Las Manzanas Galantes
Esta leyenda procede de un podcast alemán, y desde que la escuché por primera vez me intriga la cantidad de elementos simbólicos que contiene, y también lo inverosímil de la situación. Si no es la versión alemana de un cuento del Decamerón, tal vez se trate de una sátira política o contra alguna secta religiosa. Dejo su interpretación a la perspicacia del lector, quien quizás encuentre en ella algunos rasgos sorprendentemente actuales. Y en el supuesto de que alguien sepa qué significa, le estaría muy agradecido si me lo hace saber a mí. Resulta que un caballero ciego, casado con una mujer joven y hermosa, vivía constantemente atormentado por los celos y el temor a perderla, hasta el punto de que incluso la encadenaba a la cama para dormir. La esposa estaba enamorada de un estudiante, el cual urdió un astuto plan para hacerse con ella y se lo dio a conocer por medio de una nota escrita. Un día, mientras el matrimonio paseaba por las afueras de la ciudad, la mujer le pidió al ciego que la dejara acercarse hasta un manzano próximo para coger los jugosos frutos que colgaban de sus ramas. El ciego se opuso, sospechando que se trataba de alguna jugarreta de su esposa, pero ella insistió tanto que al final accedió, a condición de que en ningún momento se apartara de su lado.
¿Manzanas? Hallarlas en aquel árbol hubiera sido prodigioso, ya que se trataba de un tilo. Pero el estudiante, que según lo convenido se hallaba encaramado en la copa, remedió con su ingenio lo que la naturaleza no podía entregar actuando contra sus propias leyes, y mientras el ciego sacudía con su bastón las ramas a su alcance, él iba dejando caer algunas de las suculentas manzanas que llevaba en un saco. Diligentemente la mujer las recogía, entregándoselas al celoso marido para dar veracidad al engaño. Cuando los frutos dejaron de caer, la esposa del ciego dijo:
“Esposo mío: quedan algunas allá arriba, las más gordas y apetitosas de todo el manzano, que los golpes de tu bastón no alcanzan a desprender de la rama. Si te parece bien puedo trepar por el árbol para conseguirlas.” El marido al principio se mostró reticente, pero tras una breve reflexión se dio cuenta de que tratándose de un árbol, y encontrándose él de guardia junto al tronco, no había más camino para bajar, y tampoco para subir, en caso de que otro hombre quisiera aprovecharse de la situación. Así que la dejó ir, y ella trepó hasta donde la esperaba el estudiante, quien, merced a su astuto plan, pudo finalmente acceder al cuerpo de la mujer, cosechando asi el fruto de su ingenio y la inversión realizada en la tienda del frutero.
Mientras se hallaban los dos en pleno acto, con el marido debajo, impacientemente apoyado en su bastón, acertó a pasar por aquel camino Nuestro Señor Jesucristo acompañado de San Pedro. Este último, al darse cuenta del libertino lance que la pareja había trabado con un saco de manzanas y un tilo, se quejó vehementemente ante el Salvador y lo rogó que hiciera un milagro, devolviendo la vista al ciego para dar a aquella vergonzosa situación el desenlace que merecía. Jesús se negó, replicando que habían bajado a la Tierra a disfrutar de un paseo, y no a entrometerse en asuntos ajenos. Pero ante la insistencia de San Pedro accedió a la petición. En seguida el ciego recuperó la vista y se dio cuenta de lo que pasaba:
“¡Condenada puta!” exclamó, blandiendo el bastón, “¡Ya sabía yo que me la ibas a jugar! ¡Bajad de ahí, que os voy a moler a palos!”. Sorprendidos en una posición incómoda -también en sentido literal, dadas las circunstancias de su encuentro amoroso-, los adúlteros estuvieron a punto de caer del tilo, pero ella se recompuso rápidamente, contestándole a su cornudo esposo: “Mi dueño y señor. No penséis mal, porque este coito es un sacrificio que me he propuesto hacer a Dios para que os devuelva la vista. Y de que mis plegarias han sido atendidas puede dar fe no solo el que ahora podáis ver, sino también Nuestro Señor Jesucristo, que está ahí de pie sobre ese mismo sendero por el cuan hemos venido. Este joven es en realidad un virtuoso estudiante de Teología de Heidelberg al que trabajo me ha costado persuadir para que tomara parte en la ofrenda. Deberíais estarnos agradecido a los dos, en vez de amenazar con ese garrote.”
