Der Kabarettist

Después de la Hora Final

Posted in Uncategorized by igandekoa on 19 Junio, 2007

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“¿Es el hombre que estás buscando?” preguntó Caroline cruzando los brazos y aproximándose a su marido mientras hacía una mueca de disgusto. El Capitán Vincent “Vic” Carranza, del Segundo Cuerpo Expedicionario del Pacífico, respondió: “No hay manera de saberlo con seguridad, querida. Lo único que queda de él es el esqueleto y ese mono de mecánico que llevaba puesto…”

Tras forzar la cerradura el cabo Donizetti había abierto el portón de par en par. La luz del mediodía entró como una cascada descubriendo por primera vez después de cincuenta años una escena que ciertamente tenía poco de convencional. Hasta el momento todos los cadáveres que habían encontrado en la ciudad de Melbourne yacían plácida y decentemente tendidos en sus camas -salvo aquellos ancianos caballeros del Club Pastoral que habían decidido aguardar la hora final sentados junto a una caja de botellas de Jerez, bajo el retrato de la reina Isabel II-. Pero allí, en el cobertizo de Elizabeth Street, estaban viendo un muerto al volante de un Ferrari. Pensándolo bien, aquellos despojos humanos debían ser los de Osborne. Según las últimas transmisiones de la radio australiana, que había dejado de emitir en agosto de 1963, exactamente 50 años atrás, John Osborne, científico de la C.S.I.R.O., experto en Energía Atómica y aficionado a las carreras automovilísticas, había ganado el Grand Prix de Australia en los días anteriores al colapso de Melbourne.

Aquella lonja de Elizabeth Street debía ser el taller donde Osborne guardaba su automóvil, sus herramientas, algunos aparatos de medición -entre ellos dos contadores Geiger- y unos cuantos ejemplares de Science viejos y cubiertos de polvo. Resultaba lógico pensar que quisiera retirarse allí para morir, y que hubiera decidido hacerlo al volante de su Ferrari, pulcra y aristocráticamente levantado sobre bloques de madera para evitar que las ruedas tocaran el suelo. A nadie más le habría dejado tocarlo. Las últimas dudas se disiparon cuando el cabo Donizetti halló, sobre el banco de las herramientas, la prueba final: una placa conmemorativa de su espectacular victoria en el Grand Prix de Australia de 1963.

El cabo Donizetti enfocó con su linterna el asiento del Ferrari, extendió el brazo para coger algo y extrajo de entre las piernas del cadáver un objeto que entregó a Carranza: una de aquellas cajitas de cartón anaranjado con el tubo de plástico transparente en su interior. El tubo estaba vacío. “Observe, capitán” dijo Donizetti: “Se tragó las dos tabletas. Quería estar seguro de que le hacían efecto”.

Aquello resultó demasiado para Caroline Carranza. No por haberse topado una vez más con el ubicuo medicamento -tabletas de cianuro para dejar la existencia decentemente y sin dolor, antes de que los efectos de la radiación hicieran en el organismo estragos como vómitos, diarrea y hemorragias intestinales, que hubiesen resultado intolerables para el espíritu refinado de un inglés-. La práctica totalidad de los habitantes de la ciudad, niños y mascotas inclusive, se habían servido de él. No. Fue más bien la tensión de aquellos últimos días, tras el primer desembarco en Australia desde los ya lejanos tiempos de la guerra, el trabajo incesante, la falta de sueño, la desolación de las calles vacías, el murmullo del viento arrastrando la hojarasca en las aceras, la distante y forzada objetividad de su esposo, el toque de afectación forense con el que Donizetti se dedicaba a inventariar aquellos miles de pequeñas tragedias personales previas al hundimiento de la civilización industrial, precisamente cuando esta parecía estar en su mayor auge, a mediados del siglo XX. Una segunda belle époque tan resplandeciente como falaz, que de la noche a la mañana llegó a su fin, destruida por las fuerzas que ella misma había desencadenado. Caroline se sentía desfallecer, y su marido tuvo que acompañarla hasta la calle en busca de aire fresco.

“Será mejor que vuelvas al campamento” dijo él, pasándole protectoramente el brazo por la espalda. Ella se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano. “Todo va bien, Vic. Solo ha sido un mareo. Enseguida me recuperaré.”

Caroline acababa de llegar a Elizabeth Street desde la vivienda particular de John Osborne. Carranza sabía lo que había visto: el cuerpo de la anciana sobre la cama y un perro tendido sobre la alfombra, velando el sueño de su ama desde hacía medio siglo. Inmediatamente cambió de tema: “¿Viste el documento de la carpeta azul? Curioso, ¿verdad?” Ella asintió.

Al final, los documentos de John Osborne habían demostrado tener un valor muy relativo. Cierto, fue uno de los más reputados expertos en radioactividad de la Commonwealth -o con mayor exactitud: de lo que quedaba de ella en 1963- y sirvió como oficial científico a bordo del submarino nuclear norteamericano Scorpion en su infructuosa y kafkiana búsqueda de supervivientes por las aguas del Hemisferio Norte. Sin embargo, durante las últimas semanas de su vida había dedicado más tiempo a las carreras de automóviles que a la Ciencia. Sus papeles no aportaban gran cosa para la exploración de las latitudes septentrionales, ni para el análisis de zonas contaminadas en Australia. Pero entre ellos había un documento peculiar, procedente del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, escrito a máquina y encuadernado en pastas de color azul marino. Como autor del mismo figuraba un investigador de la Rand Corporation llamado Paul A. Baran. Cómo había llegado a poder de Osborne constituía un misterio.

