Pirámides desmanteladas
El difunto Richard P. Feynman escribió en sus ya antológicas “Conferencias sobre Computación” que si un sistema es capaz de describir la configuración de otro, podrá hacer lo mismo que él, simplemente representando las transiciones sucesivas entre los diferentes estados. Poco importa la complejidad del problema y la potencia de cálculo que requiera: una calculadora programable de bolsillo puede hacer lo mismo que un supercomputador Cray T3D. Su programación será más farragosa, sus circuitos se calentarán más, y sobre todo empleará una cantidad de tiempo mucho mayor. Pero al final el problema quedará resuelto. La razón de ello reside en que la calculadora de bolsillo y el superordenador son máquinas similares, que funcionan según los mismos principios fundamentales de tecnología electrónica y de lógica binaria. La única diferencia que existe entre ellas es de tamaño y complejidad.
No sucede lo mismo con el entramado de las relaciones humanas y su evolución en el tiempo, y este es un tema que, aunque profusamente tratado en el segundo libro de David de Ugarte “El poder de las redes sociales”, que será presentado en breve, no acaba de ser plenamente entendido por científicos sociales, políticos, periodistas, y ya no digamos por el público en general. Existe la noción popular de que Internet es tan solo un mero perfeccionamiento de la red telefónica y los medios de masas. Sí, es cierto, con ella podemos hacer cosas que con la televisión y el hilo musical no, como compartir archivos o encargar una programación a medida. A propósito de hackers… No se entiende por qué les conceden todo ese protagonismo. Ya existieron en los primeros tiempos del telégrafo: adolescentes tocapelotas que se encaramaban a los postes de la línea férrea para robar tiempo de transmisión o gastar bromas pesadas a los funcionarios de Correos. ¿Y el ADSL? Oiga, que sé de buena tinta que en los años 50 hubo un invento para distribuir emisiones de radio por la línea telefónica, y que en muchos hogares de Europa Central existía un splitter para separar las dos bandas de frecuencia, de modo que uno pudiera llamar mientras escuchaba el Concierto de Año Nuevo. ¡Exactamente igual que ahora!
¿Nihil novum sub sole, pues? Desde luego que sí: la diferencia entre un sistema de comunicaciones descentralizado y otro distribuido no está en la técnica, sino en la topología: una red distribuída es capaz de describir todos los estados de otra descentralizada, pero no a viceversa. He aquí el punto más interesante de la cuestión, lo que hace que la experiencia social en el siglo XXI sea distinta a la de cualquier otra época de la historia: lo que explica por qué dictadores y gobiernos impopulares se desploman de la noche a la mañana en medio no de un baño de sangre a la vieja usanza revolucionaria, sino aturdidos por un estrépito de cacerolas, exhibiciones multitudinarias de camisetas negras y espectáculos callejeros de clown. Es asi como la nueva democracia se abre camino, ridiculizando al mismo tiempo las marchas multitudinarias de Mussolini y la toma del Palacio de Invierno.
Nada pueden contra ello la policía secreta ni los tecnócratas. Mientras la topología de redes distribuidas subsista, nada volverá a ser lo que fue. Los esclavos ya no quieren acarrear piedras a la tumba de Faraón: prefieren llevárselas y construir con ellas sus propios túmulos. La gran pirámide se ha desmoronado.
El acto de presentación del libro escrito por este polémico gurú de las redes sociales, nacido español en la hermosa tierra de Guipúzcoa y ahora nacional de un espacio caótico y singular de redes distribuidas, en el que se dan cita tanto los milicianos con zapatillas de Otpor como los asesores del General David Petraeus en Fort Leavenworth, tendrá lugar el próximo 10 de septiembre en la Embajada de España en Buenos Aires, en presencia de Rafael Estrella. El autor ha puesto su libro a disposición del dominio público. Desde aquí le deseamos mucho éxito y que no sea más que el comienzo de una larga singladura, como poco digamos para el próximo millón de años.
Hackers con sotana
Según La Vanguardia sendas manos ocultas se han dedicado con denuedo, la una desde Langley (Virginia) y la otra desde la Ciudad Eterna, a modificar enlaces de la Wikipedia que llevaban a contenidos poco convenientes. Los infractores han sido sorprendidos por un avezado hacker norteamericano llamado Virgil Griffith, creador del programa Wikiscanner, que sirve precisamente para eso, para detectar las IP de origen de aquellos vándalos que osen jugar con fuego en las inmediaciones de esta segunda Biblioteca de Alejandría, que a pesar de existir en el ciberespacio, también puede llegar a quemarse.