El marido se dejó convencer por el argumento, permitió que bajaran del árbol y con lágrimas de gratitud se arrodilló ante ellos, prodigando alabanzas a Dios por aquel milagro, y ofreciéndose incluso a recompensar generosamente al estudiante. Todo ello delante de un Nuestro Señor Jesucristo que se tronchaba de risa y de un San Pedro rojo de cólera. Al ver a su compañero de viaje fuera de sus casillas, el Salvador intentó detenerle, pero era tarde, porque Pedro, tras avanzar con paso resuelto, estaba ya al lado de la mujer agarrándola del brazo y profiriendo amenazas contra ella. La esposa, muerta de miedo, se volvió suplicante hacia su esposo y le dijo: “Señor marido: este hombre está fuera de sí porque habéis recuperado la vista. Yo no os había dicho nada, pero hace un año que me persigue, y sin duda preferiría que os quedárais ciego porque piensa que de este modo le sería más fácil conseguirme. ¡Sacad presto vuestra daga y dadle su merecido al rufián!”
El cornudo, sin meditarlo dos veces, desenfundó su puñal y asestó una estocada en dirección a San Pedro, que de no apartarse habría regresado esa tarde al cielo con algo más que un buen rasguño en la túnica. Tras haberse vuelto hasta donde aguardaba Jesús Nuestro Señor, le dijo a éste, temblando de indignación al pensar en la desfachatez con que la mujer le acusaba de querer aprovecharse de ella: “Ya sé que he sido imprudente, y no quiero que mi cólera interfiera más en esta cuestión. Aplícale tú a esa zorra el castigo que más justo te parezca.”
“¿Castigarla?”, replicó el Salvador, cruzándose de brazos ante el Apóstol y fulminándole con una sonrisa burlona: “¿Has perdido el juicio, Pedro? En primer lugar te metes donde no te llaman. Luego no te das cuenta del peligro que supone una mujer acorralada y abandonada al único recurso de su ingenio. No, Pedro. Por hoy ya hemos tenido suficientes problemas. Aquí no se castiga a nadie. Poca cosa es el pecado de esa mujer comparado con los que yo hube de redimir entregando mi vida en la Cruz. Déjala tranquila: algún día ella se dará cuenta de su falta y suplicará un perdón que graciosamente le será otorgado para mayor gloria de nuestro Padre Celestial. Alabemos al Señor, Pedro, y cada vez que veas un cesto de manzanas no olvides lo que hoy acaba de suceder a cuenta de tu necedad”.- Publicado originalmente en Sarteneko (www.sarteneko.com)
Después de la Hora Final

“¿Es el hombre que estás buscando?” preguntó Caroline cruzando los brazos y aproximándose a su marido mientras hacía una mueca de disgusto. El Capitán Vincent “Vic” Carranza, del Segundo Cuerpo Expedicionario del Pacífico, respondió: “No hay manera de saberlo con seguridad, querida. Lo único que queda de él es el esqueleto y ese mono de mecánico que llevaba puesto…”
Tras forzar la cerradura el cabo Donizetti había abierto el portón de par en par. La luz del mediodía entró como una cascada descubriendo por primera vez después de cincuenta años una escena que ciertamente tenía poco de convencional. Hasta el momento todos los cadáveres que habían encontrado en la ciudad de Melbourne yacían plácida y decentemente tendidos en sus camas -salvo aquellos ancianos caballeros del Club Pastoral que habían decidido aguardar la hora final sentados junto a una caja de botellas de Jerez, bajo el retrato de la reina Isabel II-. Pero allí, en el cobertizo de Elizabeth Street, estaban viendo un muerto al volante de un Ferrari. Pensándolo bien, aquellos despojos humanos debían ser los de Osborne. Según las últimas transmisiones de la radio australiana, que había dejado de emitir en agosto de 1963, exactamente 50 años atrás, John Osborne, científico de la C.S.I.R.O., experto en Energía Atómica y aficionado a las carreras automovilísticas, había ganado el Grand Prix de Australia en los días anteriores al colapso de Melbourne.
