Cómo contar bien una historia de la Tierra
Siempre que me resulta posible aprovecho las vacaciones para leer algún libro en la línea de mi interés, es decir, la idea de que bajo la apariencia trivial y dada por supuesto de la realidad que nos rodea tienen lugar procesos de gran complejidad, fascinantes y poco conocidos, que no pocas veces desafían a nuestros supuestos de sentido comun y a la sabiduría convencional. Por encima de la línea de flotación lo que se ve es a las marsopas saltando alegremente sobre las olas, pensando tal vez: “¡Caramba, qué bien se nos da esto de sacar a los petroleros del puerto!”. Bajo el agua se encuentran la gran mole del iceberg, los tesoros submarinos y también algunos monstruos.
Uno de estos libros, que me ha sorprendido gratamente, es “La historia de la tierra. Un estudio global de la materia” (McGraw Hill, Colección Divulgación Científica, 1999), de María Jesús Mediavilla Pérez, Doctora en Química y Catedrática de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Manteniendo un equilibrio perfecto entre ciencia profesional y divulgación autorizada, la autora pasa revista a todas las teorías importantes conocidas hasta la fecha sobre formación y desarrollo de nuestro planeta y del sistema solar. Y no lo hace de manera agregativa, sino organizando una serie de materias variadas y de enorme complejidad en un hilo de exposición extraordinariamente diáfano, fácil de seguir incluso para un lector sin conocimientos previos de química. La presencia de fórmulas se reduce al mínimo, y las pocas que hay son de inmediata compresión.
En los primeros capítulos vamos pasando por las etapas primitivas de la creación a través de unos conceptos clave que se explican con brillantez: nucleosíntesis, nebulosas en contracción, acreción de los planetas, calentamiento radiactivo y diferenciación estructural. Su esfuerzo de síntesis se ve complementado por frecuentes reflexiones personales destinadas a poner de relieve aspectos que por lo general no se tienen en cuenta a la hora de exponer los grandes debates en torno a cuestiones como la atmósfera primitiva (si era reductora, a base de metano, agua o amoníaco; o no reductora, con abundancia de CO2, vapor de agua y nitrógeno libre) o el origen de la vida (puntos débiles en las teorías de Oparin, Haldane y Miller).
Se trata por tanto de un libro que a pesar de haber dado a la objetividad científica prioridad absoluta sobre cualquier despliegue de estilo o intención autoafirmativa sigue poseyendo un toque marcadamente personal. No solo está inspirado por un espíritu racionalista sino también por la voluntad de superar el enfrentamiento secular entre dos cosmovisiones culturales de la cual constituyen reflejo fiel las recientes (y absurdas) polémicas entre partidarios y detractores de la evolución biológica en EEUU y otras naciones desarrolladas. El mensaje es claro: haríamos mejor en dirigir nuestro esfuerzo a la investigación científica y no a las batallas ideológicas de antaño. Lo de que si el hombre desciende del mono (algunos opinan que va a él) es una cuestión zanjada por Darwin y por un tribunal norteamericano que le dio la razón en 1925.
Esta obra de la Doctora Mediavilla también transmite una visión muy atinada del hombre actual en un entorno amenazado por el cambio climático y la degradación del medio ambiente, lo cual sirve para rematar su carácter comprometido. “La historia de la tierra” es una lectura muy recomendable, y no me importa romper aquí una lanza o dos, ya que enseña al lego lo que no sabe, al especialista le sirve para poner en perspectiva y sistematizar su conocimiento, y en general demuestra que en el ámbito universitario, gobernado por el afán de destacar, las prisas curriculares y la venta de humo,todavía hay gente capaz de llevar a cabo un esfuerzo pedagógico serio y eficaz.