Para ser justos hay que decir que la C.I.A. y el Vaticano no son los únicos que han intentado manipular la Wikipedia. También lo han hecho empresas, asociaciones, partidos políticos, particulares, sindicatos, hackers, periodistas, estudiantes, jubilados e incluso pacíficas e inofensivas amas de casa. Debo confesar algo de lo que no me siento precisamente orgulloso. Yo mismo la manipulé una vez, más por afán experimentador que con la intención de cerrar filas con la horda de pirómanos. Mi propósito consistía en añadir datos en la biografía del Ministro del Interior: el mundo tiene que estar al tanto de que José Alfredo Pérez Rubalcaba es un apasionado hincha del Real Madrid. Tres veces lo intenté y tres veces lo corrigieron -por alguna razón al responsable del artículo le molestaba que esto fuera conocido-. Pero en ningún caso bloquearon mi IP.
Wikipedia (me van a disculpar que no ponga aquí el enlace: resulta tan trivial que me da vergüenza hacerlo) es un proyecto cooperativo y abierto; por esto mismo resulta difícil establecer cuándo ha habido una manipulación. El riesgo de alteraciones está implícito en la filosofía y las características técnicas del proyecto, el cual se apoya para su éxito sobre un concepto muy impreciso de la responsabilidad colectiva. No es lo mismo que cuando se ataca un sitio web o una red corporativa. Ahí sí se puede hablar de intrusión y manipulación en sentido estricto. Y además está perseguido por la ley.
Respecto a las presuntas hazañas hackeriles de la curia, es preciso mostrar cierto grado de escepticismo dada la naturaleza individual y la temática del suceso: nada menos que un intento de disimular el pasado terrorista de Gerry Adams. Si la IP es la de un ordenador del Vaticano, eso quiere decir que los cambios se hicieron desde allí, pero nada más. Tampoco ha de excluirse la posibilidad de que un pícaro romano, con la ayuda de una tarjeta Wifi, haya pinchado un router inalámbrico de San Pedro desde el otro lado de la frontera.
No es muy plausible que digamos la idea de un Benedicto XVI sentado ante su “Acer Aspire” recién sacado de la caja, con un cardenal al lado explicándole cómo funciona. La diplomacia vaticana trata con jefes de estado, líderes religiosos y ricachos de alto nivel, no con hackers que gestionan enciclopedias de acceso libre desde el garaje de su casa. Además, todo esto de las presuntas manipulaciones en la Wikipedia no es más que una soberana chorrada. Lo importante, antes, ahora y sin duda también en un futuro próximo, es la manipulación de los medios de masas tradicionales, como los periódicos y la TV. – Publicado en Izaronews.
Medio siglo que nunca existió (Después de la Hora Final II)
Carranza miró con expresión huraña por encima del dibujo: ¡nada menos que un hombre caminando sobre la luna, vestido con una escafandra blanca! Detrás de él había una extraña estructura geométrica sostenida por patas metálicas y una bandera norteamericana, y en el cielo, toscamente sombreado con lápiz grueso, una pelota que representaba a la Tierra vista desde el espacio. En la parte inferior del rudimentario cuadro figuraba la fecha de su creación: 20 de julio de 1969. Autora: Moira Miller, una niña de nueve años que vivía en una solitaria granja de Australia. “Todo esto es muy interesante, querida. No cabe duda de que esa mujer, si pudo dibujar algo como esto a esa edad, tiene un talento extraordinario. Habría llegado a ser una artista de primera fila de no haber sido por la guerra atómica. Pero lo que yo quiero saber es cómo esa comunidad de granjeros logró sobrevivir a la radiación en un remoto paraje del desierto australiano”.
“Vic, cariño, déjalo ya, ¿te parece? Acabas de terminar una dura jornada. Ahora descansa y contempla los dibujos. Son fascinantes”. Caroline le puso la mano en el hombro mientras le servía una taza de té. Estaban sentados en la veranda de la casa que ocupaban en el puerto de Melbourne, muy cerca de los muelles de atraque que el Cuerpo Expedicionario del Pacífico utilizaba para desembarcar material. Carranza se relajó. Su esposa tenía razón: los dibujos eran sobrecogedores. “¿Dónde está ella ahora?”, preguntó. Caroline le contó que el Doctor Rogers la había mandado trasladar al hospital de campaña para tratarla.
