Las nuevas interfaces gráficas
La aparición de Windows Vista y Mac OS X está produciendo un salto cualitativo en la cultura visual del usuario. Hace quince diez años la revolución significaba pasar de la línea de comandos a los gestores de ventanas. En el mundo Mac esa revolución había comenzado más de una década antes.
¿Y Linux? ¿Tiene algo comparable a esos interfaces gráficos con transparencias, rotaciones espectaculares, efectos especiales y applets parasitando la pantalla y distrayendo la atención del usuario de los cometidos habituales de su trabajo. Lo tiene: se llama Beryl. He aquí una muestra:
Esto no es una sofisticada estación de trabajo CAD-CAM, sino un ordenador de sobremesa corriente, equipado con una tarjeta aceleradora que no necesita ser de última generación, puesto que Beryl requiere (relativamente) pocos recursos.
Otra muestra de Beryl:
La Mujer en la Luna
Ver a comienzos del siglo XXI una fantasía futurista sobre viajes espaciales realizada en 1929 constituye una experiencia fascinante, sobre todo para los más jóvenes, que no han conocido más que efectos especiales de infografía, imágenes manipuladas por la dykstraflex y, como mucho, los muñecos animados fotograma a fotograma de Ray Harryhausen. La película se llama “La mujer en la luna” (Frau im Mond) y fue dirigida por Fritz Lang sobre un guión realizado por su entonces esposa Thea Von Harbou, que también dio origen a una novela del mismo título.
La mujer en la luna es la última película muda que se rodó en los estudios de la UFA. Por su estética cabe incluirla en la última época del cine expresionista alemán de la República de Weimar, junto a clásicos de culto como “Metropolis”, “Doctor Mabuse” y “Los Nibelungos”. Todos estos filmes se encuentran a la venta -a precios muy asequibles, por cierto- en una colección de películas históricas restauradas por la Fundación Friedrich-Wilhelm Murnau, que mediante el uso respetuoso y sobrio de las tecnologías digitales ha puesto a disposición del público unas versiones deslumbrantes de aquellos legendarios metrajes, que a pesar de haber sido realizados con la mira puesta en criterios principalmente estéticos fueron también rotundos éxitos de taquilla. En mi opinión personal, uno de los aspectos más positivos del trabajo de la Fundación consiste en haber incorporado las partituras originales. Existe por ahí una versión algo antigua de Metrópolis con un acompañamiento, bastante banal, por cierto, de canciones modernas de Freddie Mercury, Pat Benatar y demás; pero verla con la música original compuesta por Gottfried Huppertz realmente marca la diferencia.
Quien se decida a comprarla (no lamentará el desembolso de esos € 14,95, se lo puedo asegurar) comprobará que no se trata de una película de ciencia-ficción sin más, sino de un complejo mosaico de historias y tramas donde se dan cita la ciencia, la fantasía, el conflicto sentimental, la crítica socioeconómica y un grado de lirismo narrativo capaz de transportar al espectador hasta los mismos límites del dolor. La mujer en la luna contiene en embrión lenguajes narrativos y artificios que posteriormente han sido utilizados con éxito en las grandes producciones de Hollywood: la ciencia-ficción dura, el space opera, incluso el recurso de la cuenta atrás, de diez a cero y no al revés, ideado por Fritz Lang para que el público percibiera con más intensidad la aproximación del instante del despegue. Curiosamente, años después, se llegaría a hacer lo mismo en los lanzamientos reales.
Como curiosidad histórica, y para hacernos idea del avanzado concepto estético y científico empleado por los estudios de la UFA, se tiene constancia de que el régimen nacionalsocialista mandó retirar todos los carteles publicitarios, fotografías y maquetas del filme, porque pensó que podía poner en peligro el programa secreto de cohetes y bombas desarrollado por Alemania en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. La película, tras 160 minutos que no se hacen largos, tiene un final impactante y conmovedor, que no quiero comentar por no estropeárselo a quien decida sacrificar la tarde de un domingo viéndola.
Un agujero en la seguridad empresarial: el iPod

Hace un año se presentó la primera demanda contra la empresa Apple a causa de presuntos desperfectos causados por el iPod en el órgano auditivo de los usuarios. La polémica sobre seguridad de producto en este sentido no es nueva, sino que data de hace por lo menos veinte años, cuando también a los primeros walkman (¿alguien se acuerda todavía de las primitivas cassettes vírgenes de óxido de cromo?) se les acusó de deteriorar el oído de los consumidores que los escuchaban a todo volumen. Este tipo de manías contra artículos nuevos o avances de la tecnología (asi como los intentos de sacarles provecho, principalmente a través de la maquinaria de la justicia) contra un nuevo artículo se han venido produciendo a lo largo de toda la era industrial. Recuérdese a los obreros ludditas que destrozaban las máquinas o a los médicos que aseguraban que el ferrocarril asfixiaría a los pasajeros en cuanto superase una velocidad de cuarenta kilómetros por hora, y más próximas a nuestros días, las campañas contra las líneas de alta tensión y las antenas de la telefonía móvil.
Puede que el iPod, uno de los mayores éxitos de venta del recién comenzado milenio, usado con moderación, a un volumen razonable y potenciando los bajos, resulte inofensivo para la Trompa de Eustaquio, pero desde luego plantea riesgos de seguridad informática en las empresas. El iPod no sólo es un reproductor estiloso y molón, sino también una poderosa herramienta: dispone de calendario, agenda de contactos, notas, reloj. Todo esto se puede sincronizar con el ordenador de sobremesa en cuestión de segundos. Gracias a su disco duro de gran capacidad (desde 15 hasta 80 GB, en los modelos recientes) y una conexión de alta velocidad (FireWire o USB 2.0), el iPod puede ser utilizado para instalar software en los ordenadores de la empresa, introducir virus o código maligno en las redes, o sustraer información confidencial. Tales son las conclusiones de un informe realizado en 2004 por la consultora Gartner Inc., especializada en estudios sobre nuevas tecnologías.
