Héroes de cervecería
El Ministro de Justicia, Excelentísimo Señor Don Mariano Fernández Bermejo, con aspecto abatido y grandes ojeras à la Belloch, llegó a su despacho sorprendiendo a su secretaria Pura en pleno sudoku. Qué extraño, verle aquella mañana por allí, en plena campaña electoral. Al momento recordó que a las doce tenía programado un mítin en Ifema, justo después de otro de Eduardo Zaplana. Probablemente quería aprovechar aquel tiempo para darse una vuelta por la oficina. Pura dio vuelta a la revista, se levantó de su escritorio y puso en funcionamiento la cafetera, mientras su jefe se sentaba a la mesa y hacía un conato de reconocimiento del territorio: instintivamente paseó los dedos por sus papeles, el asa del cajón, la agenda… En un acto reflejo levanta el teléfono de la horquilla, lo vuelve a dejar y acaricia suavemente el plástico. “¿Le traigo la prensa?”, preguntó Pura. El Ministro sacudió la cabeza. Nada de periódicos.
Normalmente a esa hora de la mañana solía escuchar los comentarios de la COPE. Pero después tenía mítin, y estando de mala leche no resultaba creíble perorar sobre cosas como los colores y la alegría. “Ya estamos todos como una moto”, pensó, deseando que pasaran las elecciones. “Ganemos o perdamos, pienso meterme en la cama y dormir doce horas”. Luego recordó que en cierta ocasión un chiflado vasco amigo de Arzalluz llamado López de Arriortúa había dicho que el trabajo es el mejor remedio contra toda suerte de tribulaciones (¿o fue Ignacio de Loyola?). En cualquier caso, buena ocasión para comprobarlo.
“Señorita Pura”, dijo el Ministro, después de carraspear lastimosamente, “Por favor, tráigame el último dossier”. La secretaria dejó el café sobre la mesa de su jefe, se apartó para rebuscar en el archivo y al rato regresó con una carpeta en la mano. “Le recuerdo que al marcharse dejó pendiente un tema de gran importancia”, expuso Pura. “Usted estaba interesado en retomarlo a la mayor brevedad”.
Tras cavilar durante unos segundos el Ministro recordó de qué se trataba. ¡La violencia de género! El goteo incesante de casos de mujeres maltratadas por sus maridos y compañeros había ido en aumento durante los últimos meses, hasta llegar al infame día de los cuatro asesinatos, que había encendido las alarmas en todos los foros de opinión y observatorios sociales.
No era cosa de broma. Tanto el gobierno actual como el de Aznar habían trabajado para desarrollar una avanzadísima y flamante legislación contra la violencia de género. Pero producir leyes es fácil: de nada sirve elaborar reglamentos y dar trabajo a las prensas de Aranzadi si al mismo tiempo no se aportan los medios que garantizan el cumplimiento de las mismas. Las mujeres asesinadas por sus compañeros tenían algo en comun: todas ellas, sin excepción, habían denunciado, y los poderes públicos, haciendo alarde de esa generosidad con la que en nuestro país acostumbra a recompensarse la virtud, las habían dejado abandonadas e inermes frente a la venganza de unos bárbaros enloquecidos. Desde los medios y foros se vertía constantemente el mensaje de que era la sociedad, basada en planteamientos patriarcales y machistas, quien fomenta este tipo de actos. En un terreno menos abstracto, sin embargo, cabe atribuir al Estado la responsabilidad subsidiaria de estas muertes. No tardarían en llover acusaciones y demandas. Incluso se decía que algunas asociaciones cívicas, como Clara Campoamor, estaban afilando cuchillos para llevar al gobierno ante los tribunales.
“Hay que tener un buen cartucho en la recámara”, pensó el Ministro, “por si a la prensa de los cojones se le ocurre hablar de esto en los pocos días que quedan hasta el 9-M”. Mientras hojeaba el dossier traído por Pura, se le ocurrió que aquello podía servirle. Se trataba de un informe sobre las sociedades gastronómicas de Vizcaya. Como es sabido, en los famosos “txokos” de aquella lejana provincia la costumbre impone que, salvo fechas señaladas, las mujeres tienen prohibida la entrada a determinados tugurios en los que unos vascos barrigones y mal vestidos se ponen hasta las cejas de marisco y rabo de buey. Pues bien, a un abogado socialista de Bilbao se le había ocurrido la no menos disparatada idea de que había que declarar inconstitucionales los estatutos de todos aquellos centros recreativos que no incluyan cláusulas estrictas de igualdad, y durante las últimas semanas había impulsado una campaña de agitación que ríete del Alarde de San Marcial.
El Ministro hizo cálculos mentales para una posible intervención del Estado. Solo en caso de que fuera estrictamente necesario, por supuesto: “Lo primero avisar al Fiscal General del Estado; después, que toda noticia sobre Campoamor, la responsabilidad subsidiaria del Estado, etcétera, pase a la página 18 de “El País”, y lo de los txokos a primera plana… El gobierno de Zapatero en un nuevo gesto valeroso y comprometido a favor de la igualdad de género. Muy bien. Creo que ya lo tenemos.”
Llamó a su secretaria para dictar algunas instrucciones, pero ella le interrumpió respetuosamente: “Permítame recordarle, Sr. Ministro, su actuación de la semana pasada contra ‘Mujeres a la Cocina’. No sería oportuno meterse con las sociedades gastronómicas del País Vasco mientras aquello siga estando pendiente.”
‘Mujeres a la Cocina’ era una plataforma creada por un oscuro grupo fascista de Madrid que, como su propio nombre da a entender, se oponía a la política de igualdad de género del Presidente Zapatero de una manera más bien ultramontana y zafia. Pura no sabía que este chingo de indeseables, al igual que la mayor parte de las turbas antisistema, ya sean de derecha o izquierda, están controlados por el gobierno español, que se sirve de ellas para fines diversos, como provocar altercados en mítines políticos, husmear en las cloacas, desestabilizar, paralizar los juzgados con demandas absurdas o causar desórdenes que justifiquen la contraprogramación en prensa. Pero el Ministro no veía la conexión entre ambas cosas.
“¿Qué quiere decir, Pura?”
“Piénselo bien, Sr. Ministro: no puede lanzar un ataque contra unos energúmenos que quieren meter a las mujeres en la cocina y acto seguido querer meter en cintura a otros que pretenden mantenerlas alejadas de ella.”
Pura tenía razón. El Ministro se imaginaba ya los titulares en Libertad Digital. Peor aun, a Jiménez Losantos despertando a los oyentes de la COPE con una homilía sobre dobles varas de medir, digos diego donde dijes digo y otras estupideces demagógicas. Como si no tuviera suficiente con el asunto del piso, los plantes de funcionarios ante su casa y el expediente por la baja laboral injustificada de su señora. De repente se sintió agotado. Las ganas de luchar le abandonaban. ¡Cómo deseaba que terminara el maldito mítin y que llegara de una vez la una menos cuarto para irse a tomar el aperitivo!
Ante la sugerencia que le hizo su secretaria de buscar otra cosa, el Ministro desiste mesándose la barba con un gesto de cansancio: “Mire, no se moleste. Vamos a hacerlo asi. y que salga el sol por Antequera. Total, ya hace tiempo que llueve sobre mojado…” - Publicado en Izaronews.