“Moira Miller, edad: 52 años, nacida en 1960.”, dijo Caroline, examinando la ficha. “Tenía dos años cuando estalló la Breve Guerra. Siempre ha vivido en su pueblo, primero con la madre hasta el fallecimiento de esta en 1974, y después sola. No ha salido jamás de allí. Comenzó a pintar desde muy niña. Tenemos cientos de dibujos muy buenos sobre temas clásicos: paisajes del desierto, canguros y otros animales, bodegones, retratos, etcétera. Pero hay otros con escenas atípicas: catástrofes naturales, grandes multitudes, maquinaria futurista… Según ella están inspirados en sus propias visiones. Ese que estás viendo, por ejemplo, lo compuso tras haber soñado con la escena. Se levantó de la cama para hacerlo mientras aun tuviera todos los detalles frescos en la memoria, incluyendo el nombre del cosmonauta, Niall Armstrong (sic), escrito al lado de la escafandra.”
“El hombre jamás llegó a la Luna”, replicó Carranza. “Rusos y americanos pusieron en órbita cápsulas espaciales, pero en ningún momento se llegó a construir artefactos de este tipo. Parece un dodecaedro de papel como aquellos que hacíamos en la escuela. ¿Qué diablos significará esto: módulo L.E.M.?”
“Echa un vistazo a este otro”, Caroline le mostró una hoja de papel en la que aparecía una muchedumbre, y en medio de ella un individuo de piel oscura blandiendo una pistola contra un automóvil descubierto que llevaba a un hombre vestido de blanco coronado por una tiara. La escena tenía un título: Alí Agka atenta sin éxito contra la vida del Papa polaco Juan Pablo II – 13 de mayo de 1981. Desde que Juan XXIII había muerto en 1962, los Papas fueron elegidos por los católicos de la Ciudad Subterránea. Jamás había habido un pontífice polaco. Ni con ese nombre. Todos habían sido brasileños: León XIV, Pío XIII y el actual Gregorio XVII, el primer Papa negro de la Cristiandad. “Pero el más sorprendente de todos los que hemos encontrado es este, según el Doctor Rogers. Míralo bien”. Era el retrato de un hombre de edad avanzada, sonriente, apuesto y bien peinado, Ronald Reagan, Presidente de los Estados Unidos de América – 4 de noviembre de 1980.
“¿Qué tiene de extraordinario, aparte del hecho de que nunca hubo un presidente norteamericano llamado Ronald Reagan?” quiso saber Carranza.
“Pero sí existió un actor de Hollywood llamado Ronald Reagan; durante la Segunda Guerra Mundial hizo películas de propaganda, y luego una comedia bastante mala de la que fue protagonista principal junto a un chimpancé”.
“¿Cómo has averiguado todo eso?”
“Me lo ha contado mi jefe, el Doctor Rogers, que vio esas películas cuando era joven. El hombre que aparece en el retrato es Ronald Reagan, solo que treinta años más viejo. El Doctor Rogers se quedó patidifuso al verlo. Ten en cuenta que Moira Miller no ha pisado un cine en toda su vida”.
“Tal vez lo sacó de alguna revista antigua y decidió envejecerlo dibujándole unas cuantas arrugas. Los hombres maduros parecen tener últimamente un gran atractivo”.
La mirada de Caroline se volvió escrutadora. Carranza adivinó que su obstinada postura de ir a la contra comenzaba a irritarla: “Aun asi”, replicó ella, “¿cómo averiguó la Señora Miller que ese tal Reagan se había metido en política? Reagan comenzó siendo demócrata, pero después, en las últimas elecciones presidenciales que se celebraron en Estados Unidos, hizo campaña a favor del candidato republicano Richard Nixon. Esto sucedió en 1960, el mismo año en que nació Moira Miller. Tendría que haber sido una niña muy atenta y perspicaz para estar al tanto de todas esas novedades políticas, ¿no te parece?”
Carranza se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Mediante un arriesgado toque de humor, decidió dar sus primeros pasos en el camino de la distensión. “Si tu adorado Doctor Rogers lo dice” concluyó, mostrando una sonrisita encantadoramente vil, ”cierto será. Pero yo creo que con los años le está empezando a fallar la memoria…”
“¡Idiota!” replicó Caroline, propinándole un pellizco en el bien rasurado cogote“ ¡Estás celoso porque me paso el día trabajando con él!”
