D e r K a b a r e t t i s t

16 Febrero, 2008

El agresor pasivo

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 10:58 AM

zp.jpgAntiguamente los conflictos se resolvían a lo bruto, taladrando en línea recta. Paradigma de la educación antigua, basada en la violencia, el autoritarismo y una competitividad extrema, fue el galo Brenner, que arrojó su espada en la balanza para fastidiar del todo a sus vencidos; y Alejandro Magno, cercenando el nudo gordiano frente a unos funcionarios persas blandos y amigos de los acertijos. Gestos para la posteridad, modelos didácticos que se han mantenido en vigor hasta hace poquísimo tiempo. Ni siquiera almas selectas como la de Goethe se vieron libres del delirio vitalista: “no tienes elección, yunque o martillo has de ser”.

En nuestros días llega a su fin la era del guerrero. El progreso de la civilización, si bien no consigue terminar con las guerras, ha moderado la arrogancia de los seres humanos: un diplomático como Bismarck que proponga lograr objetivos a sangre y fuego hoy no encontraría un empleo a medida ni siquiera en la sala de mapas del Pentágono. ¿Debemos alegrarnos por ello? Pues claro, pero sin bajar la guardia. El crepúsculo del hombre de acción nos trae un tipo nuevo de combatiente, que siempre ha estado ahí, pero que hoy, por imperativo de las formas, resulta del todo imprescindible. Se trata del “agresor pasivo”, aquel que se impone no mediante ataques frontales, sino maniobrando de manera sutil para desequilibrar a sus oponentes, haciéndoles perder la compostura y provocando en ellos una conducta hostil para hacerlos aparecer ante el público como los verdaderos atacantes.

El agresor pasivo juega un papel destacado no solo en la política y la guerra, sino también en el mundo del espectáculo, el funcionariado, la empresa y las relaciones personales. Este estilo de hacer y deshacer las cosas se ha vuelto ubicuo y pone a prueba nuestro optimismo respecto al futuro: en realidad no avanzamos hacia una cultura de paz, sino que el conflicto y la guerra han dado un salto cualitativo hacia el predominio de la acción indirecta y el refinamiento psicológico.

¿Por qué la agresión pasiva ha llegado a generalizarse? En el mundo de hoy, según sostiene Robert Greene en su insolente pero entretenido libro “Las 33 estrategias de la guerra”, la expresión de la crítica abierta y de los sentimientos negativos hacia los demás está cada vez más penalizada. Nos tomamos las cosas como algo personal y queremos evitar el conflicto. Nos vemos sometidos a una presión social tremenda para complacer y caer bien a la gente. Sin embargo la agresividad y el odio forman parte de la naturaleza humana, y al vernos imposibilitados para expresar estos sentimientos con espontaneidad, cada vez hay más personas que recurren a formas de ataque solapadas y arteras.

La represión acaba con los puños, pero fomenta una miríada de pequeños sabotajes: un empleado que se deja las luces encendidas, que protesta en las reuniones de trabajo o manda requerimientos de pago impertinentes y burocráticos a ese cliente que te costó Dios y ayuda conseguir. Otras veces se llega a formas de acoso detestables y peligrosas, como el bullying, las campañas de prensa y la intoxicación con rumores. El método es simple y eficaz: Fíngete víctima de los propios conflictos que tú mismo has provocado. Defiéndete aparatosamente en público mientras fomentas de tapadillo todo tipo de insidias y trapacerías. Pero ten cuidado, no es fácil. No debes subestimar la inteligencia del populacho, ni siquiera en un país como este. Te conviene mucho que haya tensión, pero no que se te vea el plumero.

Frente a un agresor pasivo el mandatario requiere un gran dominio de la mano izquierda. Esto sucede porque los gobernantes se ven atrapados en una contradicción fundamental: por un lado precisan conservar el poder; por otro necesitan que la gente crea en su bondad y en la justicia de su causa. Todo acto resuelto por necesario que sea tenderá a ser interpretado en términos de despotismo y crueldad. ¿Necesitamos entonces más expertos en relaciones públicas? ¿O más sentido comun para mantener la boca cerrada sin dar por hecho que los micrófonos del plató también lo están?. Todo esto significa banalizar el problema. Lo que se necesita es madurez. No se trata de neutralizar unos juegos psicológicos con otros, sino de ser adultos y de intentar resolver conflictos, antes de que los potros salvajes del ego se sacudan las riendas y broten irrefrenables las ansias de notoriedad y poder.

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