La industria como tabla de salvación

Podría llamarse milagro económico al boom de los últimos diez años, que ha generado más de cuatro millones de puestos de trabajo y situado a algunas regiones españolas en el promedio de renta de la Unión Europea. Pero en economía los milagros no existen. Al final todo es trazable hasta factores muy concretos: Alemania se recuperó con rapidez porque su capacidad industrial salió intacta de la Segunda Guerra Mundial -no gracias al Plan Marshall, como erroneamente se piensa-, y porque durante los años posteriores mucha gente trabajó de sol a sol a cambio de salarios muy bajos. Mientras la Rusia post-soviética se hundía, la China de Deng Xiao Ping creció al margen del Plan Quinquenal, aplicando medidas liberalizadoras y una política de mano de obra barata. En el caso español la construcción y el auge inmobiliario, a través del gasto público, los multiplicadores de renta e inversión y el incremento del consumo derivado del efecto riqueza a causa de la revalorización de los bienes inmobiliarios, han creado un impulso general que sitúa al país en un horizonte de euforia comparable a otros momentos de la historia reciente, como la dictadura de Primo de Rivera y los años del desarrollismo franquista.
Saltan a la vista los inconvenientes: no se da una modernización real, sino tan solo en el paisaje urbano y en las aspiraciones de la ciudadanía. Se construyen viviendas sociales, polideportivos, palacios de congresos, bloques de oficinas, atracaderos para yates, campos de golf, chalets y estaciones de ferrocarril. No se niega que esto sea un avance: el mazacote de adobe, antecesor del ladrillo, convirtió a Mesopotamia -actual Irak- en cuna de las primeras civilizaciones urbanas. Pero eso sucedió hace cinco mil años. Estamos en el siglo XXI: ¿Qué hay de los intangibles: progreso técnico, productividad, formación y desarrollo? En fín, de todo eso que garantiza la continuidad del bienestar a largo plazo.
La fuente de valor por excelencia sigue siendo la actividad industrial, entendida no solo como fabricación masiva de artefactos y máquinas, sino en un sentido más amplio, que incluye la logística, los sistemas de distribución, ventas y financiación, la ingeniería y finalmente formación y reciclaje. Es la industria la que aporta tanto los productos básicos como todos esos gadgets irritantes que infestan el hogar moderno, para desesperación de las amas de casa y los sufridos padres que no saben qué hacer con todas esas consolas y fuentes de alimentación. La construcción y el turismo son actividades de naturaleza distributiva: dinero que queda inmovilizado o cambia de manos. Es la industria la que aporta las soluciones, la que genera el know-how, crea empleo estable (a pesar de los ciclos de producto cada vez más cortos) y hace brotar la auténtica riqueza a partir de factores de producción primarios como el capital y el trabajo. Con la industria se hace país. Un paseo por cualquier feria internacional sirve para comprobarlo: a los alemanes y japoneses no se les admira por la cantidad de grúas levantadas en Berlín o Tokyo, sino por sus máquinas-herramienta, su ingeniería y sus aparatos de medición.
El ladrillo comienza a mostrar indicios de agotamiento. El reciente desplome de las inmobiliarias en las bolsas resulta harto elocuente. Entretanto los ciudadanos -y lo que es peor, también la clase política- actúan como si esta prosperidad basada en las recalificaciones urbanísticas, el crédito hipotecario y la colocación de andamios fuese a durar eternamente. Tenemos por delante un complejo calendario electoral y es de temer que, como quien asiste a una pelea de gallos, obnubilados por las estridencias de una campaña permanente y la lucha gerrillera entre los partidos, nadie se dé cuenta de la gravedad de la situación hasta que ya sea tarde, con los tipos del BCE al cinco o incluso al seis por ciento y los bancos ejecutando las hipotecas: un escenario para muchos apocalíptico, pero mucho más probable de lo que pensamos.
No se puede seguir perdiendo el tiempo de esta manera. Todo líder político que aspire a hacerse un lugar bajo el sol de aquí a pocos años debería comenzar desde ahora mismo a trazar una política industrial sólida y bien trabajada, que incluya no solo aspectos tecnológicos y de recursos humanos, sino también una revisión completa del sistema de valores e incentivos en el que están basadas tanto la economía como la convivencia social. Tan solo de este modo se puede llegar a paliar el impacto de eso que llaman el “aterrizaje suave”, si es que lo hay.- Publicado originalmente en Izaronews.