tengas algo sensato que decir”.
“Mi señor Don Quijote, sí que lo tengo. Y si vuestra merced me da venia lo diré luego y de muy sucinta manera, porque como se sabe, brevedad y templanza son los pilares de…”
“¡Sancho hijo, déjate de refrancicos y habla enhorabuena!”
“Decía yo que vuestra merced puede seguir la estrategia siguiente”, el buen Sancho sacó de las alforjas del rucio un pliego de papel y lo entregó a su señor. “He aquí en este breve memorial algunos extremos que podéis exponer al Duque. Trátase de mejoras de administración local, protocolo, orden de precedencia, normas de decoro para cumplir en misa los domingos y fiestas de guardar -con alguna que otra gabela para que no piense que somos unos botarates y no sabemos tener en cuenta el lado práctico de la vida-. También incluye una declaración de intenciones en la que se rinde cumplido homenaje a la caballería andante, a sus Majestades los Reyes, al Papa y a los Duques, y finalmente dos panegíricos dedicados a vuestra dama Dulcinea. Y para terminar vuestra merced podría volver a pronunciar aquel discurso sobre la Edad Dorada que hizo en la Primera Parte de sus andanzas, y que dejó a todos los presentes maravillados y boquiabiertos…”
“Paréceme bien”, interrumpió educadamente su señor. “Mas no acierto a ver qué he de hacer con toda esta faramalla de argumentos y buenas palabras que me platicas. Se trata de ruegos que de todos modos ibas a plantear tú mismo, y en justicia te han de ser concedidos, merced a la bien llevada situación de la la Insula Barataria y al no poco contento que los Duques han de tu gobierno.”
“Lo que propongo”, respondió Sancho, “es que vuesa merced se sirva de estos puntos como argumentación principal, comprometiéndose a retirar de la mesa de negociaciones el plan sobre caballería andante a cambio de que se aprueben estas mejoras. Posiblemente el Consejo las rechace, por la ojeriza que os tienen todos esos cretinos gotosos, pero el Duque no se lo puede permitir. Lo mesmo que nosotros, él también tiene una cara que salvar. Vos no tendréis vuestra orden de caballería, pero más vale pájaro en mano que ciento volando, y mejor buen pan con hambre que las Bodas de Camacho estando harto de ajos, y que con estas gachas y este tocino podemos hacer una buena olla podrida… Perdonad, ya me iba otra vez por los refranes. Lo que quiero decir es que si nos dejamos de pedir sillas de cinco patas y de buscarle tres pies al gato, tal vez podamos conseguir del Duque una ejecutoria, o capitulaciones o legajo notarial, cuajado de considerandos y otro sí digos y provisto con la rúbrica de un escribiente picapleitos, que si fuere vizcaíno mejor, que nos ahorre el tener que volver con el rabo entre las piernas ni molidos a correonazos.”
No faltaba razón a Sancho, y a ello hubo de avenirse pese a su enfado el mohíno Don Quijote. La pantomima grotesca organizada por los Duques en torno a la Insula Barataria se les había ido de las manos. En aquel momento Castilla entera tenía el ojo puesto en el lugar donde habría de celebrarse el pregonado encuentro, con tres desenlaces posibles: (a) Don Quijote y Sancho salen manteados por los mozos de cuadra del Duque, al ser rechazada la solicitud referente a la nueva orden de caballería; (b) Presentan las propuestas de Sancho a cambio de retirar el plan de caballería andante, recházalo todo el Duque y queda como felón y mal señor, teniendo que soportar el resto de su vida la inquina deletérea de todos los gacetilleros de la corte; (c) Las propuestas son aceptadas entregando como moneda de cambio el plan sobre caballería andante, Don Quijote prosigue su viaje hacia Madrid y es aclamado por los vecinos de la Corte al igual que antaño hicieran los de la muy noble y patricia ciudad de Barcelona. Siendo realistas qué duda cabe de que la única alternativa razonable era la (c), aun estando todavía lejos de asegurar el triunfo de la empresa.
Atras quedaba la época de los lances galantes, de los duelos con caballeros de blanca armadura a la luz de la luna, aunque al final hubieren resultado no ser más que simples bachilleres, de las embestidas contra gigantes -que el necio de Sancho aun se empecinaba en llamar molinos de viento- y de las recepciones de honor en las galeras del Rey. Se echaba de ver que la Monarquía estaba en decadencia. Todo estaba invadido por escribanos, leguleyos ganapanes, frailes hipócritas y funcionarios sin imaginación. Lo único que tenía futuro era la defensa de la alcabala y un realismo político de vuelo gallináceo, como el que inspiraba el infame pliego de propuestas entregado por Sancho, que sin duda le habían ayudado a redactar todos aquellos deudos y parásitos a los que había ido colocando en la Insula Barataria, temerosos de que al final las locuras de su señor dieran al traste con sus regalados empleos. Quedaban dos o tres jornadas hasta llegar al paradero de los Duques. Tiempo había, pues, de recapacitar.
“Dime una cosa, Sancho”, preguntó Don Quijote, cambiando de tema. “¿Crees que el Duque va a pedirme que me retire?”
“Tenga vuesa merced por cierto que lo está pensando y sin duda lo ha de decir, con las maneras zalameras y corteses que él sabe. Y hasta es posible que ya tenga designado en el Toboso a algún corregidor de tres al cuarto para sustituirle. Pero aquesta renuncia solo depende de vuesa merced.” y, santiguándose, añadió: “Y por supuesto de la voluntad de Dios Nuestro Señor.”- Publicado en Izaronews.