Aquella lonja de Elizabeth Street debía ser el taller donde Osborne guardaba su automóvil, sus herramientas, algunos aparatos de medición -entre ellos dos contadores Geiger- y unos cuantos ejemplares de Science viejos y cubiertos de polvo. Resultaba lógico pensar que quisiera retirarse allí para morir, y que hubiera decidido hacerlo al volante de su Ferrari, pulcra y aristocráticamente levantado sobre bloques de madera para evitar que las ruedas tocaran el suelo. A nadie más le habría dejado tocarlo. Las últimas dudas se disiparon cuando el cabo Donizetti halló, sobre el banco de las herramientas, la prueba final: una placa conmemorativa de su espectacular victoria en el Grand Prix de Australia de 1963.
El cabo Donizetti enfocó con su linterna el asiento del Ferrari, extendió el brazo para coger algo y extrajo de entre las piernas del cadáver un objeto que entregó a Carranza: una de aquellas cajitas de cartón anaranjado con el tubo de plástico transparente en su interior. El tubo estaba vacío. “Observe, capitán” dijo Donizetti: “Se tragó las dos tabletas. Quería estar seguro de que le hacían efecto”.
Aquello resultó demasiado para Caroline Carranza. No por haberse topado una vez más con el ubicuo medicamento -tabletas de cianuro para dejar la existencia decentemente y sin dolor, antes de que los efectos de la radiación hicieran en el organismo estragos como vómitos, diarrea y hemorragias intestinales, que hubiesen resultado intolerables para el espíritu refinado de un inglés-. La práctica totalidad de los habitantes de la ciudad, niños y mascotas inclusive, se habían servido de él. No. Fue más bien la tensión de aquellos últimos días, tras el primer desembarco en Australia desde los ya lejanos tiempos de la guerra, el trabajo incesante, la falta de sueño, la desolación de las calles vacías, el murmullo del viento arrastrando la hojarasca en las aceras, la distante y forzada objetividad de su esposo, el toque de afectación forense con el que Donizetti se dedicaba a inventariar aquellos miles de pequeñas tragedias personales previas al hundimiento de la civilización industrial, precisamente cuando esta parecía estar en su mayor auge, a mediados del siglo XX. Una segunda belle époque tan resplandeciente como falaz, que de la noche a la mañana llegó a su fin, destruida por las fuerzas que ella misma había desencadenado. Caroline se sentía desfallecer, y su marido tuvo que acompañarla hasta la calle en busca de aire fresco.
“Será mejor que vuelvas al campamento” dijo él, pasándole protectoramente el brazo por la espalda. Ella se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano. “Todo va bien, Vic. Solo ha sido un mareo. Enseguida me recuperaré.”
Caroline acababa de llegar a Elizabeth Street desde la vivienda particular de John Osborne. Carranza sabía lo que había visto: el cuerpo de la anciana sobre la cama y un perro tendido sobre la alfombra, velando el sueño de su ama desde hacía medio siglo. Inmediatamente cambió de tema: “¿Viste el documento de la carpeta azul? Curioso, ¿verdad?” Ella asintió.
Al final, los documentos de John Osborne habían demostrado tener un valor muy relativo. Cierto, fue uno de los más reputados expertos en radioactividad de la Commonwealth -o con mayor exactitud: de lo que quedaba de ella en 1963- y sirvió como oficial científico a bordo del submarino nuclear norteamericano Scorpion en su infructuosa y kafkiana búsqueda de supervivientes por las aguas del Hemisferio Norte. Sin embargo, durante las últimas semanas de su vida había dedicado más tiempo a las carreras de automóviles que a la Ciencia. Sus papeles no aportaban gran cosa para la exploración de las latitudes septentrionales, ni para el análisis de zonas contaminadas en Australia. Pero entre ellos había un documento peculiar, procedente del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, escrito a máquina y encuadernado en pastas de color azul marino. Como autor del mismo figuraba un investigador de la Rand Corporation llamado Paul A. Baran. Cómo había llegado a poder de Osborne constituía un misterio.
