Der Kabarettist

La carretera de Damasco

Publicado en Uncategorized por igandekoa en 14 Diciembre, 2007

strange-coin.jpgLos libros de Historia refieren una versión estereotipada y banal de los hechos. El caballo, el relámpago, la voz desde lo alto… No es exactamente lo que pasó. Permítan que les cuente la verdad. Ciertamente sucedió en el camino de Damasco, y cayó un rayo. Pasaron cosas extrañas, pero no escuché voces de ningún género. La centella alcanzó a mi montura derribándola con violencia, y dejándome a mí indemne aunque conmocionado. Pensé que había sido un milagro, un aval del designio que me había sido transferido por voluntad de Dios. Después, en la otra vida, averigüé que la mayor parte de los hombres alcanzados por el rayo sobreviven. Mi caballo quedó fulminado, pero yo me salvé porque el bruto iba bien herrado. La chispa atravesó el cuerpo del animal y salió por las pezuñas, siguiendo una vía de menor resistencia que le ofrecía el metal.

Al despertar me vi tendido en el suelo, en medio de una tempestad de polvo, con el cadáver del animal a pocos metros de distancia. Haciendo un gran esfuerzo me incorporé y empecé a caminar, dejando atrás al animal y continuando mi viaje en dirección a Damasco. El corazón me latía con fuerza. Me zumbaban los oídos. Palpé mi cuerpo para asegurarme de que no tenía nada roto, y dí una plamada para convencerme de que el estruendo del rayo no me había dejado sordo.

No recuerdo cuánto anduve. Minutos, horas… De pronto, en medio de la tormenta y la oscuridad de la tarde divisé a lo lejos las luces de una posada. Apreté el paso con renovada energía y llegué a la fonda, que estaba justo al lado de la carretera. Estaba agotado por el esfuerzo, la arena me irritaba los ojos. Tal vez por esto al principio no me di cuenta de lo extraño que era el lugar. He visto muchas posadas en mi larga existencia de viajero, pero no una como aquella: lóbrega, llena de objetos extraños, iluminada por unos bulbos colgados del techo que vertían al interior un fulgor amarillento. Imposible determinar dónde estaban los candiles. Y había música. Sonaba una melodía extraña, un tañido indescriptible y lánguido. Intenté descubrir a los juglares en medio de la penumbra, sin conseguirlo. Tal vez se hallaban ocultos por un mámparo.

Había poca gente en aquel antro: un par de clientes que parecían almas en pena, el encargado y una mujer atendiendo las mesas. Tenían un aspecto extraño, pues iban vestidos no con túnicas a la usanza del mundo helénico, ni con ropajes asiáticos, sino con pantalones y unas extrañas guerreras de color oscuro -incluyendo la mujer- Sus cabellos estaban sueltos, y los hombres se dejaban crecer unas barbas desaliñadas y sucias. ¡Bárbaros! ¡En el camino de Damasco! Me miraron con indiferencia. Por un momento pensé que había muerto en el siniestro y que aquella posada en mitad del desierto era la antesala del Hades –por aquel tiempo yo todavía no era creyente-.

La mujer, llevando en brazos una bandeja con vasos y recipientes, se aproximaba a mí cuando tuvieron lugar los extraños acontecimientos que cambiarían mi vida. El suelo tembló. Se oyó un ruido horrisono procedente del exterior, como el rugido de unas fieras saliendo a la arena del anfiteatro. ¿Acaso era el trueno que me perseguía para reclamar el alma de su derribada víctima? A través de la ventana, a duras penas por el polvo y la negrura del anochecer, pude contemplar un espectáculo delirante: jinetes vestidos con armaduras de cuero y extraños yelmos. Llegaban montados en atroces carruajes, que en vez de tener las ruedas a los lados las tenían en fila. Pero lo más terrorífico de todo, lo que me hizo apartar la mirada del cristal con un gesto de pánico, fue que no pudiera ver las monturas, aquellas bestias invisibles que tiraban de los carros emitiendo unos rugidos tan espantosos.

