Aznar tropieza con los chinos
Hace años España y China estuvieron a punto de tener un conflicto diplomático. La historia viene de antiguo. A comienzos de los noventa la República de Taiwan, emancipada de Beijing desde 1949, inició un proceso de rearme que incluía la modernización de sus fuerzas armadas a través de la compra masiva de aviones, buques de guerra y material militar avanzado. Entre los pedidos del gobierno taiwanés había ocho submarinos diésel para proteger sus costas de un intento de invasión anfibia del gigante chino, siempre al acecho de aquella minúscula pero avanzada república burguesa, gracias a la cual hoy tenemos en nuestros ordenadores chips de memoria y discos duros a de gran capacidad a precios asequibles. Estos submarinos, de haberse llegado a construir, no solo habrían supuesto un problema para la armada de la China comunista, sino también perturbado el equilibrio estratégico en el Mar de la China Suroriental, zona sobre la cual Beijing mantiene pretensiones hegemónicas, muy importante por sus rutas de navegación y la existencia de materias primas energéticas en los fondos marinos, como petróleo, gas natural e hidratos de metano.
Por un lado, el cabreo comunista; por otro, un problema de suministros industriales nada fácil de resolver, ya que Estados Unidos, principal proveedor en el ambicioso proyecto armamentista de Taiwan, no dispone de submarinos diésel: abandonó su construcción en los años 60 del siglo pasado para dedicarse exclusivamente a los buques de propulsión nuclear. Washington se vio obligada a recurrir a sus socios europeos. Pero entonces el comercio con China ya era un importante negocio, y los únicos países con astilleros capaces de fabricar submarinos modernos, con sistemas de propulsión y armamento de alta tecnología a la altura de las especificaciones taiwanesas, no estaban muy dispuestos a echar un cable en aquella empresa al socio americano.
Alemania no quería saber nada del tema: sus empresarios temían las represalias económicas de Beijing. Francia no tenía intereses comparables a los alemanes, pero no le gustaba el nuevo orden mundial unipolar en el que Washington estaba trabajando, y consecuentemente dijo que no. La única opción que quedaba, en un entorno cada vez más trastocado por la cabezonería yanqui y el resentimiento de Beijing, era España. Precisamente en aquellos años el gobierno de José María Aznar acababa de iniciar una política de acercamiento hacia los americanos, puesta de manifiesto con concesiones como la venta de Santa Bárbara a General Dynamics, y más tarde su resuelto espaldarazo a la invasión de Irak.
Aznar se hallaba ante el mismo dilema que alemanes y franceses. Habrá quien se pregunte: ¿qué tiene de malo vender submarinos a Taiwan? Al fin y al cabo se trata de un negocio de 6.000 millones de euros. No todos los días entra en cartera un pedido asi. Pero en este negocio la columna del debe superaba con creces a la del haber. Basta hacer números sobre una hoja de papel para entender la zozobra de un Aznar que no se veía con ánimos para decir que no al presidente Bush, y que al mismo tiempo, siguiendo el programa diplomático de sus predecesores en el gobierno de España, se había propuesto fomentar las relaciones con China.
El desquite de Beijing implicaba que al menos en seis años China no iba a comprar a los empresarios españoles ni un solo tornillo, en una época en que el comercio de España con el país asiático sobrepasaba ya los mil millones de euros al año. Después los chinos reanudarían sus compras, pero no al mismo nivel que antes. El rearme de Taiwan constituía una oportunidad de promoción política para Aznar, pero dejaba mucho que desear en cuanto a rentabilidad, a no ser que el amigo americano enjuagara las pérdidas con otras concesiones en su mercado interno.
Y asi fue como el asunto de los submarinos para Taiwan se convirtió en una piedra arrojadiza dentro del Consejo de Ministros de Aznar. Halcones y palomas del Partido Popular casi llegaban a las manos y se lo tiraban a la cabeza como una pelota de volley. Nada de esto quedó registrado en acta: señal de que el problema y los enfrentamientos a que dio lugar eran de importancia capital.
El cambio de gobierno en España tras las elecciones del 14 de marzo de 2004 puso fin a este atolladero relacionado con los negocios de rearme de la China Nacionalista. El gabinete de Zapatero, siguiendo la misma lógica que sus socios europeos, no estaba de ningún modo dispuesto a poner aquellos submarinos dentro del agua. Poco después, a finales de 2004, el gobierno de Taiwan emitió una declaración mediante la cual renunciaba a la compra de los submarinos, prefiriendo mantener las buenas relaciones con Beijing. El gigante chino ha sabido recompensar a Zapatero intensificando las relaciones comerciales y el proceso de acercamiento entre los dos países.
En vísperas de esa gran puesta de largo que para el gigante chino suponen los Juegos Olímpicos del 2008 Beijing hace frente a un número de problemas en su política exterior: derechos humanos, la ocupación del Tíbet y Taiwan. En las dos primeras China puede hacer concesiones, y de cualquier modo la situación ha mejorado mucho durante los últimos años. Pese a todo lo que sugieren los informes de los activistas y las imágenes de monjes apaleados por el ejército chino, ya no estamos en la época de Tian-an-Men.
