D e r K a b a r e t t i s t

7 Febrero, 2008

Manía persecutoria

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 12:08 AM

index.jpgEl otro día me sucedió algo extraño. Regresaba a mi oficina después del café cuando al pasar la calle me crucé con un hombre joven con aspecto de turista y cámara réflex colgada de una correa, tal vez no por casualidad apuntando hacia mí. En el momento de pasar por delante pude escuchar, apenas perceptible, el ruido del obturador. El individuo se alejó entre la multitud, dejándome con una sensación de inquietud. Como estaba cerca de Gran Vía 85, ese gran termitero habitado por lobbistas y parásitos del sector público vasco, decidí hacer una visita a mi amigo Mauricio. ¿Quién sabe si no estaba metido en otro de sus tejemanejes? Y como recientemente habíamos estado comiendo juntos, aquello podía constituir el motivo de que me siguiera un sabueso.

Mauricio parecía perplejo: “¡Pero si ahora no me dedico más que a negocios honestos! Cualquier cosa por la que valga la pena vigilarme (ya sabes, las tragaperras, el bingo por Internet y las angulas importadas de Irlanda) puedes tener la seguridad de que ha prescrito hace años.”

Imposible saber cuándo Mauricio está diciendo la verdad. Además tiene la excusa fácil de que si te oculta algo es por tu bien, para no comprometerte delante del juez de instrucción. “¿Y Hacienda Foral?” le pregunté en voz baja. “Ah, eso…” respondió mientras buscaba la caja de los habanos, “Todo resuelto. ¿Recuerdas a esos amiguetes del partido que se han pillado los dedos con el asunto de las chatarras? Adivina quién puso sobre la pista al cuerpo de subinspectores. A cambio de ciertas informaciones útiles, obtenidas por un detective privado, me perdonaron algunas omisiones en la declaración anual del IVA…”

“¿Y qué pasa con tus competencia?” insistí, “Hay otros conseguidores en el partido a los que les gustaría tener un parque fotovoltaico en Torrevieja”. Según dijo Mauricio no había motivos para preocuparse. Si aquella persecución tenía efectivamente que ver con él, liberaría algunos dossiers confidenciales para aplacar a las fuerzas del mal. Al despedirnos me hizo prometer que le mantendría al tanto de la más mínima incidencia que se produjera en relación con mi presunto seguimiento.

En el camino de regreso me detuve en la tienda de deportes que otro viejo conocido tiene en el Ensanche. Fernando es un bilbaíno de pro en plenos cincuenta, comerciante de éxito, con un divorcio a cuestas y una calva bien bronceada por el sol de Marbella. Pese a su aspecto burgués -empadronado en Abando, votante del PP y con jersey de Lacoste echado por encima del hombro- Fernando es un golfo de marca mayor, amigo de la buena mesa, de hembras ajenas de todas las edades y estados civiles y, por si no bastara, incorregiblemente putero. Como tenemos confianza le pregunté si existía la posibilidad de que algún esposo cornudo o un proxeneta encabritado por los celos estuvieran marcándole en corto. “No lo creo”, explicó, tratando de hacer memoria -cosa difícil con una agenda tan complicada como la suya-. “Está el acompañante de Manuela, ya sabes, el que trabaja en el Registro de la Propiedad. Pero no creo que tenga nada que ver. En mi vida he visto un tipo tan tolay. Debe ser el único en todo Bilbao que todavía no sabe que su novia fue prostituta de lujo. Si me entero de algo ya te diré…”

De regreso a mi despacho mi obsesión persecutoria va in crescendo, hasta el punto de que decido llamar a mi ahijado Eneko para que haga un rastreo de micrófonos ocultos. Acude al poco rato el txo, y con su scanner de radiofrecuencias Alinco peina la estancia deteniéndose en todos los recovecos.

“Percibo ecos de unos cuantos dispositivos de escucha situados en la vecindad.” ¡A quién le podría extrañar! Muy cerca de mi oficina se encuentran la Diputación Foral, la central de la S.P.R.I., la Fundación Sabino Arana, el antiguo despacho de José María Gorordo y otros hotspots relacionados con el batzoki. “Pero tus dominios están despejados, padrino. ¡Nada de nada!”.

Eneko se marcha, dejándome solo con mis barruntos. Doy vueltas arriba y abajo hasta que finalmente tomo asiento en una butaca, descuelgo el teléfono y marco el número de mi amigo el dirigente socialista. Tal vez esto tenga que ver con uno de mis artículos contra el gobierno. Mi interlocutor lo niega tajantemente: “Nuestros servicios de seguridad no vigilan a políticos rivales ni periodistas, sino a gente de nuestro propio entorno. Ahora están todos ocupados espiando a Gotzone Mora y Nicolás Redondo Terreros”.

Solo me queda una alternativa: Juan de Etxano. Asi que hago un telefonazo al baserri, interrumpiendo a su amigo el jubileta Don José en plena catilinaria contra Urkullu al pie de la higuera, junto a la inevitable tabla de quesos. Juan tampoco ha notado ningún movimiento extraño, ni siquiera a raíz de la visita de Arzalluz a Otegi en la prisión de Martutene. La única diferencia con respecto a lo habitual es el número de accesos más elevado que de costumbre registrado por la página web Izaronews como consecuencia de la cobertura informativa en los medios. “Además ten en cuenta” me dice Juan, “que los servicios secretos del PNV solo trabajan en Madrid. En Euskadi jamás espían, porque la más mínima filtración podría ocasionar un escándalo sin precedentes, y no está el partido para bollos”.

En esto mi compañera de trabajo ha entrado en la oficina, llegando a tiempo para escuchar el final de nuestra conversación. Apenas cuelgo va y me dice: “¡Hay que ves con qué gentes te relacionas! ¿Es que no sabes que a ese aldeano lo tienen fichado? Un día te van a poner micrófonos, o pincharán tu correo electrónico?”.

“No me sorprendería que lo hubieran hecho ya”, respondí.

“¡No seas idiota, Igandekoa! ¡No hablaba en serio!” replicó, “¿Es que te crees tan importante como para que te espíen? Hacerlo sería una pérdida de tiempo, pero si a pesar de todo insisten sé cómo te los puedes quitar de encima…”

Quise que me contara cómo. Y ella contestó: “Muy sencillo: invítame a comer otra vez en Sabin Etxea, y verás el cague que les da cuando te vean entrar allí.- Publicado en Izaronews.

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