Homenaje al fabulista Samaniego

Subiendo desde el Casco Viejo de Bilbao hacia la Basílica de Begoña, poco antes de llegar al final de las Calzadas de Mallona, uno se encuentra a mano derecha con un barrio de casas antiguas. Llama la atención el elevado número de gatos que hay por todas partes. Originariamente los habitantes del vecindario tenían un grave problema con ratas y ratones. A alguien se le ocurrió que en vez de contratar a un experto en plagas era preferible recurrir a métodos ecológicos, de modo que trajo un par de gatos y los liberó en la calle. Acto seguido presuadió a sus vecinos para que ayudaran a crear condiciones que incentivasen el asentamiento en aquel distrito obrero de otros mininos que vagabundeaban por el municipio.
Todo iba bien, nunca mejor dicho: a pedir de boca, porque las mujeres se encariñaron con los gatos y comenzaron a darles de comer. Entonces el idilio adquirió un carácter parasitario, ya que en poco tiempo aquellos animales, de inveterada naturaleza egoísta y zalamera, se acomodaron a este inesperado estado del bienestar y dejaron de perseguir a los ratones, con lo cual en el vecindario ahora existen dos calamidades: la proliferación de roedores, que viene de antiguo, y el más reciente de una afluencia incontrolada de mininos que no hacen más que haraganear y destrozar los bancales de flores. ¿A que no se imaginaban que un gato pueda llegar a convertirse en un peligro público? Les aseguro que es rigurosamente cierto. Echen si no un vistazo a esta página web sobre temas de jardinería.
Volvamos a nuestra historia. Leonés, el gato más desgarbado y perezoso de la manada, un felino ojeroso y apático al que sus congéneres consideran como su jefe natural, se pasa los días tomando el sol delante de un portal, mientras a pocos metros unos abyectos ratones se dedican a machacar a dentelladas los cables del teléfono. Llega a tal extremo la insolencia de los roedores que a veces incluso se permiten recabar la atención del mandamás mediante chuscos saludos: “Buen día, señor Leonés. ¡Qué! ¿Criando grasas para el invierno? Hace usted bien: gato precavido vale por dos”.
El gatuno gerifalte ni se digna contestar. Contempla con desprecio a los necios roedores, que después de soltar una carcajada han vuelto con ahínco a su destructivo propósito, y tumbándose sobre el cemento estira las patas delanteras, sacando de sus almohadillas unas uñas ya romas por la falta de actividad, mientras piensa: “Esto sí que es vida. Estamos ahora incluso mejor que hace años con nuestro antiguo jefe, el Gran Gato Gon, que un día desapareciera sin dejar rastro… Todo será perfecto el día que esa bola de estiércol de ahí arriba y su hatajo de gatos ultraderechistas me dejen tranquilo”.
En el tejado de la casa tiene su territorio una facción rival de gatos que, por haber sido expulsados de la calle hace algún tiempo, no gozan de las mismas comodidades ni tienen el mismo acceso a los manjares que solícitas amas de casa les sirven encima de escudillas o papeles de periódico. Gallego, cabecilla de los disidentes y único gato con estudios superiores de todo el barrio, mira desde su atalaya con displicencia a Leonés y sus secuaces, Teresita –por cierto la gata con peores pulgas de todo el barrio, de la que algunos ratones supersticiosos dicen que es la reencarnación de un perico que murió electrocutado-, Cántabro -encargado de seguridad y asuntos internos-, Salmantino, Manchego, el otro Gallego, Canario y demás, en ese momento repantigados y lamiéndose las zarpas sobre las aceras de hormigón, buscando sombra para dormir sus inmerecidas siestas, después de copiosa ingesta de zancarrón y sobras de cocido, en una no menos plomiza tarde de verano.
“Esos condenados gatos de allí abajo me tienen harto.”, rebufa, “No los aguanto más. Me dan ganas de poneros a todos a socavar con vuestras zarpas el zócalo de esta chimenea para tirársela encima de sus piojosos lomos”.