¿Grifos? ¿La Hidra de Perseo? No tuve tiempo para cavilaciones. Al darme la vuelta advertí que quien estaba a mi lado no era la sirvienta, sino uno de aquellos estrafalarios aurigas, erguido ante mí, tuerto, amenazador, con su guerrera desatacada y chorreante de arena y su único ojo azul traspasándome como una lanza. ¿Cómo había llegado hasta mí tan presto? Si me quedaba alguna duda de que aquello era cosa de los demonios no tardó en desaparecer. El bárbaro me asió de la túnica con descomunal fuerza gritándome, mientras me arrojaba violentamente sobre una mesa cercana:

¡Cabronazo! ¡Madero de mierda! ¡Llevas mucho tiempo siguiéndonos, pero te hemos cazado! ¡Te aplastaré como a un lagarto!”

El propietario de la fonda y la sirvienta habían desaparecido. Probablemente estaban en la cocina, o escondidos debajo del mostrador. Entonces apareció el jefe de aquella espantosa cuadrilla flanqueado por dos esbirros. Después de quitarse el casco hizo una seña al bestia que me había agredido, impidiendo que siguiera adelante con su asesina intención.

“¡Quieto, imbécil, no lo mates: este tío es legal!”. Su voz sonó imperiosa, ejerciendo sobre el cíclope el mismo efecto que la mano de un experimentado domador sobre la rienda de su caballo. “¿Quién sabe? Tal vez quiera unirse a la banda…

Dijo esto último con mal disimulada sorna. Mientras me incorporaba lo pude examinar cuan largo era: alto, delgado, con barba y el cabello largo, examinándome con ojos acerados en los que destellaba una mirada regia, resuelta, pero al mismo tiempo compasiva y algo canalla. Aquel hombre tenía porte señorial, parecía un conductor de hombres, un pastor como los de las Escrituras judías, coronado rey tras haber matado a un gigante con su honda… posiblemente un dios, si de verdad nos hallábamos en el averno.

¡Vaya!” dijo, riendo, con los brazos en jarras, tras haber dejado su yelmo sobre la mesa. “Quién tenemos aquí: el insignificante hombrecillo que ha puesto precio a nuestras cabezas. Ahora estás en nuestras manos. ¿Qué hacemos con él, señores?” Uno de los jinetes, bajito y de hercúleos hombros, se acercó y dijo: “¡Cortarle los huevos!¡Así aprenderá a molestar a unos honrados alborotadores como nosotros!”

¡Mirad qué ropa más ridícula!”, exclamó el tuerto, manoseando mi túnica. “¿Quién es tu sastre, capullo?¿Te has mirado al espejo?”

Entonces recordé quién era. Juntando las pocas fuerzas que me quedaban resolví morir con dignidad, si era preciso, y me enfrenté a ellos: “¡No me pongáis la mano encima, chusma despreciable!” exclamé, con tanta solemnidad como me lo permitieron las circunstancias. “¡Soy un ciudadano del Imperio!”

Fue precisamente aquel gesto lo que me salvó. Por un momento mis atacantes se detuvieron igual que un león ante una víctima resuelta a llevar a cabo un último y desesperado conato de resistencia. Se me quedaron mirando como estatuas. Después se rieron. Algunos hicieron ademán de golpearme, o tal vez algo peor. Pero su jefe los contuvo.

¡Maestro!” dijo el bárbaro bajito y fornido, el que había propuesto cercenar mis partes pudendas. “¡Este tío está como una regadera! ¡Démosle una paliza y echémoslo a la calle”.

¡Cállate, imbécil!” gritó el jefe, irritado. “¡Yo me encargo de él! ¡Sácate una cerveza del arcón y deja ya de joder!” Aquel extraño conductor de hombres me pasó el brazo por detrás de mis hombros y me señaló una mesa que estaba al otro lado de la estancia. “Vamos a charlar un rato, ¿de acuerdo?” dijo, mientras su sirviente se alejaba mirando de reojo. Le ví coger una de las extrañas ánforas de cuello alargado que la sirvienta había colocado sobre el mostrador, y después caminar con ella hasta un extravagante armario que había adosado a la pared, no más alto que la tarima de un escriba. Extrajo una moneda de su bolsillo, la introdujo en el mueble y entonces volvió a sonar la misma música melancólica que había escuchado al entrar en la fonda.

