Homenaje al fabulista Samaniego

Subiendo desde el Casco Viejo de Bilbao hacia la Basílica de Begoña, poco antes de llegar al final de las Calzadas de Mallona, uno se encuentra a mano derecha con un barrio de casas antiguas. Llama la atención el elevado número de gatos que hay por todas partes. Originariamente los habitantes del vecindario tenían un grave problema con ratas y ratones. A alguien se le ocurrió que en vez de contratar a un experto en plagas era preferible recurrir a métodos ecológicos, de modo que trajo un par de gatos y los liberó en la calle. Acto seguido presuadió a sus vecinos para que ayudaran a crear condiciones que incentivasen el asentamiento en aquel distrito obrero de otros mininos que vagabundeaban por el municipio.
Todo iba bien, nunca mejor dicho: a pedir de boca, porque las mujeres se encariñaron con los gatos y comenzaron a darles de comer. Entonces el idilio adquirió un carácter parasitario, ya que en poco tiempo aquellos animales, de inveterada naturaleza egoísta y zalamera, se acomodaron a este inesperado estado del bienestar y dejaron de perseguir a los ratones, con lo cual en el vecindario ahora existen dos calamidades: la proliferación de roedores, que viene de antiguo, y el más reciente de una afluencia incontrolada de mininos que no hacen más que haraganear y destrozar los bancales de flores. ¿A que no se imaginaban que un gato pueda llegar a convertirse en un peligro público? Les aseguro que es rigurosamente cierto. Echen si no un vistazo a esta página web sobre temas de jardinería.
Volvamos a nuestra historia. Leonés, el gato más desgarbado y perezoso de la manada, un felino ojeroso y apático al que sus congéneres consideran como su jefe natural, se pasa los días tomando el sol delante de un portal, mientras a pocos metros unos abyectos ratones se dedican a machacar a dentelladas los cables del teléfono. Llega a tal extremo la insolencia de los roedores que a veces incluso se permiten recabar la atención del mandamás mediante chuscos saludos: “Buen día, señor Leonés. ¡Qué! ¿Criando grasas para el invierno? Hace usted bien: gato precavido vale por dos”.
El gatuno gerifalte ni se digna contestar. Contempla con desprecio a los necios roedores, que después de soltar una carcajada han vuelto con ahínco a su destructivo propósito, y tumbándose sobre el cemento estira las patas delanteras, sacando de sus almohadillas unas uñas ya romas por la falta de actividad, mientras piensa: “Esto sí que es vida. Estamos ahora incluso mejor que hace años con nuestro antiguo jefe, el Gran Gato Gon, que un día desapareciera sin dejar rastro… Todo será perfecto el día que esa bola de estiércol de ahí arriba y su hatajo de gatos ultraderechistas me dejen tranquilo”.
En el tejado de la casa tiene su territorio una facción rival de gatos que, por haber sido expulsados de la calle hace algún tiempo, no gozan de las mismas comodidades ni tienen el mismo acceso a los manjares que solícitas amas de casa les sirven encima de escudillas o papeles de periódico. Gallego, cabecilla de los disidentes y único gato con estudios superiores de todo el barrio, mira desde su atalaya con displicencia a Leonés y sus secuaces, Teresita –por cierto la gata con peores pulgas de todo el barrio, de la que algunos ratones supersticiosos dicen que es la reencarnación de un perico que murió electrocutado-, Cántabro -encargado de seguridad y asuntos internos-, Salmantino, Manchego, el otro Gallego, Canario y demás, en ese momento repantigados y lamiéndose las zarpas sobre las aceras de hormigón, buscando sombra para dormir sus inmerecidas siestas, después de copiosa ingesta de zancarrón y sobras de cocido, en una no menos plomiza tarde de verano.
“Esos condenados gatos de allí abajo me tienen harto.”, rebufa, “No los aguanto más. Me dan ganas de poneros a todos a socavar con vuestras zarpas el zócalo de esta chimenea para tirársela encima de sus piojosos lomos”.
“¡Tiene usted razón, jefe! No son buenos gatos, ni cumplen con su deber. Observe a Leonés. El muy pelafustán no acaba de hacer un pacto con esos miserables ratones cuando ya está preparando una alianza de especies con los perros. Todo consorcios contra natura y componendas de hoy para mañana. ¡Hasta dónde vamos a llegar! Si nosotros estuviéramos ahí abajo las cosas funcionarían mejor. Y ni siquiera necesitaríamos esas sobras. Nos bastaría con que nos dejaran cazar ratones, que es lo que ellos no hacen.”