“¡Tiene usted razón, jefe! No son buenos gatos, ni cumplen con su deber. Observe a Leonés. El muy pelafustán no acaba de hacer un pacto con esos miserables ratones cuando ya está preparando una alianza de especies con los perros. Todo consorcios contra natura y componendas de hoy para mañana. ¡Hasta dónde vamos a llegar! Si nosotros estuviéramos ahí abajo las cosas funcionarían mejor. Y ni siquiera necesitaríamos esas sobras. Nos bastaría con que nos dejaran cazar ratones, que es lo que ellos no hacen.”
Gallego mira iracundo a su acólito, y después de dar un fuerte bufido se sube a la chimenea, vuelve a bajar, y exclama, mientras se pone a dar paseos arriba y abajo sobre el canalón del desagüe.
“¿Tú qué farfullas, pelotillero del carajo? Señores, os pago para que penséis, no para que estéis todo el rato diciéndome lo que ya sé. Sois una pandilla de incompetentes. Por vuestra culpa se llevaron a la perrera municipal a nuestro antiguo jefe Madrileño. No sé qué hacer con vosotros. ¿Es que a nadie se le ocurre una idea? ¿Queréis sorprenderme haciendo méritos? Pues basta ya de regalarme puros que no fumo, agitad un poco menos las colas y la lengua y algo más más eso que se supone debíais tener entre las orejas. ¡Venga, que hoy es mi cumpleaños! ¡Que alguien me ayude a deshacerme de ese costal de garrapatas de ahí abajo, de ese gato traidor, mentiroso y glotón!”
Entonces alguien dijo: “¡El almacén!”
La voz había llegado desde arriba. Gallego salió con un salto del canalón y trepó hasta la última hilera de tejas. Allí, junto a la caja de la antena, había un gato pequeño y esmirriadete, de ojos desproporcionados como los de un lemur, inquisitivos, astutos, en los brillaba un relámpago de crueldad.
“¿Te conozco, joven?” preguntó Gallego, mirándole fijamente. “¡Explícate!”
“El viejo almacén de ultramarinos.”, dijo el menguado felino con voz mantecosa y rota. “Ya sabe, jefe: hace un par de años saltó por los aires a causa de un escape de gas. ¿Por qué no echamos la culpa a los de abajo? El escándalo sería de campeonato. Leonés se vería obligado a dimitir.”
Gallego contempló al petimetre durante unos instantes, y luego dijo, muy despacio y poniendo cada palabra en el lugar correcto de la frase, como ladrillos en una pared, mientras comenzaba a dar vueltas en torno a la chimenea:
“Buen intento, caballerete, pero no funcionará. Conozco el caso. La versión oficial sostiene que fue un acto vandálico. El juez mandó al talego a un marroquí y dos yonkis que todavía están cumpliendo condena. Pero en realidad el almacén fue dinamitado por sus propios dueños. Lo hicieron muy bien, con hampones traídos de fuera, sin dejar pistas a la policía ni a los inspectores del seguro. Y gracias a ello se embolsaron una buena pasta. Madrileño me lo contó antes de que los canallas de la perrera lo secuestraran. No veo de qué manera podemos utilizar esto contra Leonés”.
“Fíjese en aquellos ratones, jefe” respondió el gato. “Se les da muy bien eso de triturar cables con los dientes. La otra noche provocaron un cortocircuito en el número tres y de milagro no se llegó a quemar la casa. Hallaron el cadáver del maldito roepán completamente calcinado y tieso como un barrote, con la boca atiborrada de hilachas de cobre. Digo yo que con la misma ligereza podrían haberse trincado la manguera de una bombona de butano. Y Leonés parece andar en buenos términos con ellos. Usted mismo ha visto cómo platican y se hacen reverencias unos a otros”.
Gallego, que llevaba algún tiempo dando bordadas como un galeón arrastrado por los alisios, se sentó pensativo en la cornisa.
“El asunto me repugna moralmente. En aquella explosión murieron muchos gatos. Tan solo daría el visto bueno a condición de existir indicios verosímiles, y por supuesto una perspectiva de éxito razonable”.
