D e r K a b a r e t t i s t

14 Noviembre, 2007

Los diarios de Flash Gordon

Archivado en: Uncategorized — Patxi Igandekoa @ 3:46 PM

Flash Gordon, tras haber acabado con el régimen dictatorial del malvado Emperador Ming, se encuentra de visita oficial en el reino de Aenoria, donde la Asociación Gay del Planeta Mongo le ha organizado un homenaje en agradecimiento por haberles liberado de la tiranía homófoba del gobierno anterior. Antes de partir desde Arboria, el Príncipe Barin le advierte sobre el peculiar carácter y las excentricidades del mandatario aenoriano, el Príncipe Metrik, joven miope y regordete con calvicie en irreversible estado de consolidación y mentalidad burocrática).

Aenoria, 35 de Eroxx de 11.002

flash.jpgBarin es un tipo fenomenal. Vaya huevos. Me recuerda a aquel presidente español que me condecoró tras la guerra de Irak, ¿cómo se llamaba? Aznar, creo. Debe ser primo de mi colega Miguel Angel, ese que va dando garbeos por el universo con un planetoide artificial llamado Valera. Del Príncipe Barin se puede opinar lo mismo que de Aznar pensaba nuestro presidente George W. Bush: “The man has got cojones”. Jamás podré agradecerle todo lo que ha hecho por mí. Llevamos dos días en este país y salvo por el plasta de Metrik, no parece que la cosa vaya a desquiciarse: se come bien, y las mujeres tienen unas carrocerías impresionantes, como en todos los sitios a los que suelo ir. ¡Esto sí que es raro! En ocasiones tengo la sospecha de que mi vida es una película o un cómic, porque hasta la fecha solo he conocido unas hembras auténticamente de bandera. Mis hados me prohíben encontrarme con esas mujeres de la limpieza, monjas o putorros que al parecer solo existen en los chistes subidos de tono del Dr. Zarkov. El otro día, sin ir más lejos, fui a Mercamongo para comprar una bacalada abisal de esas que tienen tanta fama en la gastronomía autóctona. La pescadera que me atendió llevaba el pelo desgreñado, el mandil salpicado de sangre y en la mano un cuchillo de destazar reptiles marinos que solo de verlo daba cosquillas en el bajo vientre. Pero aun asi, ¡Madre de Dios, cómo estaba la tía! No solo me dio la bacalada a mitad de precio, sino que además escribió su número de teléfono en el ticket de la compra. Por supuesto ni me molesté en llamarla.

Las aenorianas sí que son un espectáculo: verlas pasear por los bulevares cuando cae la tarde, con esas minifaldas y esos escotes, cogidas del brazo de sus maromos o llevando al extremo de una correa una de esas bolas peludas con tres patas que los mongolianos suelen tener como mascotas. Ahora sé por qué Zarkov lleva gafas de sol. ¡Menudas jacas! Además parecen tan accesibles y enrolladas como en la capital del Imperio. Si no fuera por respeto a Dale, ya le habría dado un viaje a más de una.

¿Cómo describir al Príncipe Metrik? El individuo es más raro que un perro verde -expresión que, dicho sea de paso, carace de sentido en Mongo, ya que hay aquí unos bichos que ladran y efectivamente son de color verde-. Parece inofensivo. Ahora sí, su manía por los reglamentos y estándares resulta insoportable. Anoche durante la recepción no hizo más que hablar de especificaciones industriales, control de calidad, rectas de regresión, procesos de mejora continua y la puta campana de Gauss. ¡Menudo rollazo nos metió! Dale se caía ñeque sobre el mantel, y cada vez que le entraban ganas de bostezar se ponía la servilleta delante de la boca para disimular. Empresa nada fácil, ya que el tipo será pelma, pero de tonto no tiene un pelo, y no le quitaba el ojo de encima a mi novia en ningún momento. “Es que no se puede estar tan buena, Dale” le digo yo siempre en plan de broma, y ella me responde: “calla, animalote, que eres tú el que más partido saca de ello.”

He estado hablando con Zarkov acerca de Metrik. A Zarkov no le gusta juzgar a las personas. Para él todo hombre es honorable mientras no se demuestre lo contrario. Está de acuerdo conmigo en que el Príncipe Metrik es algo lelo, y que al igual que los políticos y los funcionarios terráqueos, su nocividad procede no tanto de su mala intención como de que en cualquier momento le se le crucen los cables y pueda cometer alguna gilipollez.

Uno de los puntos de fricción con el derrocado emperador Ming era precisamente esta manía de Metrik por normalizarlo todo: Al tirano le interesaban las homologaciones en la medida en que pudieran aplicarse a tornillos, propulsores antigravitatorios, pistolas de rayos y cosas asi; es decir, control de calidad en ámbitos técnicos relevantes para el poder. Sin embargo, al botarate de Metrik se le fue la olla y empezó a definir estándares para todo, incluso para el protocolo imperial y el harén del déspota. De modo que Ming se mosqueó y lo metió en un campo de prisioneros (ironías del destino, homologado previamente por el propio Metrik). Asi fue como el reino de Aenoria y su despreciable pueblo de burócratas y chupatintas se unió a la rebelión. Acudieron a Mongo City para la batalla final y lo liberaron. Sin embargo, creo yo, no habrían perdido gran cosa dejándolo en el maco.