“Se trata del borrador de un proyecto para construir una red de comunicaciones distribuida”, explicó Caroline. “La idea consistía en lograr que una serie de centros de mando militar pudieran seguir manteniéndose en contacto aunque parte de los nodos de enlace fueran destruidos durante un ataque nuclear”. Carranza y su esposa estaban de acuerdo en que la idea era un disparate. “Aunque llegara a funcionar” dijo ella, sacudiendo la cabeza, “no serviría de gran cosa una vez que la radiación hubiese matado a todas los operadoras”.
“Es verdad” exclamó Carranza, riendo. “Imagínate: ¡todos los teléfonos funcionando… y nadie con fuerzas suficientes para descolgar el auricular!” “Lo sorprendente, cariño” añadió Caroline, tomándole del brazo, “es que no eran teléfonos lo que tenían pensado conectar a la red, sino computadoras”. Vincent la miró escéptico. “¿Computadoras? ¿Esos chismes grandes como armarios que antes de la Guerra se utilizaban para resolver problemas de contabilidad y balística? ¡Venga ya, amor, no me tomes el pelo!”
“Que me aspen si no lo pone allí en letras de molde, Vic.”
“Pero es absurdo… ¿Una red de computadoras capaz de sobrevivir a la bomba atómica? ¡Que idiotez! ¡Habrían empleado mejor su tiempo construyendo refugios!”
“Tienes razón, cielo” respondió ella. “Unir ordenadores en red carece de utilidad. Incluso en aquellos tiempos habría sido un desperdicio de capital y tecnología. Solo las organizaciones grandes podían sacar rentabilidad a una de esas máquinas, con su tremenda potencia de cálculo y una descomunal memoria de ferrita de 16 kilobytes… Bueno, esto no siempre era un problema, como bien sabes. La nómina de algunas empresas de preguerra era tan numerosa como la población de todo el planeta en la actualidad. Hoy una red de ese tipo solo sería útil con teléfonos. Gracias a Dios la amenaza nuclear dejó de existir hace décadas, pero la descentralización ayudaría a crear una sociedad más democrática.”
“¡Computadoras…!” exclamó Carranza, despectivo, encajándose las manos en los bolsillos del overall. “Uf, imposible decir hasta dónde hubiera llegado el procesamiento electrónico de datos de no haber sido por la guerra. ¡Pero seguramente no lo bastante lejos como para que los científicos inconformista como John Osborne encontraran esas estúpidas máquinas más interesantes que los coches de carreras!” – Publicado en Izaronews.
Centauros

Las grandes películas son como los cuadros pintados por los grandes maestros: no dejan indiferente al espectador, aunque no entienda de cine, y de alguna manera el lego acierta a distinguir la verdadera obra de arte de los cuatro trazos mal dados por un pintamonas o la farsa de un pretendido genio a lo Andy Warhol. La proyección de “Centauros del Desierto” (The Searchers, 1956), con motivo del cincuentenario cumplido de esta memorable cinta de John Ford en la Sociedad El Sitio de Bilbao tampoco ha dejado que el público se marche sin la impresión que era de esperar. Algunos habían visto la película ya más de diez veces. Un filme de John Ford es algo que jamás se termina de ver.
Un fresco monumental de roles y destinos entretejidos, con el telón de fondo de los grandes cañones, arenales y planicies interminables del Oeste. Personajes no planos, obsesiones atormentadas, juventud incontenible, madurez redimida y sublime. Mundos separados: indios y blancos, hombres y mujeres. Escenas que parecen sacadas de las postales de Norman Rockwell, grandeza en el interior de la cabaña de un colono, una mecedora como retiro dorado, la caballería cortando el paisaje y navegando por océanos de nieve. Si Wagner era la obra de arte total, John Ford puede ser considerado en términos de cine total.