El que llamaban Maestro me habló en estos incomprensibles términos: “Colega: no sé de qué sanatorio te habrás escapado. ¡Ciudadano del Imperio! ¿De qué imperio me estás hablando, joder? Mi padre es un tipo muy influyente en este condado, ¿sabes? Mucho más que todos los césares y napoleones que pueda haber en el puto loquero de donde saliste. Es una gran persona. Yo le quiero, y no solo porque siempre me saca de apuros. Una vez me dejó tirado… Pero tenía sus razones para ello…”

Hizo una pausa mientras observaba cómo sus hombres se apoderaban ansiosos de las botellas. Cada vez que terminaba una de aquellas canciones, el individuo bajo y fornido le daba un golpe al mueble y la moneda salía por un hueco. Acto seguido la volvía a meter y sonaba otra composición de parecido estilo. Asi una y otra vez.“A propósito” me dijo entonces el Maestro, “¿qué marca de cerveza te gusta más?”

No sabía cómo responder y él siguió perorando en su exótica jerga: “¿Qué te gusta beber? Si vas a ser de los míos no me digas que Heineken. ¡Heineken es para maricones! ¿Tal vez Budweiser? Es lo que soplan en la oficina del Fiscal ¡Todos los días una caja entera…!” Entonces me asestó un puñetazo en el estómago, y mientras me inclinaba doblado por el dolor, le oí murmurar: “¡Saulo, Saulo…! ¿Por qué me persigues? ¿Por qué me haces esto, cabrón de mierda…?”

Su voz sonaba angustiada, casi suplicante. Al golpearme se le desplazó la manga y pude ver la cicatriz en su muñeca derecha. Desde hacía algunos minutos yo tenía una idea de quién podía ser aquel tipo, Ahora no me quedaba la menor duda. Estaba totalmente seguro de que debía tener una igual en la otra mano.

Me obligó a sentarme a su lado, y dijo: “Conque ciudadano del Imperio, ¿eh? Entonces nada de cerveza. Lo tuyo es el vino. Pero aquí no tienen. No importa, sé de algo que te gustará.” Levantando la voz en dirección a la mujer, exclamó: “¡Magdalena! ¡Tequila!”

La mujer reapareció con una botella y dos vasos de cristal, pequeños, totalmente transparentes, de un tipo que yo no había visto nunca, y los colocó frente a nosotros. Mientras me servía pude verla bien: morena, de pelo rizado, cuerpo pequeño y ojos insolentes. Parecía griega o chipriota. Cuando llenaba el del Maestro, este le puso la mano en un muslo. La mujer no reaccionó, pero al terminar de verter el líquido dejó la botella sobre la mesa, le apartó la mano y le sacudió con el trapo de limpiar las mesas, levantando una nube de polvo de su guerrera. Luego se marchó como si no hubiera pasado nada, dejándonos la botella.

¡Menudo genio!” exclamó él, riendo, “!Es una auténtica zorra!¡A saber con quién anda ahora! En fín, no nos queda mucho tiempo, asi que hablemos de negocios” Y entonces hizo una seña a sus hombres para que se acercaran, entre ellos el hombre de la moneda, ahora definitivamente en su poder después de haber asestado una furiosa salva de patadas al armario musical. Antes de compadecerme por el pobre músico, recordé que hacía tiempo un sabio de Alejandría llamado Herón había inventado ingeniosos artefactos para crear efectos de luz y sonido en los templos. Los sacerdotes paganos se sirven de ellos para impresionar a la chusma y mantenerla atada a las supersticiones del politeísmo -cada vez con menor efecto, debido a la honda crisis de fe que reina en nuestro tiempo-. Tal vez aquella fuera una de sus máquinas.

Los facinerosos se sentaron en derredor. Bebimos. Aquel líquido transparente abrasaba en la garganta. Al menos en la mía, porque ellos lo tragaban sin mover siquiera las cejas. El tipo bajo y fuerte se puso a jugar con su moneda, haciéndola girar sobre el canto como una peonza, hasta que el Maestro se hartó de la broma y en uno de los lanzamientos se la arrebató.

Basta de hacer el capullo” dijo, dándome la moneda en custodia. Entonces continuó, poniendo su mano sobre mi hombro: “Mirad, caballeros: este tío ha dicho que quiere formar parte de nuestra banda”.