Hoy por la mañana nos disponíamos a salir de paseo, después de desayunar a toda prisa para evitar que nos cogiera por banda, cuando de repente, ¡zas! ¿quién te crees que aparece por el buffét? Metrik en persona, para saber si estábamos contentos, si nos sentíamos cómodos y todo eso. Llevaba un block de formularios en el que iba apuntando las respuestas. Dijo que era importante para certificar el sistema de hospitalidad palaciega. “¡Joder, ese tío está enfermo!” exclamó Zarkov cuando coincidimos en el WC antes de comer. “¡Tiene hasta un libro de reclamaciones en el sótano de los calabozos!¡No entiendo cómo puede andar con esas gilipolleces perfeccionistas cuando es él quien se certifica a sí mismo! ¡Una cosa sí que te puedo decir, Flash: no son españoles!”. Y dijo esto sacudiéndosela con más énfasis que el acostumbrado. Zarkov posee autoridad en esta materia, puesto que su madre nació en Morón de la Frontera.

Cuando estás con un mandatario normal te invita a ver sus dominios, sus armas, sus trofeos de caza o incluso su harén, como me pasó con un cacique del Subcontinente Cli-Cli que estaba algo volado. Metrik, en cambio, te lleva a visitar su despacho, donde guarda sus dispositivos de calibración, sus polímetros, sus libros de estadística, su rotativa offset particular para formularios y la colección completa de normas MIN (Mongo Industrie-Norm). “No en DVD como los consultores de poca monta, sino en archivadores como Dios manda” dice, con un pícaro guiño. “¡Toda una pared llena de ellos!”

A todo esto Zarkov, el muy sinvergüenza, bajo pretexto de que su madre le llamaba por conferencia intergaláctica, ya había hecho mutis por el foro. Se pasó toda la mañana en un centro comercial de Aenoria, de compras con Dale, examinando minuciosamente desde detrás de sus gafas ahumadas la anatomía de las dependientas mientras ella generaba un caos absoluto en los percheros y los stands de zapatos… y entretanto yo tragándome las soporíferas losas de Metrik. Solo ha habido una situación en la que lo pasara peor: fue hace muchos años, en una conferencia de Al Gore sobre el calentamiento global. El tío no solamente es un pelmazo, sino también un geta integral. Asegura que sus normas MIN constituyen la cúspide de una historia de cinco mil años de burocracia industrial en el planeta Mongo. Pero a mí no me engaña: abrid cualquiera de los tomos y os daréis cuenta de todo lo que ha fusilado de otra colección de normas alemanas muy utilizada en la Tierra.

El pavo me mostró un fragmento de metal plateado de raro diseño, con alerones cortantes, que se mantenía suspendido en el aire merced a un campo antigravitatorio. “Esto”, me explicó, “es una mediana normalizada para la aerovía. Está inspirado en un edificio psicodélico de la Tierra que llaman Museo Guggenheim Bilbao”. A pesar de que les había costado un huevo fabricarla, a Ming no le gustó, porque su escolta de motos volantes manifestaba una rara tendencia a colicionar contra el dispositivo. A resultas de ello numerosos miembros de su guardia resultaron gravemente mutilados -entiéndase: me refiero a los que lograban sobrevivir después de caer sobre los pasos peatonales, a doscientos o trescientos metros por debajo del nivel (también normalizado, por cierto) de la aerovía-.

Metrik es un caso extremo, pero en su país la homologación y los trámites constituyen un vicio nacional tan extendido que ríete de los franceses con sus quesos, o de los griegos a la hora de la siesta. Las normas no solo afectan a productos industriales como tuercas, latas de refresco, sellos de correos y papel, sino también a cosas de lo más impensable como la longitud del césped en los jardines, el color de la ropa interior de señora y hasta las mismas sentencias judiciales, elaboradas en forma de impreso para quitarle al magistrado un trabajo que después se le reintegra de manera desproporcionada en forma de seminarios para la ISO-15000 o evaluaciones de 180 grados.

El gran inconveniente” me explicó, “es que si no hay un recuadro correspondiente al delito tipificado te pueden recurrir la sentencia, y luego se arma un follón tremendo. De todos modos eso resulta preferible a caerse de una aeromotocicleta viendo como tu pierna desciende por separado a cinco metros de distancia, ¿no le parece?”. Al oirle mascullar semejante parida, mostrando sus incisivos como un conejo mientras reía, sentí deseos de propinarle un puntapié en su oficioso culo.

Aquel suplicio se prolongó después de la hora de comer, hasta que vino un chambelán para transmitir un aviso urgente. Una tribu bárbara asentada en las fronteras del reino se había negado a adoptar los nuevos bidones de aluminio estándard para la leche de sus cabras. El Príncipe Metrik, compungido y visiblemente nervioso, se marchó tras haberse disculpado por tener que interrumpir nuestra interesante charla. En aquel momento asuntos más perentorios recababan su atención: hacer frente a una grave crisis nacional que podía significar la guerra con los nómadas, pero que para mí, sin lugar a dudas, supuso un alivio providencial.

Por la noche me sentía cansado y de mala leche. Encontré a Dale sentada frente a la cómoda, cepillándose sus largos y sedosos cabellos negros. “¡Qué mala cara tienes!” me dijo. “¿Te lo has pasado bien con Metrik?”. Fui franco en mi respuesta, y algo sarcástico con nuestro anfitrión, por lo que ella consideró oportuno reprenderme: “No seas duro con él, cariñazo. No es mal tipo. El hombre hace lo que puede por mostrarse amable…”

Sobre todo contigo” le respondí, intentando mostrar mi sonrisa más canallesca y lasciva -algo que decididamente jamás se me dará bien, porque soy un pésimo actor. Tengo menos facultades interpretativas que Tom Cruise en La Guerra de los Mundos-. “Ya me he dado cuenta de cómo te mira el escote”. Tuve que apartarme para esquivar la trayectoria del cepillo, que pasando de largo fue a dar contra un higo chumbo cantarín, arrancándole un chillido de dolor. Dale y yo nos pusimos a pelear sobre la cama. Hicimos unas risas, y lo que vino a continuación no es apto para todos los públicos.

 

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