Observen que el Jefe Cicatriz (Henry Brandon -Nacido Heinrich von Kleinbach en Berlín en 1912, fallecido en Los Angeles en 1990) es en muchos sentidos la imagen especular del protagonista, interpretado por un John Wayne que en esta película rindió sin duda los mejores primeros planos de toda su carrera. Otro detalle sorprendente: la relación entre los dos exploradores -Ethan Edwards (John Wayne) y Martin Pawley (Jeffrey Hunter)- que van en busca de la muchacha. ¡Son padre e hijo en la ficción! Dejo a la sagacidad del lector la búsqueda del inconfundible detalle que lo revela.
John Ford en la Sociedad El Sitio
Próximamente será proyectada en la Sociedad El Sitio de Bilbao la película Centauros del Desierto (Orig.: “The Searchers“) dirigida en 1956 por John Ford, más que piedra miliar, auténtico cromlech solitario y monumental en la historia del cine. Si del género Western se ha escrito que, más que inspirarse en la historia la reescribe, de John Ford (Nacido John Martin Feeney en Cape Elizabeth, Maine, 1894 – Fallecido en Palm Desert, California, 1973) se puede decir que rehace el Séptimo Arte con el toque inigualable del genio. Autor de un selecto grupo de películas de antología (La diligencia, Qué verde era mi valle, La pasión de los fuertes, Fort Apache, el hombre tranqulio, Misión de audaces, etc.), su talento procede en última instancia de la rebeldía, más que de una asimilación exitosa de elementos míticos o de una visión del mundo. Injustamente acusado de republicano radical y racista, fue el primero en crear una imagen digna del indio, del negro y de otros personajes marginales hasta entonces desconocidos de la historia norteamericana.
Centauros del Desierto relata la dramática epopeya de un hombre inadaptado en busca de una niña raptada por los comanches. Durante años persigue y es perseguido por una misma obsesión, alimentada por el odio al salvaje al indio, hasta que al final, a punto de lograr su objetivo, alcanza el perdón, redimiéndose a sí mismo. La película muestra a un John Wayne en plenitud y en unos planos inolvidables dignos de Rembrandt, asi como la actuación en el tránsito a su etapa adulta de la única actriz infantil que logró triunfar como adulta en la gran pantalla: Natalia Nikolaievna Zakharenko, nacida en San Francisco en 1938, y trágicamente fallecida en 1981 al caerse al agua desde un yate frente a la costa de California, hoy conocida por el nombre artístico de Natalie Wood.
El acto tendrá lugar el lunes 11 de junio de 2007 a las 19:30 en la Sala de Cultura de Barraincúa (Antiguos Lavaderos Municipales), y será presentado por Juan Carlos Vinuesa, Socio de El Sitio y organizador del ciclo de cinematografía de la Sociedad, y Alfredo Juez, Vicepresidente de El Sitio.
El “Día D”: una obra maestra del engaño bélico
Aunque probablemente haya pasado desapercibido por el efecto de sombra de otras noticias más importantes, hoy se celebra el aniversario del “Día D”. El 6 de junio de 1944 los aliados desembarcaron en Normandía con un despliegue de medios no visto en ninguna otra operación militar de la historia. Comenzaba asi la invasión de Europa, la última etapa de la Segunda Guerra Mundial, que traería consigo la liberación de París y, a los diez meses exactos de haber puesto el pie en tierra, la capitulación incondicional de las tropas alemanas.