¿Fue la fatiga? ¿O tal vez los vapores de aquel misterioso brebaje, que tiene la rara virtud de subir a la cabeza y refrescar al mismo tiempo? De pronto advertí cómo la escena se iba transfigurando de modo casi imperceptible. No fue un cambio en el entorno, sino en las personas. Hubo un silencio. Poco a poco los rostros de aquellos bárbaros adquirieron una luz especial, un sosiego y un porte de atenta solemnidad como solo había visto en casa de algún noble senador de Roma. La transformación más sobrecogedora estaba teniendo lugar en el cabecilla de aquellos criminales, al que llamaban el Maestro. En vez de responder groseramente a su secuaz se limitó a mirarle, para luego decir, sonriente y calmado:

Sé lo que pensáis. Creedme: la decisión es acertada. Este -señalándome a mí- es Pablo de Tarso (esta vez empleó la versión latina de mi nombre), ciudadano del Imperio, hombre de leyes, un buen judío… Lo voy a mandar a la ciudad para llevar mis asuntos legales y quitarme al sheriff de encima. El nos representará ante la autoridad, y lo hará tan bien que vosotros mismos le votaréis algún día para jefe”.

¡No jodas!”, exclamó el de la moneda, lanzándome uno de sus taimados visajes, “¿De verdad este panoli con sandalias y una sábana tapándole el rabo va a montar un bufete en la capital?”

Más que un bufete, amigo mío” replicó amablemente el Maestro. “¡Hasta una gasolinera, si se lo propone…!”

Dijo esto mientras se levantaba para quitarse la guerrera, y entonces pude apreciar con toda nitidez las cicatrices de los clavos. El debió advertir el gesto de sobrecogimiento a través de mi gesto cansado por la fatiga del camino y los efectos del alcohol, porque me dijo: “Tengo otras iguales en los pies. Me las hicieron los tuyos, pero no os guardo rencor…”

Me obligaron a beber otro vaso, esta vez con amable insistencia. Ahora eran muy atentos. Incluso el rufián de la moneda me dió algunas palmaditas en la espalda. Poco a poco fue apoderándose de mí un letargo que por alguna razón no me resultaba desagradable. Comencé a cabecear sobre la mesa mientras oía a un animado Maestro conversar con sus adláteres sobre los viejos tiempos, cuando él y otros doce bandidos recorrían velozmente el desierto en sus infernales máquinas, burlando a la autoridad, montando broncas en los moteles y despertando la admiración de mujeres y niños. Debió de haber un momento en que me desvanecí por completo…

Al recuperar el conocimiento me encontré tendido en el camino. A poca distancia estaba mi caballo, pastando en un bancal de hierbajos que crecía junto a la senda. Me levanté, rígido por el frio, y miré alrededor. Era una mañana fresca y alegre. El aire estaba tranquilo y en el cielo brillaba el sol. Cogí al caballo por la rienda y le acaricié la testa. Sus crines estaban blanquecinas y algo quemadas por las puntas. ¡El noble bruto había sobrevivido al rayo! ¿O había sido un milagro? Subí a mi montura y continué mi viaje en dirección a Damasco.

No fue un espejismo. Realmente sucedió, porque pude ver sobre el barro del camino los surcos dejados por las ruedas de aquellos misteriosos carros tirados por fieras invisibles. Y también por la moneda, que aun guardaba entre los pliegues de mi túnica. La conservé durante muchos años después de aquel incidente, y más tarde estuvo transitando como reliquia por algunas congregaciones religiosas de Siria.

Si algún sabio la encuentra, en un futuro lejano, se quedará perplejo, porque jamás habrá visto una moneda de tan impecable factura, nada parecida a las que se acuñan en el Imperio: perfectamente redonda y con el borde dentado, con la efigie de un hombre que por su aspecto recuerda a uno de esos guerreros gálatas, indómitos, borrachos y fornicadores, que todavía se pueden ver en los confines del Imperio. Nunca he sabido quién es: ¿un cabecilla, posiblemente un rey?. En la otra cara de la moneda hay un águila que en una de sus garras sostiene un ramo de vid y en la otra un manojo de flechas. Lleva unas misteriosas inscripciones que jamás acerté a descifrar, exceptuando por supuesto las palabras en latín grabadas sobre la testa del águila: “e pluribus unum”.