“Admito que es un hombre inteligente y con mucho mundo, pese a haber pasado casi toda su vida encerrado en la Ciudad Subterránea. Y además se conserva bien para tener casi setenta años. Pero no tanto como yo cuando llegue a su edad…”
“¡Calla, bobo, y mira estos otros dibujos! ¿Qué te parecen?”
Había allí toda una plétora de personajes y acontecimientos ficticios, pero enormemente persuasivos en sus pretensiones de realidad: el Premier Soviético Gorbatcheff (sic), sujeto de aspecto bonachón y vulgar con una mancha oscura en la calva; júbilo multitudinario ante un monumento coronado por la escultura de un carro de caballos, llamado Puerta de Brandenburgo, con motivo de la Unificación de Alemania en octubre de 1990… Y otros muchos: jóvenes chinos enfrentándose inermes a los tanques en una enorme plaza de Pekín, una central nuclear parecida a la británica de Calder Hall –que él conocía por haberla visto en un libro- volando por los aires en Ucrania: y además bailes, competiciones deportivas, playas atestadas de bañistas con sobrepeso y mujeres desprovistas de sujetador, chicas que corrían por un parque llevando ropas ajustadas y unos auriculares estilizados conectados mediante cables a cajitas negras -¿Radios en miniatura?-… y finalmente, dos aviones de pasajeros estrellándose contra unos rascacielos de Nueva York. Este último, indiscutiblemente aterrador, estaba fechado el 11 de septiembre de 2001.
“He aquí los últimos que pintó, hace algunos años, antes de quedar afectada por la artritis”, especificó Caroline exhibiendo dos retratos al carboncillo en cuartillas de papel: la Cancillera Federal Alemana Angela Merckel (sic) –22 de noviembre de 2005- y el Papa alemán Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) – 19 de abril de 2005.
“¡Menudo delirio!” exclamó Carranza ladeando la cabeza, “actores que se meten en política para hacer campaña por el partido contrario, un Papa polaco, seguido de otro alemán…
Vic sintió que su percepción del mundo, basada en hechos concretos y verificables, comenzaba a tambalearse. Tal vez la mujer fuera algo más que una visionaria exaltada. No daba la impresión de padecer anomalías mentales. La Señora Miller era una persona solitaria, pero lúcida y muy centrada, educada en un paraje desértico, pero con un entorno familiar y social típico de la clase media anglosajona. ¿De dónde brotaban aquellas visiones? Desde El Bosco y Leonardo da Vinci no se habían conocido unos alardes de fantasía figurativa semejantes.
Entonces recordó las lecciones de Física que impartía en la Academia del Cuerpo Expedicionario el difunto Profesor Richard P. Feynman (Aquel norteamericano extravagante, aficionado a tocar el bongo y hacer experimentos espectaculares delante de sus alumnos, que había sobrevivido a la guerra por hallarse de vacaciones en Uruguay. Después ayudó a construir la Ciudad Subterránea en un tiempo récord, mientras una nube de radioactividad provocada por la detonación de más de 3.700 cabezas termonucleares se extendía por el planeta): la naturaleza meramente estadística de la asimetría en la flecha del tiempo, una realidad con once dimensiones, universos paralelos…
¿Acaso tenía la Señora Miller el don de captar sucesos de un mundo paralelo? Y siendo asi, de existir otro universo, eso implicaba que todos los acontecimientos, incluyendo la Breve Guerra, son en el fondo contingentes. Podría haberse evitado, salvando la vida a tres mil millones de personas. Aunque en estos momentos tuvieran que vivir en un mundo amenazado por el terrorismo árabe y el cambio climático –otros temas habituales en los dibujos de la Sra. Miller-, la alternativa era preferible. ¿Dónde estuvo el error fatal? ¿En una caja de circuitos defectuosa? ¿En el farol irresponsable de algún hombre de estado? ¿Cómo había comenzado la crisis de Berlín? ¿Quién facilitó armas nucleares a los albaneses?
“¿Y si a pesar de todo todavía estuvieran vivos, en ese universo paralelo?” Carranza se sorprendió a sí mismo subvocalizando, antes de darse cuenta de que su esposa le miraba intrigada por aquel prolongado silencio. Vic dejó las láminas sobre la mesa y dijo, frotándose las cejas: “Querida, perdona mi sarcasmo. Hoy he tenido un día agotador…”
“No pasa nada. ¿Quieres más té?”
De pronto Carranza recordó el motivo de su intriga: aquel grupo de personas aisladas en mitad del desierto australiano, hacía cincuenta años. Muchas decidieron suicidarse tomando las pastillas de cianuro distribuidas por el Gobierno. Pero otras muchas lograron sobrevivir. Debía haber alrededor de quinientos, entre hombres, mujeres y niños. Para aquellos tiempos una cifra significativa: más del uno por ciento de la población mundial.