El Día D permanece en el recuerdo popular en forma de arquetipos en blanco y negro procedentes de las películas bélicas, con una larga hilera de barcos cañoneando la costa y barcazas vomitando soldados en un asalto incontenible. Pocos saben, no obstante, que aquella fue la operación de engaño y disimulo estratégico más ambiciosa de todos los tiempos. Durante los meses anteriores el mando aliado había estado combatiendo intensamente contra la mente de Hitler, sirviéndose de indicios y maniobras que fortalecieran al dictador nazi en su convicción de que el desembarco de los aliados iba a producirse en el Paso de Calais, donde el Canal de la Mancha se estrecha al máximo, y no en las playas de Normandía, donde efectivamente tuvo lugar. La maniobra de engaño no podía constar de ademanes ostentosos, que inmediatamente habrían levantado sospechas, sino que estaba compuesta por una secuencia de indicios sutiles cuyo propósito consistía en apuntalar de forma indirecta la autenticidad de las presuntas intenciones del Alto Mando Aliado.
Se creó un ejército inexistente, similar a los utilizados contra el Afrika Korps para distorsionar las percepciones estratégicas de Rommel. El FUSAG (First U.S. Army Group) no era, como con frecuencia se lee, un colosal plató cinematográfico con tanques y aviones de cartón-piedra, sino el tráfico ficticio de señales y mensajes generado por un grupo de 200 operadores de radio y telégrafo que se cruzaban órdenes y despachos para simular el estacionamiento masivo de tropas en el sureste de Inglaterra, en inmediata proximidad al Canal de la Mancha. De modo conveniente se permitió el acceso a estas comunicaciones a la red de agentes alemanes que operaba en la Gran Bretaña, y que tras haber sido descubierta era utilizada por los aliados para hacer llegar información falsa al enemigo.
En una operación de intercambio de prisioneros, fingiendo descuido y medidas de seguridad laxas por parte del personal de vigilancia, se hizo pasar a un grupo de oficiales alemanes a través de aeródromos militares y campamentos fuertemente pertrechados con la intención de que observaran un paisaje totalmente militarizado. Armas, vehículos y soldados eran esta vez reales, y los prisioneros informaron de ello nada más llegar a Berlín, sin imaginar que las señales de tráfico y los rótulos de las poblaciones habían sido cambiados para darles la impresión de que se encontraban en el sureste de Inglaterra y no en la región de Cornualles, donde estaban concentradas las tropas que iban a desembarcar en Normandía.
En algunos países neutrales como España y Suíza se agotaron misteriosamente los mapas de la zona del Canal. Corrieron rumores acerca de una invasión inminente en los Balcanes y otra en Noruega, lo cual dificultaba el traslado de tropas alemanas a Francia. A pesar de que Hitler estaba convencido de que el desembarco tendría lugar en Calais, por ser el lugar estratégico más conveniente, todavía sospechaba. ¿Y si los británicos le estaban jugando una treta? Los aliados tuvieron en cuenta estas reservas de última hora, y en un alarde de audacia y perversidad que sirvió para rematar la operación “Quicksilver” (cobertura de propaganda y espionaje para el Día-D), hicieron llegar al enemigo toda la información verídica sobre el desembarco de Normandía -incluyendo fechas y lugares exactos- a través de un intermediario del cual los alemanes sospechaban que se trataba de un agente doble.
Al comenzar el desembarco los alemanes estaban concentrados en torno a Calais y las otras ciudades del Canal, donde perdieron el tiempo mientras aguardaban un ataque principal que jamás habría de producirse. El engaño tuvo éxito e influyó decisivamente sobre la estrategia del Estado Mayor Alemán. Hasta mediados de julio, es decir, seis semanas después, Hitler no abandonó la idea de que Normandía era una maniobra de despiste, y que la verdadera invasión habría de tener lugar finalmente por el Paso de Calais.- Publicado en Izaronews.
Arquitectura con fecha de caducidad

En este nuestro Bilbao, profundamente transformado gracias a la iniciativa de sus planificadores locales, hay dos fuentes de entretenimiento que jamás defraudan: la primera la constituyen los comentarios elogiosos sobre el Museo Guggenheim, vertidos desde fuentes oficiales, con cierto reverbero en la cultura popular, que van desde lo políticamente correcto hasta lo entusiasta, formando un pequeño foro en el que opinan concejales, empresarios, líderes de opinión y periodistas, pero también gente de fuera del establishment, como estudiantes, taxistas y amas de casa.