En la actualidad la gran empresa dispone de normativas que regulan la forma de vestir de los empleados, pero aun no tiene una política para hacer frente a la amenaza potencial que supone la avalancha de applets que inunda el mercado de pocos años a esta parte. A nadie que tenga acceso a un ordenador, y este, en la empresa moderna, tiende a ser el caso de la mayor parte de los empleados, debería permitírsele llevar el iPod a su puesto de trabajo. Esta prohibición es extensiva a teléfonos móviles, discos duros portátiles, pendrives y cámaras digitales.- Este artículo también se halla publicado en Readonlymode.
Wagner en Youtube
Este es un fragmento de la ópera Parsifal (1882): la entrada de los caballeros del Grial en el legendario castillo de Montsalvat, donde se custodiaba el Cáliz de la Última Cena y la Lanza del legionario Longinos:
Gurnemanz: (a Parsifal) “Du siehst, mein Sohn, zum Raum wird hier die Zeit (Mira, hijo mío: aquí el tiempo se convierte en espacio)”.
Hasta allí no han llegado todavía Indiana Jones ni Lara Croft.
Los milagros no existen

Coincidiendo con unas reflexiones recientes acerca del despegue económico de España y un ciclo de prosperidad que entra en su duodécimo año, al amor del euro, el ladrillo y la externalización masiva de servicios públicos, encontré este párrafo procedente de un libro titulado “Historia de Alemania desde 1945: un balance”. El autor es Alfred Grosser, un politólogo francés que escribe desde el compromiso didáctico con el objeto de tender puentes mediante el conocimiento mutuo entre los dos países que articulan el núcleo de la Unión Europea. El texto constituye una explicación de la política económica de Ludwig Erhard (1897-1977), primer Ministro de Economía de la República Federal de Alemania, a quien se le atribuye haber puesto los cimientos políticos e institucionales de eso que llaman “milagro alemán”.
A los ojos de mucha gente resulta difícilmente aceptable esta amalgama de liberalismo político y liberalismo económico, y el orden que brota del libre mercado parece más próximo a la ley de la jungla que al imperio de la justicia. Pero en 1948/49 las ideas económicas opuestas al pensamiento de Erhard no tenía ninguna posibilidad de imponerse en Alemania. El programa socialdemócrata en materia de política económica aspiraba a estimular la producción mediante el crédito, a reducir la diferencia entre los ingresos, principalmente a través de una reforma de los tipos tributarios y las cotizaciones a la Seguridad Social, y a combatir el desempleo por todos los medios, muy en particular a través de generosas subvenciones estatales. Esta política, que ya había sido introducida por los laboristas en el Reino Unido, implicaba controles de precios, racionamiento y una reglamentación estricta del Comercio Exterior. Sin embargo, Alemania había pasado por quince años de economía planificada, de los cuales los doce primeros habían conducido a la mayor catástrofe de la historia alemana, mientras que en los últimos tres años el racionamiento ni siquiera había sido capaz de suministrar artículos de primera necesidad, y los precios en el mercado negro alcanzaban niveles astronómicos. Además los partidarios de la teoría del pleno empleo eran vulnerables en otro aspecto: ¿no llegaría este sistema a generar rebrotes inflacionarios en un país en el que desde 1923 la palabra “inflación” inspiraba connotaciones de espanto comparables a las de la peste y el cólera?
La política económica alemana favorecía a los más fuertes y dinámicos, los “empresarios”: este término volvió a adquirir su pleno significado etimológico en el mismo momento en el que el estrato socioeconómico al que hacía referencia daba un paso al frente para ponerse una vez más a la vanguardia de la sociedad. Los parados y las víctimas de guerra obtuvieron misérrimos subsidios, mientras los nuevos ricos comenzaban a ostentar un lujo ofensivo. Pero este lujo, ¿privaba a los pobres de unos bienes que habrían podido conseguirse por medio de una política económica distinta? Erhard creía que no. Según él, los incentivos del beneficio constituían el mejor estímulo para la reconstrucción de la economía, si bien con una condición: las facturas de los restaurantes, deducibles de la declaración de impuestos, o la compra de automóviles de lujo con cargo a la cuenta de gastos de las empresas, no habían de suponer más que una mínima parte de los ingresos de la actividad empresarial. Para que el sistema funcionara la mayor parte de los mismos debía destinarse a la reinversión. En otras palabras: el cebo del beneficio adicional y la ambición de poder económico debían ser más fuertes que el deseo de disfrutar de la riqueza.
Esta larga cita sobre la política económica de Erhard nos recuerda que el liberalismo económico, contrariamente a la opinión popular dominante sobre el tema, no es una ideología, sino una fuerza social que ha cambiado el mundo durante la segunda mitad del siglo XX. Sus implicaciones éticas pueden ser discutidas, teorizadas, analizadas, incluso aceptadas o rechazadas con pasión. Pero hay algo de lo que no cabe duda. Sin Ludwig Erhard tendríamos acaso transporte público, serenos y panaderías subvencionadas. No tendríamos automóviles y lunas de miel en las Seychelles para la clase obrera, ni teléfonos móviles, ni un ordenador encima de la mesa.
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