El desgalichado micifuz, aproximándose con cautela, susurró: “Créame, jefe: se puede hacer. Sé de unas ratas de alcantarilla dispuestas a todo que nos ayudarán, y conozco también a un cuervo muy lenguaraz que podría encargarse de la cobertura informativa…” – Publicado originalmente en Izaronews.
El ginecólogo supersónico
La historia real casi nunca suele ser la que nos cuentan en los libros, y del cine mejor ni hablar. ¿Quién no recuerda esta película dirigida en 1983 por Philip Kaufman, que obtuvo cuatro oscars y cuatro nominaciones? Aunque el filme narra la vida y peripecias de los astronatutas seleccionados para el Proyecto Mercury, la historia comienza el 14 de octubre de 1947, fecha en la que según la crónica oficial un aeroplano experimental X1 pilotado por el Mayor Charles E. Yeager logró romper la barrera del sonido por primera vez en la historia de la aviación.
Un ginecólogo alemán, el Dr. Hans Guido Mutke (Neisse -actual Polonia- 1921 – Munich 2004), reclamó el honor de haber volado a una velocidad superior a la del sonido más de dos años antes, cuando el 9 de abril de 1945, sobre los cielos de Innsbruck (Austria), se vió obligado a realizar un descenso para ayudar a un compañero de escuadrilla que estaba sufriendo el ataque de un Mustang de la Fuerza Aerea Norteamericana. El avión de Mutke era un Messerschmidt Me262, uno de aquellos primeros cazas a reacción que formaban parte del arsenal de armas secretas de Hitler y que, de acuerdo con otra versión “enlatada” de la historia oficial, no llegaron a tiempo para inclinar la balanza del destino en favor del eje.
En su relato Mutke describe con toda precisión los fenómenos físicos y mecánicos asociados a la ruptura de la barrera del sonido: vibración de las superficies portantes, seguidos de un breve período en el que alerones y flaps ya no ejercen ningún control sobre la máquina; extinción momentánea del motor y, finalmente, una vez superada la velocidad crítica, recuperación total del control. El no pretendía haber sido el primero. Esta era una de las potencialidades técnicas menos conocidas del nuevo avión. Durante el invierno de 1944-194, no menos de cinco aviadores nazis murieron al estrellarse sus aviones (todos ellos pertenecientes a la variante JG67-A del Me262) en circunstancias no aclaradas, posiblemente por haber perdido el control de los aparatos en el umbral de la barrera del sonido. Que el hecho era conocido lo prueba la rigurosidad de algunas normas impuestas respecto al manejo del avión: en ningún caso el piloto debía rebasar los ¡950 km/h!Teniendo esto en cuenta, tal vez sería más adecuado considerar al “piloto desconocido” como el primer hombre que logró superar la barrera del sonido. No creo que Philip Kaufman lo tenga en cuenta a la hora de hacer una versión remasterizada de su película. Ni qué decir tiene que los méritos del Dr. Mutke han sido puestos en tela de juicio. No existe ninguna prueba de que realmente lo consiguiera.

Pero, ¿hay algo de verosímil en todo este caso? Explorando la web he podido hallar un documento bastante curioso: el manual de instrucciones del Messerschmidt Me262. Por lo que se ve, el avión era tan nuevo, y el final de la contienda sobrevino con tanta celeridad, que la Luftwaffe ni siquiera tuvo tiempo de redactar uno propio. Fueron los norteamericanos quienes se encargaron de ello durante las pruebas que se hicieron en el desierto del Mojave con los aparatos requisados al enemigo, a finales de 1945 y comienzos de 1946.
Este párrafo, justo al comienzo de la página 12, llama la atención de modo particular:
Con velocidades de entre 950 y 1.000 km/h (590 – 620 millas por hora) el flujo de aire en torno al avión alcanza la velocidad del sonido, y según los informes las superficies de control ya no sirven para mantener la dirección del vuelo. El resultado suele variar en los diferentes aviones, asi como dependiendo de si se vuela boca abajo o haciendo picados en menor o mayor ángulo. Asimismo se ha informado de que una vez superada la velocidad del sonido esta situación desaparece y se recupera por completo el control del vuelo.