El otro filón de entretenimiento, mucho más ameno, es la acerada crítica del arquitecto Iñaki Uriarte, quien no se anda con melindres diplomáticos a la hora de señalar los vicios de nuestro urbanismo local, habiendo denunciado secamente excesos como la famosa carrera de bólidos y, cómo no, también ese edificio emblemático, que parece el montón de restos de dos buques colisionados, y que según la propaganda oficial ha hecho de Bilbao una de las ciudades estrella en el cambio del milenio. Sus artículos sobre el tema se pueden consultar en la hemeroteca del Deia. Durante años el público ha estado asistiendo con indiferencia a este cruce de opiniones. Por desgracia para Uriarte, la gente posee una desagradable propensión a ponerse de parte del poder. Por suerte para él, el tiempo le dará la razón.
El arquitecto londinense de origen yugoslavo Deyan Sudjic acaba de publicar un libro titulado “La arquitectura del poder – Cómo los ricos y poderosos dan forma a nuestro mundo” (Ariel 2007), en el que combinando el rigor del periodista especializado con la punzante ironía del cosmopolita escéptico, desentraña los entresijos de una extraordinaria relación histórica de amor-odio, que en el fondo no es sino una triste caricatura de aquella lucha titánica que mantuvieron en el siglo XVI el Papa Julio II y Miguel Angel bajo los andamios de la Capilla Sixtina: por un lado magnates, presidentes, líderes religiosos y dictadores, impulsados por sus manías de grandeza y el temor a la muerte; por otro, un selecto grupo de arquitectos-estrella que se las arreglan para acaparar las adjudicaciones de los proyectos más importantes, y hacen historia decretando el aspecto exterior que ha de tener nuestra moderna civilización urbana.
En las páginas del mencionado libro -cuya lectura recomiendo- Sudjic pasa revista a una serie de personajes (Hitler, Stalin, el Sha de Persia, Juscelino Kubitschek, Saddam Hussein) y a sus arquitectos de cámara (Albert Speer, Boris Iofan, Llewelyn Davies, Oscar Niemeyer, etc.), poniendo al descubierto el mecanismo de un proceso de creación de formas que nada tiene que ver con la arquitectura tradicional, aquella que en tiempos de los antiguos servía para construir edificios genuninamente integrados en la estructura sociocultural de la ciudad. Nos encontramos ante un ensayo demoledor. Si Calatrava no ha demandado al autor es porque todavía no lo ha debido leer. Por cierto, hay bastantes páginas dedicadas al Guggenheim y al “efecto Bilbao”.
Según la historia oficial (sintetizada en esos discursos populistas con los que Iñaki Azkuna gana una elección tras otra, mientras sus adversarios políticos pierden el tiempo redactando dossiers jurídicos sobre viviendas sociales o el matadero de Zorroza) el Museo Guggenheim fue una apuesta de alto riesgo mediante la cual Bilbao consiguió superar la crisis industrial de los años 80. Al menos el propio Azkuna tiene la honestidad de reconocer que por muy listos que fueran los políticos, en el fondo nadie sabía en qué iba a parar todo aquello. Literalmente se estaba dando un salto al vacío. Pero el órdago triunfó, y en pocos años la ciudad se vio inmersa en un proceso acelerado y sinérgico de recuperación urbanística, iniciando una travesía resuelta y autocomplaciente hacia el siglo XXI.
En la menos heroica realidad el perro Puppy y su titánica caseta son todo lo que resta del ambicioso proyecto de Thomas Krens de fundar una franquicia mundial basada en el Museo Guggenheim de Nueva York como casa matriz, y que fracasó por razones de coste, logística y un planteamiento impropiamente mercantil de las artes creativas. Sus crematísticos y banales orígenes no están lo que se dice a la altura del talento de una ciudad que en siglos pasados, cuando el mundo era incomparablemente más grande de lo que es hoy, tejió sus redes comerciales hasta los puertos más alejados del orbe, y con sus ordenanzas de 1737 marcó un hito en la legislación española sobre comercio y letras de cambio. Su futuro tampoco es prometedor que digamos, por mucho que se empeñen los urbanistas a sueldo del municipio, y por más que los catalanes acudan en masa a hacerse fotografías junto a la estatua floral de ese gigantesco can que tanto enfada a Iñaki Uriarte.