Gallego mira iracundo a su acólito, y después de dar un fuerte bufido se sube a la chimenea, vuelve a bajar, y exclama, mientras se pone a dar paseos arriba y abajo sobre el canalón del desagüe.
“¿Tú qué farfullas, pelotillero del carajo? Señores, os pago para que penséis, no para que estéis todo el rato diciéndome lo que ya sé. Sois una pandilla de incompetentes. Por vuestra culpa se llevaron a la perrera municipal a nuestro antiguo jefe Madrileño. No sé qué hacer con vosotros. ¿Es que a nadie se le ocurre una idea? ¿Queréis sorprenderme haciendo méritos? Pues basta ya de regalarme puros que no fumo, agitad un poco menos las colas y la lengua y algo más más eso que se supone debíais tener entre las orejas. ¡Venga, que hoy es mi cumpleaños! ¡Que alguien me ayude a deshacerme de ese costal de garrapatas de ahí abajo, de ese gato traidor, mentiroso y glotón!”
Entonces alguien dijo: “¡El almacén!”
La voz había llegado desde arriba. Gallego salió con un salto del canalón y trepó hasta la última hilera de tejas. Allí, junto a la caja de la antena, había un gato pequeño y esmirriadete, de ojos desproporcionados como los de un lemur, inquisitivos, astutos, en los brillaba un relámpago de crueldad.
“¿Te conozco, joven?” preguntó Gallego, mirándole fijamente. “¡Explícate!”
“El viejo almacén de ultramarinos.”, dijo el menguado felino con voz mantecosa y rota. “Ya sabe, jefe: hace un par de años saltó por los aires a causa de un escape de gas. ¿Por qué no echamos la culpa a los de abajo? El escándalo sería de campeonato. Leonés se vería obligado a dimitir.”
Gallego contempló al petimetre durante unos instantes, y luego dijo, muy despacio y poniendo cada palabra en el lugar correcto de la frase, como ladrillos en una pared, mientras comenzaba a dar vueltas en torno a la chimenea:
“Buen intento, caballerete, pero no funcionará. Conozco el caso. La versión oficial sostiene que fue un acto vandálico. El juez mandó al talego a un marroquí y dos yonkis que todavía están cumpliendo condena. Pero en realidad el almacén fue dinamitado por sus propios dueños. Lo hicieron muy bien, con hampones traídos de fuera, sin dejar pistas a la policía ni a los inspectores del seguro. Y gracias a ello se embolsaron una buena pasta. Madrileño me lo contó antes de que los canallas de la perrera lo secuestraran. No veo de qué manera podemos utilizar esto contra Leonés”.
“Fíjese en aquellos ratones, jefe” respondió el gato. “Se les da muy bien eso de triturar cables con los dientes. La otra noche provocaron un cortocircuito en el número tres y de milagro no se llegó a quemar la casa. Hallaron el cadáver del maldito roepán completamente calcinado y tieso como un barrote, con la boca atiborrada de hilachas de cobre. Digo yo que con la misma ligereza podrían haberse trincado la manguera de una bombona de butano. Y Leonés parece andar en buenos términos con ellos. Usted mismo ha visto cómo platican y se hacen reverencias unos a otros”.
Gallego, que llevaba algún tiempo dando bordadas como un galeón arrastrado por los alisios, se sentó pensativo en la cornisa.
“El asunto me repugna moralmente. En aquella explosión murieron muchos gatos. Tan solo daría el visto bueno a condición de existir indicios verosímiles, y por supuesto una perspectiva de éxito razonable”.
El desgalichado micifuz, aproximándose con cautela, susurró: “Créame, jefe: se puede hacer. Sé de unas ratas de alcantarilla dispuestas a todo que nos ayudarán, y conozco también a un cuervo muy lenguaraz que podría encargarse de la cobertura informativa…” – Publicado originalmente en Izaronews.
[...] (Aquí puede leerse la primera parte de esta gatuna fábula) igandekoa @ 7:05 pm Clasificado bajo: Política, Relatos, Sociedad, Reflexiones [...]