Carranza hizo un gesto suave de rechazo con la mano, y mientras Caroline volvía a dejar la tetera sobre la mesa, preguntó a su mujer: “Cariño, tú eres Doctora en Medicina. Conoces el organismo humano mejor que yo. La lógica establece que toda esa gente debería estar muerta. Díme, ¿por qué crees que sobrevivieron a la radiación?”
Ella contestó: “No lo sé. Tal vez algo que había en las aguas subterráneas, o un antibiótico natural, o un microclima que impidió la difusión de la radioactividad en la atmósfera del desierto. También es posible que no tenga que ver con la fisiología. A menudo la supervivencia es cuestión de preparación y de voluntad. Sobrevivir no es más que un resultado: lo que cuenta es la predisposición que uno tiene para ello. Nosotros conseguimos sobrevivir porque estábamos preparados y quisimos. Ellos también, y si en ambos casos nos las hemos arreglado para salir adelante, estoy convencida de que en algún lugar del mundo debe haber otras gentes que también lo han logrado.”
Más vacaciones, esta vez en Tarragona

La semana pasada estuve varios días nuevamente de vacaciones en La Mora, un aledaño costero de la ciudad de Tarragona. Se trata de una urbanización turística algo decadente -en sintonía con el resto de una Cataluña que en los últimos tiempos parece estar cayéndose a pedazos-, pero acogedora, tranquila y de ambiente ideal para el que quiera lograr dos fines al parecer incompatibles: disfrutar del Mediterráneo y tener un poco de sosiego. El tipo de gente que acude a este lugar son familias de clase media-baja, que suelen repetir de año en año. A lo largo del tiempo se ha ido creando un entorno sano y acogedor, ideal para todos los públicos, sin discotecas ni algaras.
No me gusta la playa, pero debo reconocer que me ha venido bien, a pesar del calor y de un viaje agotador, sobre todo a la ida. Desde el apartamento hasta la playa hay cinco minutos a pie. Durante las tardes el principal entretenimiento consiste en sentarse en cualquiera de las varias terrazas situadas en el paseo de la playa, y desde allí esperar a que la luz decline con una cerveza puesta encima de la mesa, saturándose del aire del Mediterráneo, contemplando el color del mar: verde turquesa justo por detrás de las olas rompientes, y de una tonalidad oscura e indefinida en el horizonte. Imposible decir si violeta o incluso rojo. Tal vez Homero recordaba haber mirado en la misma dirección y a la misma hora, cuando aun podía ver, al escribir aquella metáfora contradictoria sobre un “mar de color del vino”. O quizás sea cierta aquella teoría según la cual los antiguos no tenían la misma percepción subjetiva del color que nosotros.
En Tarragona ciudad, una impresionante colección de obras arquitectónicas de época romana, algunas de las cuales conservadas en un estado admirable, dando origen a una interesante y malévola reflexión: ¿Cómo es que un acueducto construido hace casi dos milenios aun se mantiene en pie, mientras que el metro de Barcelona no hace ni cinco años que lo terminaron y ya comienza a hundirse?
La explicación es simple: los antiguos no conocían las matemáticas aplicadas ni la ciencia de materiales, lo mismo que los políticos catalanes de hoy no parecen conocer la honestidad. Cuando un ingeniero romano ponía unas piedras encima de otras, incrementaba generosamente las tolerancias en todas las magnitudes para estar seguro de que su obra iba a perdurar. El arquitecto actual se ve obligado a tener en cuenta el coste de fabricación, y para mantenerlo lo más bajo posible lleva el material y la estructura al límite de sus prestaciones físicas, previendo incluso una vida útil en función de los plazos de amortización de la obra indicados por el contable. En tales circunstancias un pequeño error de cálculo puede resultar fatal, y obligar a la demolición anticipada de edificios, puentes y túneles quen costado miles de millones.
El Mediterráneo no es para reflexionar: de eso ya se ha encargado Fernand Braudel. El Mediterráneo es para vivir y sentir: su ambiente, su luminosidad, el carácter de sus gentes, sus paisajes. Para disfrutar contemplando sus bosques, sus monumentos de civilizaciones aun vivas en el presente y los cuerpos suaves de las mujeres paseando por sus playas al atardecer -y a todas horas, ¿por qué no?