Continuando con lo que expone Uriarte -con cuyos artículos disfruté malignamente meses antes de leer el libro de Sudjic- resulta indicado recordar lo que hace algunos años dijo el arquitecto holandés Rem Koolhaas sobre el efecto Bilbao, en una ponencia que yo mismo tuve ocasión de traducir para un congreso. Estos edificios -refiriéndose al Guggenheim- no están hechos para rendir el mismo tipo de servicios a la comunidad que unas termas romanas, una basílica o una lonja medieval. El Guggenheim no existe en la realidad arquitectónica del municipio, sino en un espacio mediático generado para atraer la atención de las masas: no ha sido hecho para desempeñar una función social que contribuya a integrarlo en un entramado de relaciones útiles y necesarias, que es lo que permite que la arquitectura persista a través de las épocas, sino para ser objetivo de las cámaras de televisión, escenario de exposiciones extravagantes (motos, soldados de terracota, curiosidades chinas y cosas asi), y telón de fondo de anuncios publicitarios y alguna que otra película de éxito.
Ahora bien, los espacios mediáticos son efímeros. La gloria del Guggenheim tal vez no dure tanto como el brillo de esas chapas de titanio solícitamente cuidadas por los técnicos de mantenimiento. Bilbao no posee el monopolio del efecto sinérgico y retroalimentador que lleva su nombre, menos aun en una época en la que centenares de ciudades están haciendo planes para levantar edificios emblemáticos a cual más llamativo -léase este interesante artículo sobre la arquitectura de los iconos-. Probablemente la crítica de Koolhaas no es desinteresada, puesto que él mismo forma parte de esa élite de superarquitectos que han hecho carrera poniendo su talento al servicio de la política, y es posible que su opinión fuera distinta de haber sido él el adjudicatario del proyecto. Pero podemos atenernos a la lógica de su argumento.
Y también a las implicaciones del tema, nada triviales, a la vista del aparatoso hábitat arquitectónico generado por el “efecto Bilbao” a las puertas de nuestras propias viviendas: pasarelas del más diverso estilo, una de ellas ligera como la gráfica de una ecuación (Calatrava), la otra con aspecto de cajón (Universidad de Deusto), que vista desde abajo parece un enorme lagarto; rascacielos absurdos (Torres Isozaki), y un centro comercial vulgar a más no poder (Zubiarte). Y a juzgar por el trajín de las grúas no muy lejos de allí, no se puede decir que el espacio mediático de la villa esté aun completo. Pensar que todo esto tiene fecha de caducidad le deja a uno intranquilo. Aun cuando para ese momento las obras estuvieran amortizadas en su totalidad, ¿qué vamos a hacer con todo ese despojo de la era mediática? ¿Cerrarlo como la Expo de Sevilla, como uno de esos estudios de Almería donde antiguamente se rodaban películas del oeste?
Se dirá que las ventajas superan a los inconvenientes, ya que gracias a esta enorme tramoya arquitectónica Bilbao es una ciudad conocida a nivel internacional. Discutir sobre este punto implica llevar las de perder. Y además nos acusarían de tirar piedras sobre nuestro propio tejado. Pero es un hecho incuestionable que el verdadero urbanismo no surge de las ambiciones mediáticas, sino de la reflexión, la previsión, la estrategia a largo plazo y el propósito de solucionar los problemas y satisfacer las necesidades personales, sociales y culturales de la población local. Es por esto que Bilbao sale en películas de James Bond y en la publicidad de las agencias de viajes (por el momento), mientras que Alepo y Timgad, miles de años después de su desaparición, todavía constituyen materia de estudio en las facultades de arquitectura.- Publicado en Izaronews.

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