D e r K a b a r e t t i s t

13 Febrero, 2008

Sale a peseta cada español

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 10:57 PM

aelita.jpgAristóteles dijo que el hombre es un ser social. Sin embargo no es por naturaleza un ser socialista, es decir, empático, responsable y cohesionado en afectos y objetivos con el resto de la humanidad. Unica y limitada excepción a esta norma es el corporativismo, fenómeno irritante y por lo demás muy español, causante de aberraciones tan atípicas de la vida moderna como la endogamia universitaria, los pactos de silencio entre médicos y algunas sentencias judiciales que de cuando en cuando nos sorprenden dando la razón al parricida, al violador o al que atropella niños con exceso de velocidad. No, señor: el hombre, por encima de su condición social–o por debajo de ella, si preferimos darle el acostumbrado tinte moralista-, es una máquina de supervivencia, capaz, como el dios Cronos, de comerse a sus propios hijos. Razón tuvo el labrador: antes mis dientes que los de mis parientes.

Estremece pensar que Nietzsche podría haber estado en lo cierto y que un pueblo no es más que el rodeo que da la naturaleza para llegar a un pequeño grupo de grandes hombres. Pongámonos en el lugar de uno de estos ganadores en la gran tómbola de la selección natural. Supongamos que somos un alto cargo del gobierno. Tenemos una casa en las afueras, pero también nos gustaría ocupar un pisito en el centro. Asi estaremos más cerca no solo del trabajo, sino también de una amplia oferta de cervecerías, pubs y locales de alterne de los que aun no somos asiduos. Hablamos con el Ministerio y ningún problema. ¿Cómo no, Excelentísimo Señor? Al fin y al cabo, somos quien lleva la cartera… también en un sentido literal.

Asi que, ebrio de ufanidad, nuestro hombre acude a inspeccionar la vivienda (un loft de 200 metros cuadrados en pleno centro de Madrid) y nada más entrar experimenta su primera contrariedad. ¿A qué vienen esos biombos y tablones de madera con el ying y el yang? ¿Qué son esos sillones de diseño, y qué esos falsos techos, y qué esas sillas, y qué coño pintan ahí esas lámparas de diseño con varitas saliendo por todas partes que parecen el peinado de la reina Aelita? ¡Joder, pero si esto parece el decorado de una película de ciencia-ficción soviética de los años 20! Vaya, por lo menos me ha dejado el ordenador. Podré echar una partida al Doom.

Para entender el estado de ánimo de nuestro personaje es necesario haber pasado por la experiencia de querer tomar asiento en una mesa feng-shui. Entonces no nos escandalizará su tajante opinión facultativa, referida como es lógico al diseñador: “¡Me cago en su puta madre!”. Es demasiado. Su Excelencia abandona la casa, regresa al ministerio, entra en su despacho, llama a su secretaria -una tía con jersey ceñido, minifalda y la misma cara que Cristina Narbona, solo que veinte años más joven- y comienza a impartir directrices, que ella anota con diligente solemnidad, como si estuvieran destinadas al B.O.E. “¿Dónde quiere que compre todo esto?” pregunta ella, aturullada y nerviosa. El la mira con desprecio y contesta, antes de salir para sus menesteres oficiales: “¡Pues en el Corte Inglés! ¡No te jode…!”

La secretaria, pensando que su jefe está hablando en serio, hace lo que se le dice, y a los pocos días misión cumplida. El nuevo vivac del Ministro alcanza el umbral de habitabilidad al mismo tiempo que las facturas de la reforma aterrizan en el escritorio de Pedrojota Ramírez. ¡Un escándalo colosal! ¿Cómo puede ser que el ministro se gaste un cuarto de millón de euros en acondicionar un piso con esta crisis y este paro, mientras trata a latigazos a los funcionarios de su propio ámbito competencial que le exigen paupérrimos incrementos salariales que les permitan equipararse a sus colegas de la administración periférica del Estado? ¡Y todo esto en vísperas de las elecciones!

Si es peligroso un gato acorralado no hablemos de un político. Plantéasele al ministro un agrio dilema moral: si dice la verdad, que no le gustaba la decoración, y que por eso ha decidido cambiarla, él quedará mal. Pero si dice que se ha visto obligado a ello por el estado en que lo dejó el inquilino anterior -casualmente una antigua ministra de su mismo gabinete- será ella quien resulte perjudicada. En cualquier caso ya han salido los dos cual no digan dueñas, es decir, en los tres relevos de la COPE: el talibán ateo, la gorda católica y el protestante aficionado al country. “Pero, ¡qué cojones, me gusta este piso y me lo voy a quedar!”

De este modo se impone el realismo político, transmitiendo al público la impresión de que la compañera de partido es una guarra, o en el mejor de los casos una persona aquejada del síndrome de Diógenes. No importa, ella lo entenderá, asumiendo la misma actitud flemática que el puercoespín Isengrim en aquel cuento de Johann W. Goethe, cuando su amigo el zorro Reineke lo cubría de acusaciones y calumnias en un intento desesperado por salvar su propio pellejo. ¿No han leído esa obra? ¿A qué esperan? Su insigne autor la escribió para mofarse de las pequeñas y miserables cortes que florecían en la Alemania del Despotismo Ilustrado, pero perfectamente se puede aplicar a la actualidad.

Las duras leyes de la naturaleza han triunfado. Una vez Lawrence de Arabia, ante una caterva de diplomáticos de chancillería que estaban volviendo patas arriba el mapa del Oriente Medio, exclamó que entre ladrones y criminales podía existir el honor, pero entre políticos jamás. Imposible encarecer hasta qué punto se hallaba en lo cierto. Incluso el golpista Tejero, antes de entregarse, puso como condición que no se emprendieran acciones de represalia contra sus subordinados. La idea de un tricornio pisando a otro para salvarse de la cárcel es tan inverosímil como la de un ministro socialista no ya protegiendo a sus colegas, sino asumiendo las responsabilidades que le corresponden por los actos de su exclusiva competencia personal.- Publicado en Izaronews.

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