Sin embargo, el asunto de Taiwan es de otro nivel, ya que afecta no solo al orgullo patriótico sino también a la geopolítica de Asia: bases militares, comercio, petróleo, etc. Con Beijing se puede negociar y discrepar, pero no se juega a la pelota de Taiwan. China es una potencia militar en ascenso, que aspira a jugar un papel importante en el mundo, no a través de la superioridad demográfica ni de los esquemas del marxismo revolucionario, sino en pie de igualdad con el mundo industrializado, mediante el comercio, la tecnología, las misiones de paz, su parte en la responsabilidad estratégica y unas fuerzas armadas al mismo nivel que las de la OTAN. El gobierno de Beijing quiere devolver a una civilización milenaria el papel que le corresponde. Durante tres décadas China ha jugado a la carta del milagro económico. A partir de ahora jugará a la del prestigio militar.
Respecto al Tibet da la impresión de que existe un complot, fraguado no se sabe por quién, cuyo objetivo consiste en sabotear los Juegos Olímpicos de Beijing. Los disturbios de Lhasa no han sido instigados por empresarios occidentales como castigo por el robo de propiedad intelectual ni por espías alemanes para vengar intrusiones en los ordenadores del Reichstag. Detrás de ellos se encuentra el propio gobierno de Beijing. ¿Y qué es lo que pretende? Convencer al pueblo de China, y también al mundo, de la pertinencia de sus propios intereses de estado. En una sola frase: justificar la necesidad del esfuerzo, tanto realizado como todavía por hacer, para la modernización de sus fuerzas armadas.- Publicado en Izaronews.
Las cejas de Zapatero y el bigote de Aznar
Se nota que Laín de Macías, artífice de la parodia, es un independiente, porque aunque como él dice aquí no hay polémica, este tsunami de coña genuinamente andaluza va dirigida contra un estamento político al que se le dan mejor los juegos de rol que ocuparse de los problemas del país.
Hacer humor no es nada fácil en estos tiempos, sobre todo cuando se aspira a crear algo exento de la sal gorda y la ramplonería que parece presidirlo todo. Os invito a ver el otro videomontaje de Laín de Macías en Youtube, Tierra Manida 1. Algo está claro: si Andalucía no existiera habría que inventarla.
Héroes de cervecería
El Ministro de Justicia, Excelentísimo Señor Don Mariano Fernández Bermejo, con aspecto abatido y grandes ojeras à la Belloch, llegó a su despacho sorprendiendo a su secretaria Pura en pleno sudoku. Qué extraño, verle aquella mañana por allí, en plena campaña electoral. Al momento recordó que a las doce tenía programado un mítin en Ifema, justo después de otro de Eduardo Zaplana. Probablemente quería aprovechar aquel tiempo para darse una vuelta por la oficina. Pura dio vuelta a la revista, se levantó de su escritorio y puso en funcionamiento la cafetera, mientras su jefe se sentaba a la mesa y hacía un conato de reconocimiento del territorio: instintivamente paseó los dedos por sus papeles, el asa del cajón, la agenda… En un acto reflejo levanta el teléfono de la horquilla, lo vuelve a dejar y acaricia suavemente el plástico. “¿Le traigo la prensa?”, preguntó Pura. El Ministro sacudió la cabeza. Nada de periódicos.
Normalmente a esa hora de la mañana solía escuchar los comentarios de la COPE. Pero después tenía mítin, y estando de mala leche no resultaba creíble perorar sobre cosas como los colores y la alegría. “Ya estamos todos como una moto”, pensó, deseando que pasaran las elecciones. “Ganemos o perdamos, pienso meterme en la cama y dormir doce horas”. Luego recordó que en cierta ocasión un chiflado vasco amigo de Arzalluz llamado López de Arriortúa había dicho que el trabajo es el mejor remedio contra toda suerte de tribulaciones (¿o fue Ignacio de Loyola?). En cualquier caso, buena ocasión para comprobarlo.
“Señorita Pura”, dijo el Ministro, después de carraspear lastimosamente, “Por favor, tráigame el último dossier”. La secretaria dejó el café sobre la mesa de su jefe, se apartó para rebuscar en el archivo y al rato regresó con una carpeta en la mano. “Le recuerdo que al marcharse dejó pendiente un tema de gran importancia”, expuso Pura. “Usted estaba interesado en retomarlo a la mayor brevedad”.
Tras cavilar durante unos segundos el Ministro recordó de qué se trataba. ¡La violencia de género! El goteo incesante de casos de mujeres maltratadas por sus maridos y compañeros había ido en aumento durante los últimos meses, hasta llegar al infame día de los cuatro asesinatos, que había encendido las alarmas en todos los foros de opinión y observatorios sociales.