La edición definitiva de este folleto está fechada el 15 de julio de 1946, un año y tres meses antes del histórico vuelo de Yeager.
El propio Mutke, que ejerció como ginecólogo después de la Segunda Guerra Mundial, se encarga de facilitar un pintoresco símil basado en su profesión. Romper la barrera del sonido, delante de los periodistas y las cámaras, es como cuando la joven pareja consuma su matrimonio en la noche de bodas. ¿Quién se cree que esta es la primera vez? Lo más probable es que la mujer hubiera perdido su virginidad mucho antes. Con los vuelos supersónicos sucede lo mismo. La proeza de Chuck Yeager en su alcoba, posteriormente narrada por las crónicas de sociedad, ya la había conseguido Mutke, e incluso otros antes que él, sin que llegara a constituir siquiera material de confesionario.
El mal gusto y el candor del Dr. Mutke, típicamente alemanes, quedan demostrados por lo que fue su última voluntad: donar su cuerpo al polémico anatomista y plastinador de cadáveres Gunther von Hagens.
Cómo descargar sin problemas el DVD de Knoppix 5.1.0 en español
es una distribución de Linux muy popular, debido a la seguridad de su uso y al gran número de herramientas de que dispone para trabajos de informática forense y auditoría. Con una arranque impecable y un consumo de recursos moderado, es capaz de reconocer la mayor parte del hardware habitual. Detecta y configura correctamente incluso dispositivos que normalmente uno se las ve y se las desea para conseguir que funcionen bajo Windows u otras distribuciones de corte corporativo (SuSE, Fedora, Red Hat), como por ejemplo cámaras digitales o pendrives con interfaz USB 2.0. Knoppix también está disponible en español, gracias a la labor inestimable de Víctor Alonso. Con la distribución castellanizada no es necesario configurar el teclado ni el idioma después del arranque.
Existe sin embargo un problema con la versión más reciente de Knoppix, la 5.0.1. Al parecer nadie es capaz de descargársela por los procedimientos de costumbre. Desde Windows lo único que se consigue es una imagen ISO mutilada de 62 megas. A través de Linux, con Mozilla o Firefox, se ve un tamaño más grande, pero tampoco completo, y con frecuencia la operación de descarga termina abortando. Este inconveniente existe también con la versión 5.0.1 no castellanizada, pero no con las versiones anteriores a esta y tampoco con ninguna de las imágenes de los CDs.
Al parecer, los navegadores actuales no están preparados para gestionar descargas tan voluminosas. Estamos hablando de un archivo de tamaño colosal, 4,3 GB, casi al límite de capacidad de un DVD grabable. Para conseguir Knoppix es necesario actuar fuera del interfaz gráfico y a bajo nivel, utilizando el comando ftp en una consola o en una ventana DOS. No es difícil. En primer lugar, busquemos un servidor adecuado; cualquiera de los que aparece en las ventanas que muestran las propiedades de las ISO que queremos descargar servirá. Por ejemplo, cdlibre.org, el sitio de Bartolomé Sintes Marco, profesor de Informática del Instituto de Educación Secundaria “Abastos” de Valencia, que gestion un enorme almacén de software gratuito en un servidor del Instituto de Robótica de la Universidad de Valencia. Allá vamos:

patxi@linux:~> ftp www.cdlibre.org
La respuesta:
Connected to cdlibre.org.
220 Bienvenido al servicio de FTP del Instituto de Robotica
Name (cdlibre.org:patxi):
Nos anunciamos como ‘anonymous’, y cuando nos pide la contraseña volvemos a escribir ‘anonymous’. Al teclear no veremos nada, pero es normal. Las contraseñas están enmascaradas y no aparecen en pantalla. Pero si se ha hecho bien, lo siguiente que se recibe es esto:
230 Login successful.
Remote system type is UNIX.
