El componente identitario
Recientemente he estado navegando por una página web llamada “Las Indias Electrónicas” (www.lasindias.com) en la que se aborda el ambicioso objetivo de analizar redes sociales a partir de información pública procedente de Internet y otros medios. Las Indias es un proyecto colectivo en torno a un grupo de jóvenes pensadores que a través de una constelación de páginas personales, moleskines y bitácoras, aspiran al noble fin de publicitar ideas innovadoras sobre redes y estilos de vida.
Por fin un soplo de aire fresco en la blogosfera. Ya estábamos hastiados de tanto foro de opinión mercenario al servicio de los partidos políticos, donde uno pasa el tiempo haciendo propaganda de ideas estereotipadas, rindiendo patéticos homenajes a la Constitución o la II República, injuriando a tal o cual personaje de izquierdas, de derechas o de los nacionalismos periféricos, o donde los reporteros de copia y pega contienden unos contra otros para demostrar quién es el más soez, como los dos mendigos de aquella fábula en la que una dama les tomaba el pelo asegurándoles que se casaría con el más impresentable de los dos. Las “Indias”, por el contrario, se dedica a debatir sana y civilizadamente sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la vida social del siglo XXI.
He aquí la tesis general: en nuestra época los sistemas de organización centralizados (un nodo principal y muchos clientes) y descentralizados (muchos nodos centrales, cada uno con su corte de clientes, sin duda la situación de caciquismo tecnológico en la que nos encontramos ahora) están dejando paso a arquitecturas distribuidas (imposible distinguir entre nodos y clientes), cuyo modelo inevitable de referencia es la actual red Internet.
Hoy todo está organizado en forma de red: empresas, instituciones, cultos religiosos, mercados… La misma nación se distribuye, privada de sus atribuciones de poder estatal por compromisos europeos o de seguridad colectiva. Los cambios que experimenta la sociedad actual, aparentemente secuestrada por una serie de procesos caóticos que han escapado a nuestro control, tienen mucho que ver con la transición desde modelos jerárquicos y centralizados a estructuras distribuidas en todos los ámbitos de la existencia humana.
La gente de las Indias también produce documentos y organiza diversas actividades culturales, como conferencias, seminarios, presentaciones de libros, etc. Por no hablar de su incesante actividad como redactores en la blogosfera. También han apoyado la cruzada de Juan Alberto Belloch en favor de Linux y el software libre, y le ayudaron a preparar su campaña en las elecciones municipales de Zaragoza del 2003.
Las Indias es muy fértil en ideas innovadoras, tal vez demasiado. Se ven árboles por doquier, pero no el bosque. Algunos de los planteamientos son demasiado audaces: la tesis de David de Ugarte según la cual el 11-M fue el primer atentado de un nuevo tipo, basado en redes terroristas distribuidas y hacking de un servicio público de utilización masiva (los trenes de cercanías de Madrid) resulta excesiva. Las únicas pruebas de que dispone son sermones de la mezquita de la M-30 y un trabajo de campo no exento de riesgos: inspección de antros de phreaking magrebí donde se liberan teléfonos móviles. El peligro consiste en toparse con Jaime Ignacio del Burgo, que todavía anda buscando a esos misteriosos personajes de aspecto caucásico que entraron a un locutorio similar hablando un idioma extraño, como búlgaro, checo, o probablemente euskera.
Una de las aportaciones más interesantes de las Indias Electrónicas es la idea de que una red no se define tanto por su implementación técnica y sus protocolos como por una identidad compartida. Una comunidad surge no solo para perseguir un propósito determinado, sino porque sus miembros se ven a sí mismos como parte de algo más amplio con entidad y características propias, algo que va más allá de la funcionalidad y no puede ser expresado en términos de mero utilitarismo societario.
Es esta conciencia lo que da a la red su razón de ser. Sin ella, tarde o temprano, quienes la componen dejarían de contactar y terminarían dirigiendo su atención a otras comunidades virtuales, o a entretenimientos varios. La red se disolvería en el ciberespacio como un bloque de sal gema en el agua de un río.
Lo dicho también es válido para organizaciones o grupos de cualquier tipo. Cuando yo estudiaba alemán, hace años, la clase no se mantenía unida tan solo por el horario o el programa de estudios. Eramos pocos en el aula. Había un “esprit de corps” que consistía en la convicción de estar haciendo algo especial, incluso elitista. Teníamos la certeza de que nos esforzábamos por una cosa que nos distinguía del resto de la población universitaria (la mayor parte de los estudiantes universitarios, en aquel tiempo, siguiendo una estrategia del mínimo esfuerzo, prefería apuntarse a cursos de inglés y francés, idiomas que ya habían estudiado en el Bachiller). Había una causa comun, y ello nos satisfacía y nos animaba a participar.
El componente identitario, menospreciado en una época de tiranía burocrática, estándares e hipertrofia tecnológica, es un intangible muy valioso en la vida moderna. Si usted se halla al frente de una empresa, una asociación, un partido político o simplemente una familia, tenga en cuenta que resolver los detalles prácticos de la organización no lo es todo: las personas deben considerarse integradas y pertenecientes a algo que sea lo bastante significativo para merecer su esfuerzo y su lealtad. – Publicado en Izaronews.