No era cosa de broma. Tanto el gobierno actual como el de Aznar habían trabajado para desarrollar una avanzadísima y flamante legislación contra la violencia de género. Pero producir leyes es fácil: de nada sirve elaborar reglamentos y dar trabajo a las prensas de Aranzadi si al mismo tiempo no se aportan los medios que garantizan el cumplimiento de las mismas. Las mujeres asesinadas por sus compañeros tenían algo en comun: todas ellas, sin excepción, habían denunciado, y los poderes públicos, haciendo alarde de esa generosidad con la que en nuestro país acostumbra a recompensarse la virtud, las habían dejado abandonadas e inermes frente a la venganza de unos bárbaros enloquecidos. Desde los medios y foros se vertía constantemente el mensaje de que era la sociedad, basada en planteamientos patriarcales y machistas, quien fomenta este tipo de actos. En un terreno menos abstracto, sin embargo, cabe atribuir al Estado la responsabilidad subsidiaria de estas muertes. No tardarían en llover acusaciones y demandas. Incluso se decía que algunas asociaciones cívicas, como Clara Campoamor, estaban afilando cuchillos para llevar al gobierno ante los tribunales.
“Hay que tener un buen cartucho en la recámara”, pensó el Ministro, “por si a la prensa de los cojones se le ocurre hablar de esto en los pocos días que quedan hasta el 9-M”. Mientras hojeaba el dossier traído por Pura, se le ocurrió que aquello podía servirle. Se trataba de un informe sobre las sociedades gastronómicas de Vizcaya. Como es sabido, en los famosos “txokos” de aquella lejana provincia la costumbre impone que, salvo fechas señaladas, las mujeres tienen prohibida la entrada a determinados tugurios en los que unos vascos barrigones y mal vestidos se ponen hasta las cejas de marisco y rabo de buey. Pues bien, a un abogado socialista de Bilbao se le había ocurrido la no menos disparatada idea de que había que declarar inconstitucionales los estatutos de todos aquellos centros recreativos que no incluyan cláusulas estrictas de igualdad, y durante las últimas semanas había impulsado una campaña de agitación que ríete del Alarde de San Marcial.
El Ministro hizo cálculos mentales para una posible intervención del Estado. Solo en caso de que fuera estrictamente necesario, por supuesto: “Lo primero avisar al Fiscal General del Estado; después, que toda noticia sobre Campoamor, la responsabilidad subsidiaria del Estado, etcétera, pase a la página 18 de “El País”, y lo de los txokos a primera plana… El gobierno de Zapatero en un nuevo gesto valeroso y comprometido a favor de la igualdad de género. Muy bien. Creo que ya lo tenemos.”
Llamó a su secretaria para dictar algunas instrucciones, pero ella le interrumpió respetuosamente: “Permítame recordarle, Sr. Ministro, su actuación de la semana pasada contra ‘Mujeres a la Cocina’. No sería oportuno meterse con las sociedades gastronómicas del País Vasco mientras aquello siga estando pendiente.”
‘Mujeres a la Cocina’ era una plataforma creada por un oscuro grupo fascista de Madrid que, como su propio nombre da a entender, se oponía a la política de igualdad de género del Presidente Zapatero de una manera más bien ultramontana y zafia. Pura no sabía que este chingo de indeseables, al igual que la mayor parte de las turbas antisistema, ya sean de derecha o izquierda, están controlados por el gobierno español, que se sirve de ellas para fines diversos, como provocar altercados en mítines políticos, husmear en las cloacas, desestabilizar, paralizar los juzgados con demandas absurdas o causar desórdenes que justifiquen la contraprogramación en prensa. Pero el Ministro no veía la conexión entre ambas cosas.
“¿Qué quiere decir, Pura?”
“Piénselo bien, Sr. Ministro: no puede lanzar un ataque contra unos energúmenos que quieren meter a las mujeres en la cocina y acto seguido querer meter en cintura a otros que pretenden mantenerlas alejadas de ella.”
Pura tenía razón. El Ministro se imaginaba ya los titulares en Libertad Digital. Peor aun, a Jiménez Losantos despertando a los oyentes de la COPE con una homilía sobre dobles varas de medir, digos diego donde dijes digo y otras estupideces demagógicas. Como si no tuviera suficiente con el asunto del piso, los plantes de funcionarios ante su casa y el expediente por la baja laboral injustificada de su señora. De repente se sintió agotado. Las ganas de luchar le abandonaban. ¡Cómo deseaba que terminara el maldito mítin y que llegara de una vez la una menos cuarto para irse a tomar el aperitivo!
Ante la sugerencia que le hizo su secretaria de buscar otra cosa, el Ministro desiste mesándose la barba con un gesto de cansancio: “Mire, no se moleste. Vamos a hacerlo asi. y que salga el sol por Antequera. Total, ya hace tiempo que llueve sobre mojado…” – Publicado en Izaronews.