Using binary mode to transfer files.
ftp>
A continuación examinamos el directorio raíz:
ftp> dir
229 Entering Extended Passive Mode (|||43017|)
150 Here comes the directory listing.
dr-xr-xr-x 11 ftp ftp 4096 Jun 07 07:58 dist
drwx—— 2 ftp ftp 16384 Jan 13 2006 lost+found
drwxr-xr-x 4 ftp ftp 4096 Nov 14 08:51 mirror
drwxr-xr-x 10ftp ftp 4096 Nov 10 17:05 pub
226 Directory send OK.
Bajamos hasta la zona de acceso público y pasamos lista a su contenido:
ftp> cd pub
250 Directory successfully changed.
ftp> dir
229 Entering Extended Passive Mode (|||63501|)
150 Here comes the directory listing.
drwxr-xr-x 2 ftp ftp 4096 Jul 12 11:23 BitCAD
dr-xr-xr-x 2 ftp ftp 4096 Jul 10 12:04 KNOPPIX
dr-xr-xr-x 2 ftp ftp 4096 Feb 06 2006 PAA-0484
dr-xr-xr-x 2 ftp ftp 4096 Sep 23 2004 PythonCD
dr-xr-xr-x 2 ftp ftp 4096 Jan 20 2006 REVIRO
dr-xr-xr-x 2 ftp ftp 4096 Feb 09 2006 autismo
dr-xr-xr-x 2 ftp ftp 4096 Nov 20 08:48 cdlibre
dr-xr-xr-x 2 ftp ftp 4096 Mar 14 2006 resumen
226 Directory send OK.
Y finalmente pasamos al directorio KNOPPIX (¡Cuidado: el servidor FTP está alojado en un host UNIX y sabe distinguir entre mayúsculas y minúsculas!) Una vez más examinamos el contenido del directorio:
ftp> cd KNOPPIX
250 Directory successfully changed.
ftp> dir
229 Entering Extended Passive Mode (|||40933|)
150 Here comes the directory listing.
-r–r–r– 1 ftp ftp 731269120 Jun 08 08:39 KNOPPIX_V5.0.1CD-ES-2006-06-06.iso
-r–r–r– 1 ftp ftp 69 Jun 08 07:46 KNOPPIX_V5.0.1CD-ES-2006-06-06.iso.md5
-r–r–r– 1 ftp ftp 4075 Jun 08 07:46 KNOPPIX_V5.0.1CD-ES-2006-06-06.leeme.txt
-r–r–r– 1 ftp ftp 4360962048 Jul 10 11:59 KNOPPIX_V5.0.1DVD-ES-2006-07-04.iso
-r–r–r– 1 ftp ftp 70 Jul 10 06:41 KNOPPIX_V5.0.1DVD-ES-2006-07-04.iso.md5
-r–r–r– 1 ftp ftp 4112 Jul 10 06:41 KNOPPIX_V5.0.1DVD-ES-2006-07-04.leeme.txt
226 Directory send OK.
Ya lo tenemos. En el mismo directorio se encuentra también el archivo y md5 correspondiente, que podemos utilizar después para comprobar la integirdad de la imagen ISO descargada. Para terminar:
ftp> get KNOPPIX_V5.0.1DVD-ES-2006-07-04.iso
Esta última etapa hay que planificarla con tiempo. Con el ADSL de Telefónica y un ancho de banda de 1 Mbit tarda alrededor de 11 horas en bajar. Una vez en el ordenador, la imagen se pasa a un DVD con cualquier programa de grabación y listo.

He probado este método desde Linux, pero posiblemente funcionará también con Windows XP (Agradecería cualquier comentario de alguien que lo haya intentado), ya que el FTP es capaz de mostrar el verdadero tamaño del archivo.