“Se trata del borrador de un proyecto para construir una red de comunicaciones distribuida”, explicó Caroline. “La idea consistía en lograr que una serie de centros de mando militar pudieran seguir manteniéndose en contacto aunque parte de los nodos de enlace fueran destruidos durante un ataque nuclear”. Carranza y su esposa estaban de acuerdo en que la idea era un disparate. “Aunque llegara a funcionar” dijo ella, sacudiendo la cabeza, “no serviría de gran cosa una vez que la radiación hubiese matado a todas los operadoras”.

“Es verdad” exclamó Carranza, riendo. “Imagínate: ¡todos los teléfonos funcionando… y nadie con fuerzas suficientes para descolgar el auricular!” “Lo sorprendente, cariño” añadió Caroline, tomándole del brazo, “es que no eran teléfonos lo que tenían pensado conectar a la red, sino computadoras”. Vincent la miró escéptico. “¿Computadoras? ¿Esos chismes grandes como armarios que antes de la Guerra se utilizaban para resolver problemas de contabilidad y balística? ¡Venga ya, amor, no me tomes el pelo!”

“Que me aspen si no lo pone allí en letras de molde, Vic.”

“Pero es absurdo… ¿Una red de computadoras capaz de sobrevivir a la bomba atómica? ¡Que idiotez! ¡Habrían empleado mejor su tiempo construyendo refugios!”

“Tienes razón, cielo” respondió ella. “Unir ordenadores en red carece de utilidad. Incluso en aquellos tiempos habría sido un desperdicio de capital y tecnología. Solo las organizaciones grandes podían sacar rentabilidad a una de esas máquinas, con su tremenda potencia de cálculo y una descomunal memoria de ferrita de 16 kilobytes… Bueno, esto no siempre era un problema, como bien sabes. La nómina de algunas empresas de preguerra era tan numerosa como la población de todo el planeta en la actualidad. Hoy una red de ese tipo solo sería útil con teléfonos. Gracias a Dios la amenaza nuclear dejó de existir hace décadas, pero la descentralización ayudaría a crear una sociedad más democrática.”

“¡Computadoras…!” exclamó Carranza, despectivo, encajándose las manos en los bolsillos del overall. “Uf, imposible decir hasta dónde hubiera llegado el procesamiento electrónico de datos de no haber sido por la guerra. ¡Pero seguramente no lo bastante lejos como para que los científicos inconformista como John Osborne encontraran esas estúpidas máquinas más interesantes que los coches de carreras!” – Publicado en Izaronews.

5 comentarios

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  1. martina said, on 20 Junio, 2007 at 4:18 PM

    Patxi, después de leer este último texto, deberías plantearte regalarnos una versión mejorada del Criptonomicón. Zorionak!
    Y aunque no lo escribí en su momento, comparto tu visión del nuevo y arquitectónico Gran Bilbao ;-)

    Por cierto, espero con impaciencia algún nuevo hallazgo entre tus libros: una nueva dedicatoria, otra misteriosa carta…

    Un placer leerte aquí y en Izaro.

  2. mercè said, on 20 Junio, 2007 at 9:54 PM

    Pues espero que esta visión tan catastrofista y escéptica no llegue a ocurrir.
    Por cierto, ¿no seré yo la reina Isabel II del retrato del Club Pastoral? ;)

  3. Patxi Igandekoa said, on 21 Junio, 2007 at 9:15 PM

    Puedes estar tranquila: la Reina Isabel II no es ninguna alusión a tu persona. Sale realmente en la película (On the Beach – Esp.: “La Hora Final”, dir. Stanley Kramer 1959), aunque no en el Club Pastoral, sino en una comandancia de marina.

    Si piensas que mi relato es catastrofista no quiero ni imaginarme cuál será tu opinión sobre la película (suponiendo que aun no la conozcas), ya que se trata de uno de los filmes más tristes y deprimentes de todos los tiempos. La vi por primera vez hace más de treinta años y todavía me quita el sueño por las noches.

    De todos modos me gustaría que la vieras, porque es todo un clásico. Tiene una fotografía en blanco y negro excepcional, interpretaciones antológicas de Gregory Peck, Ava Gardner en un papel inolvidable, y un Anthony Perkins muy diferente al que recuerda el público por su papel en “Psicosis”.

    Realizada sobre una novela del mismo título del escritor inglés Nevil Shute (del cual puede que conozcas otras obras como “Réquiem por una doncella” o “Una ciudad como Alicia”), fue la primera película de tesis contra la bomba atómica. Tanto el libro como el filme influyeron sobre el movimiento pacifista y la protesta antinuclear de los años 60 y 70. Voy a presionar en la Sociedad El Sitio para que la incluyan en el ciclo de cine.

    Esto es algo de lo que poca gente se ha dado cuenta, pero la censura franquista -siguiendo el mal ejemplo de “Mogambo”- tergiversó el doblaje (lo cual se pueden apreciar muy bien poniendo los subtítulos en inglés) en todas las conversaciones de los personajes referentes a las píldoras de cianuro para suicidarse. En la novela también tijereteó a base de bien unos cuantos párrafos sobre el mismo tema.

    No te la pierdas. La tienes en el Corte Inglés por 8,95. Cómpratela: es una inversión que no lamentarás. Y si no la encuentras te puedo mandar una copia.

  4. mercè said, on 24 Junio, 2007 at 2:21 PM

    Intentaré conseguirla. Aunque creo que la vi hace mucho tiempo, no estoy segura del todo.

  5. [...] relato es la secuela de otro escrito en mi bitácora:  Después de la Hora Final) igandekoa @ 6:39 pm Clasificado bajo: [...]


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